En el entorno rural de La Mancha, dos paisanos conversan tranquilamente respaldados por una pared blanca que muestra una enorme chapa de botella de la marca Pepsi-Cola pintada en ella. A través de su lente, el autor de la fotografía captura la ironía de un país que todavía vive en el atraso de la posguerra, pero que empieza a verse invadido por los símbolos de la globalización económica y el capitalismo occidental. La Globalización / La Mancha (1961), que se titula la instantánea, es una de las más icónicas de un fotógrafo que trabajó siempre de una manera intuitiva, alejado de toda disciplina estética, mostrando los aspectos más disonantes de la realidad. Fue así como Oriol Maspons (Barcelona, 1928-2013) supo hallar la belleza en los ámbitos más variados del tardofranquismo y los umbrales de la democracia.
Autodidacta y muy ajeno a los códigos academicistas que regían la fotografía española de los años cincuenta, él aplicó una mirada directa, irónica y profundamente humana, marcada por la observación crítica de la vida cotidiana y por una sensibilidad atenta a las transformaciones sociales de su entorno. Su trabajo capturó con agudeza los cambios sociales, culturales y estéticos de su tiempo.
Maspons fue capaz de moverse con naturalidad entre el reportaje, la ilustración editorial, el retrato, la moda y la fotografía publicitaria. Perteneció a esa generación de fotógrafos que en los años cincuenta y sesenta revolucionó el lenguaje fotográfico, dando la espalda a la fotografía artística, a esa idea de la imagen como objeto de contemplación estética, entendiendo que la fotografía debía cumplir una función documental de la realidad de su tiempo.
Mirada dual
“En la obra de Maspons conviven con toda naturalidad dos mundos bien distintos, el amable y mundano con el surrealista y denunciable. Tal dicotomía es habitual en él, ya que en el fondo no se plantea posiciones ideológicas, sino que hace en todo momento y en cada etapa lo que le pide el cuerpo y la cámara, porque casi siempre ha sido un ojo que vive tras el objetivo”, escribió Lluis Permanyer en el prólogo de uno de los libros del fotógrafo.
Al margen de su fotografía de autor, de su obra aislada, Maspons desarrolló una parte sustancial de su trabajo en los contextos editoriales y mediáticos de su tiempo: portadas de libros, revistas, discos… Durante casi medio siglo, no dejó de trabajar para la prensa, las editoriales, los estudios de cine y las emergentes compañías publicitarias. La circulación pública de sus imágenes contribuyó, de igual manera, a la configuración del imaginario visual español de varias décadas. Por eso la Sala de Fotografía de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, ha querido reunir todas estas facetas: desde una cuidada selección de 12 fotografías del autor barcelonés pertenecientes a los fondos de la Academia, hasta material bibliográfico y hemerográfico procedente de la colección Pedro Melero/ Marisa Llorente.
Las imágenes muestran a dos turistas inglesas en la Costa Brava, a un hombre que sostiene un cartel que dice “rooms” en Sitges, a una familia nómada de gitanos en La Mancha o, ya en Barcelona, a dos niños leyendo tebeos en la Barceloneta, la pobreza del barrio de Somorrostro, la práctica de toreo de salón en una calle de Poble Sec o la industrialización de la zona de Trinitat. No faltan en la selección el anuncio de Pepsi-Cola en un pueblo de La Mancha ni los primeros hippies de Ibiza (esta foto es de 1976).
Libros, revistas y vinilos
Maspons no tiene una bibliografía amplia porque sus fotolibros son escasamente una docena, pero su trabajo puede verse en otros soportes editoriales. El recorrido de la exposición incluye algunos de sus fotolibros más significativos —Caminando por las Hurdes (Seix Barral, 1962) con texto de Armando López Salinas y Antonio Ferres, y fotografía de Maspons y Luis Buñuel, o L’instant perdut (Lunwerg/ La Caixa, 1995)—, cubiertas de libros de Seix Barral como La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa o Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos; revistas especializadas como Afal, carátulas de discos y publicaciones musicales.
Todos estos trabajos demuestran que, aunque su obra no sea prolífica en títulos propios, fue profundamente influyente en la construcción visual de la cultura editorial española de la segunda mitad del siglo XX.
También fue uno de los fotógrafos más insignes de la Escuela de Barcelona. En 1951 ingresó en la Agrupación Fotográfica de Cataluña y dos años después comenzó su amistad con Catalá-Roca. Entre el salonismo de la Agrupación y el talento de Catalá, eligió al maestro. En 1953 fue enviado a París por una compañía de seguros. Allí conoció a Robert Doisneau, Cartier Bresson, Brassaï, Guy Bourdin y a los miembros del Grupo Los 30 x 40. Cuando en 1956 regresó a Barcelona, ya sabía que iba a ser fotógrafo, pero no un entusiasta aficionado como sus antiguos compañeros de la AFC, sino un fotógrafo profesional. Vaya si lo fue.