Por qué seguimos necesitando a Miguel Fisac

Por David García-Manzanares Vázquez de Agredos
 Héctor Serrano

A dos décadas de su fallecimiento, recordamos al genio que revolucionó la arquitectura española huyendo del lenguaje críptico. De las "vigas-hueso" al "mondongo", Fisac aplicó la máxima del físico Richard Feynman: si no puedes explicar algo de forma sencilla, es que no lo has entendido lo suficiente.

Durante años circuló entre los estudiantes del California Institute of Technology una advertencia que era casi una pequeña amenaza intelectual, por la cual, si alguien se atrevía a formular una pregunta en presencia de Richard Feynman, debía estar dispuesto a obtener una especie de rodeo, de deriva paciente, como si la cuestión planteada obligara al profesor a retroceder varios pasos antes de avanzar.

Así, no era raro que, ante una cuestión —sobre un campo eléctrico, el comportamiento de una partícula o la razón de ser de una fórmula—, Feynman permaneciera unos segundos en silencio, como quien se niega a aceptar la comodidad de las respuestas ya hechas. Y solo después empezaba a hablar, pero no retomando la pregunta en el punto exacto donde había sido formulada, sino desplazándola hacia un territorio más elemental, con ejemplos cotidianos y analogías muy simples. Y si la explicación empezaba a volverse demasiado densa, se detenía y decía: “Eso significa que todavía no lo estamos entendiendo bien”.

Para Feynman, ese instante en que la explicación se enturbia era revelador, porque señalaba exactamente dónde el conocimiento era todavía superficial, y aclaraba: “Si no puedes explicar algo a un estudiante de primer curso, es que no lo entiendes bien”. Con el tiempo, ese espíritu acabaría convirtiéndose en una regla pedagógica repetida a sus alumnos con una sencillez que no dejaba de ser paradójica en boca de uno de los físicos más brillantes del siglo XX, que la comprensión verdadera no se manifiesta cuando uno es capaz de escribir una ecuación compleja, sino cuando logra explicarla con palabras que no necesitan esconderse detrás de ella.

Ahora que se cumplen 20 años de la muerte de Miguel Fisac (Daimiel, 1913 - Madrid, 2006), resulta inevitable advertir un paralelismo entre el científico y el arquitecto, porque este segundo tampoco pretendió jamás esconderse en las esquinas del lenguaje, e hizo todo lo posible por hacer comprensible su arquitectura al público general. Así, no es extraño que cuando, en 1949, recibe el encargo del ministro de Educación para proyectar una serie de institutos laborales por toda España, e insiste para que el primero de ellos se construya en su pueblo natal —Daimiel—, utilice ese proyecto para introducir en España la arquitectura orgánica que estaba empezando a surgir en los países nórdicos. Lejos de sentirse cómodo con esa denominación algo académica, prefiere recurrir a una metáfora doméstica y manchega: el estómago de los rumiantes. Naciendo, de ese modo, la expresión “arquitectura del mondongo”.

 Vista aérea de la casa
          © AMT Labs
Instituto Laboral en Daimiel, Miguel Fisac, 1951-1953

Este proyecto supuso abandonar la comodidad de lo aprendido y adentrarse en un territorio incierto, en un país que apenas comenzaba a abrirse culturalmente al exterior. Y hay en ese símil algo visceral, casi corporal, la arquitectura como organismo antes que como fachada; y también una voluntad de claridad, casi pedagógica, que permitía a cualquiera —incluso a los legos en la disciplina— intuir el sentido de aquella propuesta.

Otro tanto sucede en 1960, cuando se le encarga el Centro de Estudios Hidrográficos, y se enfrenta a un doble desafío: la necesidad de proporcionar una iluminación uniforme a los espacios interiores y la necesidad de salvar grandes luces con los medios constructivos disponibles en la España de la época. De esa tensión nace una invención que vuelve a tener resonancias casi biológicas: las célebres “vigas-hueso”, piezas prefabricadas de hormigón que, unidas y postensadas en obra, funcionan como una única viga continua y resuelven simultáneamente estructura y luz, quizá los dos elementos esenciales de la arquitectura. Forma y función dejan ser términos enfrentados, y se funden en una sola anatomía, casi una traslación de los huesos de los vertebrados. Nuevamente, Fisac encuentra una imagen que describe de forma sencilla, como lo haría un estudiante de primer curso, el concepto esencial de su arquitectura.

Igual sucedería en 1969, cuando en plena obra para el Centro de Rehabilitación de MUPAG, se formula una pregunta casi ingenua: si el hormigón, al verterse, es fluido, casi blando, ¿por qué al endurecer debe fingir una naturaleza pétrea que niega su origen? La cuestión es sencilla de resolver, pero encierra una poética, y así, Fisac experimenta con un entramado de madera, plásticos y alambres, y dejando que el material conserve la memoria de su estado fluido. El hormigón ya no es solo estructura, es piel, es textura, es vibración. Y el resultado es una fructífera etapa denominada de “encofrados flexibles”, que describe de una manera casi mimética el resultado estético conseguido.

