Retrato de una charla entre amigas (y una de ellas funciona con una batería)
Por Sofía Guardiola
Anthrobocene, Paula Hornickel
La artista alemana Paula Hornickel ha recibido el World Press Photo gracias a una instantánea que muestra a una paciente de una residencia de ancianos conversando con un robot. Su lente abre un debate ético sobre el afecto y el futuro de los cuidados en una sociedad que envejece en silencio.
En un año marcado por tragedias como los conflictos armados –tanto los que se han iniciado como aquellos que se han alargado o recrudecido– o los incendios forestales, la mayoría de ganadores de esta edición del World Press Photo, el premio más importante del fotoperiodismo, han mostrado de cerca al público el drama de estas realidades, acercándolas y humanizándolas para que no se limiten a ser una preocupación de fondo, un titular al que ya preferimos no mirar o la excusa perfecta para apagar el televisor.
Sin embargo, entre los seleccionados hay una nota discordante, Paula Hornickel. Se trata de una artista alemana que mira con optimismo y esperanza al futuro y que, gracias a ello, ha sido una de las ganadoras más jóvenes del certamen, con tan solo 28 años y un proyecto que nació de su tesis de licenciatura. Este trabajo, denominado Anthrobocene, ha sido preseleccionado para otros reconocimientos como la beca Nikon Photobus, y en él explora la relación entre las personas y los robots desde un punto de vista humano –si es que es correcto aplicar ese término en este caso–, afrontando las relaciones entre ambos pensadas para facilitar o acompañar nuestra vida.
Lejos de la narrativa tradicional en la que los robots parecen ser más capaces que nosotros y llegan para reemplazarnos de nuestras funciones, retrata la interacción desde el punto de vista de la ayuda y del acompañamiento, con las implicaciones tanto técnicas como sociales que esto conlleva.
Esta idea surgió del trabajo de la madre de Hornikel en una residencia de ancianos en la que, además de pacientes y personal, conviven también con robots. La función de estos es, básicamente, la de acompañar a los internos, charlar con ellos y paliar su soledad, uno de los mayores males que acecha en la sociedad.
En Alemania, un estudio de 2023 reveló que uno de cada cinco pacientes de residencias de ancianos mayores de 80 años se describía a sí mismo como “severamente solo”, problema que los trabajadores de estos centros no pueden solucionar por la escasez de personal y, al mismo tiempo, el número cada vez mayor de pacientes. En los países occidentales, donde la población cada vez envejece más, es mayor la demanda de este tipo de atención, por lo que los centros existentes se ven saturados, teniendo que cumplir con las funciones más básicas y urgentes del cuidado de los ancianos, en detrimento de otras atenciones en el fondo, igual de importantes, como la conversación o la posibilidad de pasar tiempo juntos, algo necesario no solo a nivel emocional, sino también cognitivo.
Es por ello que una empresa emergente con sede en Múnich diseñó estas máquinas pensadas para acompañar a los pacientes, realizando una prueba de un año en la residencia Haus im Wiesengrund, donde la fotógrafa tomó la instantánea que le ha valido el reconocimiento.
Estos robots están diseñados para conversar, entretener y acompañar a los ancianos. Cuentan con funciones como reconocer múltiples rostros, recordar conversaciones anteriores o ser capaces de responder, tanto verbal como gestualmente, a lo que la persona les está contando, aunque todavía tienen grandes problemas, como no poder moverse de forma autónoma o no ser capaces de mantener en todo momento la coherencia de la charla. Con todo y con eso, el personal de Haus im Wiesengrund vio potencial en esta idea, confiando en que, si se optimiza su funcionamiento, puedan ayudar a paliar la soledad en estos lugares cuando los seres humanos no tienen capacidad de hacerlo.
Entre la distopía y la esperanza
En la obra de la autora ganadora del World Press Photo también se percibe el optimismo de los trabajadores del centro. En ella aparece Waltraud, una anciana que vive en la residencia y que se desplaza en silla de ruedas junto a Emma, un robot. Las dos se encuentran cara a cara frente a una mesa, sentadas, con una bandeja en la que vemos dos botellas de agua, como si se tratase del encuentro entre dos viejas amigas que se reúnen para charlar.
Los colores son suaves, pastel, con las tonalidades lavadas que Hornickel utiliza en todos sus retratos y que nos acercan a sus protagonistas desde lo emotivo y lo sensible, como si pudiésemos conocer sus emociones o sus anhelos a través de la simple contemplación de la imagen. Estos tonos calmados y poco estridentes son, además, los que suelen presentar los hospitales o residencias, para calmar a sus pacientes y hacer que se sientan mejor.
De fondo, aparecen en la imagen los ventanales de la sala, a través de los que se vislumbra un idílico paisaje de montaña. En definitiva, todo en la imagen sugiere que el momento y la conversación son agradables, pero a pesar de ello hay una nota melancólica de fondo –también habitual en el resto de trabajos de la artista–. Resulta inevitable preguntarse, por ejemplo, por qué la mujer no está sentada frente a su marido. ¿Acaso es viuda? ¿No tiene familiares, o estos no pueden o quieren ir a verla? ¿Cuántas personas necesitan recurrir a compañeros artificiales para paliar la soledad de sus días? ¿Es esta una solución realista para el problema?
En este caso concreto, la mujer afirma que le gusta conversar con Emma, que es agradable y que tienen el mismo sentido del humor, pero que nunca superará el contacto humano. Es precisamente en todas estas preguntas, en la mezcla de optimismo y reticencias que acarrean este tipo de prácticas, donde destaca la capacidad de la autora para plasmar mucho más de lo evidente a simple vista. Así, la armonía visual de la escena convive con la tristeza subyacente, invitándonos a reflexionar sobre un futuro que, quizá, sea distópico y esperanzador a partes iguales.
Poco a poco, lo que en un principio fue un interés personal y cercano para la artista se acabó convirtiendo en un proyecto de envergadura nacional, en el que comenzó a explorar otras relaciones similares entre humanos y máquinas. Así, en su proyecto podemos ver a una mujer en silla de ruedas que vive junto a sus perros robóticos, a un hombre que comparte pose y prácticamente atuendo con una máquina antropomorfa o a un robot utilizado por los bomberos para ayudarles a apagar incendios disminuyendo el riesgo para los trabajadores humanos. Todos ellos, además, retratados con una sensibilidad, una atención y un estilo que trascienden la simple voluntad documental, dejando traslucir la cuidada estética de la autora y su interés por la psicología y las emociones de los protagonistas de sus composiciones.
Resulta inevitable, al ver su trabajo, empezar a pensar en la tecnología de una forma nueva, no desde la hostilidad o el recelo, pero tampoco, como también suele ser habitual, desde la productividad y el beneficio económico. Ya que convivimos con los robots, ¿pueden estos ayudarnos, acompañarnos, hacernos sentir mejor? ¿Cuáles son los riesgos que esto entraña, cómo nos transformará esta posibilidad a largo plazo? Y, por supuesto, ¿cómo reflejará esto el arte? ¿De qué modo nos invitarán a seguir pensando en ello?