Ha vuelto a ocurrir. Un lienzo aparentemente segundón ha disparado su precio en una subasta italiana, multiplicando por más de 58 su precio de salida y disparando las alarmas de la comunidad artística. El pasado lunes, Capitolium ofrecía en su subasta online una pintura catalogada como del círculo de Juan Bautista Maíno, artista todavía desconocido por muchos que ha dado más de una sorpresa en el mercado, tanto nacional como internacional.
Se trataba de una escena con la Adoración de los pastores en la que la Virgen y san José arropan a un Niño Jesús de piernas rollizas, rodeado de tres personajes vestidos humildemente y arrodillados; la perfecta diagonal descendente, como mandan los cánones del Barroco. Su precio era más que asequible, con una salida de 1.200 euros y estimaciones algo más elevadas –entre 2.500 y 3.500 euros–. Vamos, una pieza que hubiese pasado sin pena ni gloria entre las decenas de obras “escuela de” y “círculo de” ofrecidas aquella jornada del 13 de abril, de no ser porque dio la campanada. El lote 32 desató una guerra encarnizada entre varios coleccionistas para hacerse con el cuadro, que voló hasta los 70.000 euros –88.200 con tasas– en cuestión de minutos.
La razón por la que este óleo aparentemente anónimo y cercano al maestro barroco español se disparó es que, en realidad, escondía una tela autógrafa. Hasta aquí todo bien. Un tapado más de esos que aparecen de vez en cuando en subasta y animan el mercado del arte. Como ya hemos dicho en alguna ocasión, encontrar este tipo de sleepers o durmientes es algo así como que te toque la lotería, como encontrar una aguja en un pajar. El justo premio por años de visionado de catálogos, imágenes en blanco y negro e inventarios polvorientos que ha convertido a los marchantes más espabilados en auténticos buscadores de tesoros.
Ocurrió con el Ecce Homo de Caravaggio, cuando Ansorena lo ofreció inicialmente como del círculo de Ribera por cuatro duros y sucedió de nuevo en Isbilya, cuando otra pintura de Maíno entonces atribuida a escuela italiana de finales del XVII multiplicó por 100 su precio de salida, adjudicándose en 182.000 euros. Pero esa no fue la única vez que el artista de Pastrana despertó una de sus obras durmientes, porque años antes, en Bonhams, una Adoración de los Magos suya que salía como seguidor de Carlo Saraceni volvió a desatar el furor, tras alcanzar los 236.000 euros.
En el caso de la pintura actual, los expertos de Capitolium no iban tan desencaminados cuando la situaron en el círculo del maestro, pero quizá les faltó decisión a la hora de afinar su autoría. ¿Pensaron que podría ser una falsificación, no perdieron ni cinco minutos en googlear la obra o fue una estrategia comercial? Viendo cómo se las gasta el gobierno italiano últimamente, que ha adquirido dos capolavori como el retrato de Barberini de Caravaggio –en venta privada– y el Ecce Homo de Antonello da Mesina –paralizando incluso una subasta internacional–, tal vez optaron por la cautela.
Lo curioso es que la obra en cuestión llevaba décadas catalogada, procedía de una colección particular de renombre y había participado en al menos una exposición –no una cualquiera, sino la gran retrospectiva del Prado de 2009–. De hecho, en el catálogo de esta muestra se reproducía a página la pintura, acompañada de una completa bibliografía. Al parecer ya fue presentada en 1984 por Mina Gregori, por cierto, dueña en su día del cuadro, sobre el que han escrito largo y tendido los historiadores Alfonso Pérez Sánchez (1994), Maria Consuelo Boitani (1995) y Leticia Ruiz (2005-2006).
Ninguna de estas referencias se mencionaba en la ficha de la flamante Adoración de los pastores ahora subastada, que se limitaba a especificar los detalles técnicos y poco más. Según la revista ARS Magazine no contaba con el permiso de exportación, un detalle que quizá arroje algo de luz sobre el caso. O tal vez solo aporte más dudas…
Maestro de pintura de un príncipe
Juan Bautista Maíno (1581-1649) fue un artista español que desarrolló su carrera entre Toledo y la Corte madrileña, aunque sigue siendo un gran desconocido de nuestra pintura del Siglo de Oro. Quizá porque tras ingresar en la Orden de Santo Domingo en 1613 se dedicó más al “Laudare, benedicere, preadicare” que al laborare. Apenas se conocen 40 pinturas suyas y para ilustrar el escaso interés despertado entre los historiadores modernos, baste decir que hasta 1958 no se supo a ciencia cierta que había nacido en España.
Natural de Pastrana e hijo de un matrimonio formado por un comerciante de origen milanés y una lisboeta, pasó su adolescencia en Madrid. Hacia finales del siglo XVI viajó a Italia, donde conocería las dos grandes corrientes del momento: el Naturalismo de Caravaggio y el Clasicismo de los Carracci –referencias que podrían justificar la confusión de muchos al adjudicar sus trabajos–. Precisamente a esta época italiana cabe adscribir el cuadro que se subastó el pasado lunes, una tela que bebe de varios modelos pintados por Saraceni, Orazio Gentileschi o el propio Merisi.
Admirado por Lope de Vega, Francisco Pacheco y Antonio Palomino, fue además profesor de dibujo del futuro Felipe IV. A lo largo de su vida pintó cuatro escenas relacionadas con la Adoración de los pastores repartidas entre el Prado, el Hermitage, el Meadows Museum y, ahora, un anónimo propietario que debe de estar frotándose las manos.