El dilema alemán: ¿qué hacer con la villa de Goebbels?

Por Nerea Menor. Berlín
Bogensee

¿Puede el ejército de la actual Alemania asentarse sobre un edificio que representa el horror nazi sin reactivar los fantasmas del pasado? Entre la ruina, el fuego y el peso de la historia, la antigua villa de recreo de Joseph Goebbels busca un destino que no borre la huella de sus crímenes.

A unos 30 kilómetros al norte de Berlín, junto al lago Bogensee, en los bosques cercanos a Wandlitz (Brandenburgo), se levanta la villa del ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels. Concebida como un refugio privado, sobre lo que allí ocurrió se ha contado de todo: fiestas y encuentros íntimos, reuniones alejadas del foco público… El tabloide Bild la bautizó como Liebesnest, nidito de amor.

“Goebbels proyectaba películas en un cine privado y se reunía allí con sus amantes. Solo después de que Adolf Hitler le reprochara sus infidelidades, trasladó a su familia a este retiro en el campo”, relata el historiador Nathaniel Flakin.

Desde 1936, el ministro pasaba temporadas en una cabaña de madera a orillas del lago, y tres años después, entre 1939 y 1940, se encargó a los arquitectos Hugo Constantin Bartels y Jürgen Schweitzer la construcción de una villa bautizada como Waldhof, al oeste del lago. El nombre aludía directamente al Berghof de Hitler, en Berchtesgaden.

Alemania lleva décadas lidiando con qué hacer con este tipo de lugares. Pocos años después de su construcción, a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial, la familia Goebbels se trasladó al búnker de Hitler en Berlín. El 1 de mayo de 1945, tras la muerte del dictador, el ministro y su esposa Magda asesinaron a sus seis hijos envenenándolos con cianuro antes de suicidarse. Ese búnker, situado en pleno centro de Berlín, muy cerca de la Puerta de Brandeburgo, ha desaparecido. Hoy, sobre él solo hay un aparcamiento normal y corriente, sin más rastro de su historia que un discreto panel informativo. A menos que alguien lo señale, es difícil imaginar lo que ocurrió allí.

No es casual. Borrarlos supone eliminar las huellas del pasado, pero conservarlos implica el riesgo de convertirlos en puntos de atracción para la extrema derecha. En muchos casos, la respuesta ha sido neutralizar simbólicamente estos espacios: no borrarlos, pero tampoco monumentalizarlos, sino integrarlos en usos cotidianos o reducir su presencia a algo discreto.

Joseph y Magda Goebbels, sus hijos y Hitler, 1938 © AFP
Joseph y Magda Goebbels, sus hijos y Hitler, 1938 © AFP

En la práctica, Bogensee es un espacio incómodo: demasiado grande, caro de mantener y con una carga histórica difícil de encajar. Sobre todo la nacionalsocialista. Porque es ese pasado el que permanece más fijado, como una parte de la identidad alemana de la que no es posible escapar.

Una herencia incómoda y estratificada

La problemática se complica por la propia historia del edificio tras la caída del nazismo. El recinto fue utilizado como escuela de la Freie Deutsche Jugend (FDJ), la Juventud Libre Alemana de la RDA. Sobre esa transformación, el doctor en arquitectura Gregor Harbusch explica en la revista BauNetz: “Entre 1951 y 1956, un equipo de jóvenes arquitectos liderado por Hermann Henselmann y Kurt Liebknecht desarrolló un amplio complejo representativo que multiplicaba varias veces la superficie original de la villa de Goebbels”.

Junto con la Escuela Superior del Komsomol en Moscú, Bogensee llegó a ser uno de los mayores centros de formación juvenil socialista del mundo. En plena Guerra Fría, el campus acogía a unas 500 personas. La mitad eran estudiantes extranjeros procedentes de unos 80 países de África, Asia, América Latina y también de Europa occidental. Vivían en dormitorios compartidos, separados por género y nacionalidad, y asistían a clases en auditorios con traducción simultánea.

Esta estratificación es la que defiende el alcalde de Wandlitz, Oliver Borchert, quien considera el enclave único en Alemania por la proximidad entre los espacios vinculados a la dictadura nazi y al régimen de la RDA.

En este contexto de gestión de la memoria histórica, la posible asociación entre el nombre del ministro nazi y la Bundeswehr (las fuerzas armadas de la República Federal de Alemania) introduce una evidente incomodidad. En pleno proceso de expansión, el ejército alemán ha comenzado a explorar posibles ubicaciones para nuevas instalaciones, y Bogensee figura entre ellas. Las Fuerzas Armadas estudian el uso de una amplia zona en el estado de Brandeburgo que incluye la villa de Goebbels.

            Estudiantes de la Academia Juvenil Wilhelm Pieck, Villa Bogensee, 1947
© Abraham Pisarek, Deutsche Fotothek, CC
Estudiantes de la Academia Juvenil Wilhelm Pieck, Villa Bogensee, 1947 © Abraham Pisarek, Deutsche Fotothek, CC
Escuela de la Freie Deutsche Jugend (FDJ), Villa Bogensee, 1950
Estudiantes de la escuela © IMAGO / United Archives
Escuela de la Freie Deutsche Jugend (FDJ), Villa Bogensee, 1950
Escuela de la Freie Deutsche Jugend (FDJ), Villa Bogensee, 1950

Según un portavoz de la Oficina Federal de Infraestructura, Protección Ambiental y Servicios de la Bundeswehr, el estado y el municipio de Wandlitz se encuentran en conversaciones. El argumento ya está sobre la mesa: la Bundeswehr necesita ampliar capacidades con rapidez ante el nuevo contexto de seguridad y las directrices de la OTAN. Sin embargo, el alcalde Borchert aseguraba en declaraciones recogidas por la agencia de prensa alemana DPA, que el ejército habría descartado explícitamente el uso de la antigua villa de Goebbels, habiendo revisado solo los edificios del antiguo complejo de la organización juvenil socialista FDJ.

Una cuestión abierta de identidad

El proceso sigue abierto, pero el tiempo corre en contra. El complejo lleva cerrado desde 2005, aunque ya entonces había sido declarado patrimonio histórico. Hoy está vacío, con zonas cubiertas por la vegetación y una sensación general de abandono. En enero de este año, un gran incendio arrasó parte del edificio principal de la antigua escuela de la FDJ. Aunque la villa de Goebbels no resultó afectada, el daño supuso un golpe significativo al valor patrimonial del conjunto.

El mantenimiento del complejo ronda los 250.000 euros anuales para Berlín, y una rehabilitación completa podría alcanzar los 300 millones. Instituciones, sociedad e intelectuales siguen preguntándose cómo pudo ocurrir algo como el nazismo. El estudio de sus crímenes ocupa un lugar muy importante en la educación del país. Como expresó el presidente Frank-Walter Steinmeier: “Lo ocurrido es parte de nuestra historia y, por tanto, también parte de nuestra identidad, con la que debemos confrontarnos”. Olvidar o negar a las víctimas, advirtió Ilse Aigner de la CSU, sería “una traición a nuestra patria”.

Esa carga histórica se materializa de forma muy concreta en lugares como este. Mientras la estructura se mantiene en relativamente buen estado gracias a la gestión de la empresa pública BIM, Borchert ya ha expresado su aspiración de convertir el conjunto en un espacio de democracia y debate. Bogensee sigue siendo, por ahora, una herida abierta en el bosque.