Es esta preocupación por la claridad, por la sencillez en los términos y la complejidad en el fondo, constante en la trayectoria de Miguel Fisac, llegó a publicar una propuesta urbanística (La molécula urbana, 1969), donde expresa, sin lenguaje intrincado, su preocupación por recuperar en las ciudades la idea de convivencia socializada.

Centro de Estudios Hidrográficos, Miguel Fisac, 1960
Centro rehabilitación MUPAG, Madrid. Miguel Fisac, 1969
Edificio de Laboratorios Jorba (la Pagoda), Madrid. Miguel Fisac, 1965-1967
Bloque de viviendas en el Parterre, Daimiel. Miguel Fisac, 1976
Centro de Investigaciones Biológicas del C.S.I.C., Madrid. Miguel Fisac, 1951
Oficinas SEAT, Barcelona. Miguel Fisac, 1950
Casa de Cultura en Cuenca, Miguel Fisac, 1959

También gozó de un merecido prestigio arquitectónico, con obras que son referentes en el imaginario de muchas ciudades españolas: el complejo del CSIC en Madrid, el edificio de oficinas de SEAT en Barcelona, el colegio de Arcas Reales en Valladolid, el Teologado de los Dominicos en Alcobendas, la iglesia de Nuestra Señora de la Coronación en Vitoria, la Casa de la Cultura en Cuenca, la urbanización de Costa de los Pinos en Mallorca, la iglesia de Canfranc, la iglesia de Santa Ana en Moratalaz, la iglesia de Santa Cruz en Oleiros, su propia casa de verano en Mazarrón, las viviendas en el Parterre en Daimiel, la iglesia de Pumarejo de Tera, el Ayuntamiento de Castilblanco de los Arroyos, el pabellón La Alhóndiga en Getafe… Y todo ello, limitándonos a un repaso meramente geográfico, del que sería injusto eludir imágenes míticas que han quedado impresionadas en la retina colectiva: el Centro de Estudios Hidrográficos, junto al río Manzanares, las bodegas Garvey en Jerez, o La Pagoda, que incluso demolida sigue ejerciendo magisterio e influencia.

Pero sería ingenuo pensar que todo ello, por sí solo, bastaría para que la cultura arquitectónica permeara en la sociedad, como si la publicación de un libro y la ejecución de cientos de obras arquitectónicas pudieran ejercer algún tipo de influencia en nuestros coetáneos; y Fisac comprendió pronto el intenso poder de la palabra, lo que hoy, pomposamente, llamaríamos “divulgador”. Durante al menos tres décadas su nombre se convirtió en sinónimo de arquitectura para el conjunto de la población, publicando artículos con constancia casi obsesiva en toda la prensa de tirada nacional, con títulos tan sugestivos y poco crípticos como “Leyes para hacer belleza” (14 febrero 1954), “La ciudad nuestro enemigo” (13 enero 1972) o “El urbanismo y las amas de casa” (24 enero 1959). Porque, al fin y al cabo, la arquitectura y el urbanismo solo los estaremos entendiendo adecuadamente si somos capaces de explicarlos con ejemplos cotidianos y analogías muy simples; cuando podamos exponerlos a las amas de casa y a los estudiantes de primer curso.

Sería un ejercicio estéril establecer un podio ficticio con los mejores arquitectos españoles del siglo XX. Tampoco haber obtenido los más importantes galardones a los que se puede aspirar es garantía de relevancia, por mucho que en el caso de Miguel Fisac atesorara, entre otros, el Premio Superior de Arquitectura de Madrid (1942), la Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Arte Sacro de Viena (1954), la Medalla de Oro de la Arquitectura (1994), la Medalla de Honor del Círculo de Bellas Artes (1999), o el Premio Nacional de Arquitectura (2003). Porque, después de todo, bajo el salitre de ese éxito cuantificable, lo único que queda es el ascendiente sobre la sociedad. Y en eso, Fisac aprendió pronto, como Feynman, a desconfiar de las explicaciones que se esconden detrás de su propia complejidad, para llegar a todos; sabiendo que el verdadero conocimiento comienza cuando uno es capaz de regresar al principio, al lugar donde las cosas vuelven a ser comprensibles. Feynman lo hacía desmontando ecuaciones hasta convertirlas en ejemplos cotidianos, y Fisac desmontando la arquitectura hasta reducirla a imágenes que cualquiera pudiera entender. Un mondongo, un hueso, una piel de hormigón.

Capilla del Espíritu Santo, Madrid. Miguel Fisac, 1942-1947
Iglesia y Centro Parroquial de Nuestra Señora de la Coronación, Vitoria. Miguel Fisac, 1958

20 años después de su muerte, resulta paradójico que aún no hayamos entendido del todo que solo se comprende de verdad aquello que puede explicarse con claridad.