Asurbanipal, el primer genocida y el primer bibliotecario

Por Sol G. Moreno
Relieve de Asurbanipal cazando un león, palacio norte, Nínive (Irak), 645-640 a. C. © The Trustees of the British Museum

Feroz guerrero además de erudito lector, Asurbanipal fue una rara avis de su época. Llamado a ser el segundón de una familia de poderosos gobernantes por no ser el primogénito, acabó siendo el último gran soberano del Imperio Asirio. CaixaForum Madrid recupera ahora su legado con una exposición integrada por piezas del British Museum.

Soy Asurbanipal, gran rey, rey poderoso, rey del mundo, rey de Asiria, rey de los cuatro rincones (del mundo)”. Cuando uno se presenta a sí mismo de esa manera, solo puede ser un ególatra de manual o una figura con un poder inmenso. Efectivamente, Asurbanipal no fue un conquistador cualquiera, sino uno de esos personajes como Nabucodonosor, Alejandro Magno o Atila cuya fama le precedía, hasta el punto de convertirse en un mito.

En la Antigüedad llegó a ser conocido por varios nombres: Asnappar según la Biblia, Sardanápalo según los griegos, y para ambos fue un soberano depravado y corrupto condenado a acabar con su especie. Pero para la historia moderna, que siempre corrige las injusticias del pasado, es el primer bibliotecario del mundo. El mismo tipo que por la mañana andaba asaeteando enemigos y cazando leones, pasaba las tardes leyendo y resolviendo problemas matemáticos. Tuvo una ambición sin límites, una fiereza desmedida y una erudición sin igual que ya hubiese querido para sí Maquiavelo a la hora de escribir El príncipe; lástima que entonces la figura del asirio solo fuese un reyezuelo bárbaro más del pasado.

Tuvieron que pasar unos cuantos siglos para que Hormuzd Rassam descubriese en 1853 el fastuoso palacio de Nínive, en la actual Mosul. Aquel hallazgo sepultado por la pátina del tiempo y decenas de sedimentos, sirvió para sacar a la luz una de las civilizaciones anteriores a nuestra era más florecientes, cuando la riqueza y la opulencia reales resultaban tan obscenas como el empacho de oro en el despacho oval de Trump. Por aquel entonces también se excavó la legendaria biblioteca que Asurbanipal creó en el siglo VII a.C., desenterrando cerca de 26.000 piezas, incluidas aquellas tablas cuneiformes que nos hablan del poderoso y olvidado “rey del mundo, rey de Asiria”.

Manifestación de los Black Panthers por la liberación de Huey Newton, California, 1968
         Foto: Agnès Varda © ciné-tamaris
Estela de arenisca roja, con Asurbanipal transportando una cesta ritual de tierra sobre la cabeza, 668-655 a.C., templo de Nabu, Borsippa (Irak) © The Trustees of the British Museum
Salvador Dalí en Portlligat, 1955
         Foto: Agnès Varda © Agnès Varda Estate
Detalle del panel mural en relieve con los espíritus protectores, 654-640 a.C., palacio norte, Nínive (Irak). Fotografía: SGM
Fidel Castro con alas de piedra, Cuba, 1963
         Foto: Agnès Varda © succession agnès varda
Impresión sobre arcilla de un sello con un rey asirio apuñalando a un león, 715 a.C., Nínive (Irak). © The Trustees of the British Museum

No extraña, por tanto, que esa firma que el soberano mandó estampar en las tablillas de arcilla –los libros de la época–, sea el título de la exposición que hasta el 4 de octubre presenta CaixaForum Madrid en su tercera planta. Una propuesta organizada en colaboración con el British Museum que traslada al espectador a un mundo de guerra y sangre, pero también de erudición y mecenazgo artístico. Dos perfiles completamente diferentes que confluyeron excepcionalmente en una única persona que vivió hace más de 2.600 años.

La Biblioteca Real de Nínive

Asurbanipal fue el cuarto hijo de Asarhadón y, aunque no estaba llamado a gobernar, acabó siendo designado por su padre. Fue uno de los reyes asirios más brutales, pero también el más docto. Llevó la extensión del Imperio hasta límites insospechados –desde las costas del Mediterráneo oriental hasta las montañas del Irán occidental–, llegando incluso a imponerse a los faraones egipcios. Gobernó con mano de hierro y tiñó de sangre aquellas ciudades que no cedieron a sus deseos. Especialmente llamativa resultó la destrucción de Elam, gobernada por un monarca que osó invadir sus tierras; razón por la cual el soberano asirio arrasó la ciudad elamita hasta dejarla baldía. Lo que ahora llamaríamos un genocidio, vamos. Y no contento con deshacerse de los vivos, profanó también las tumbas de los muertos.

En realidad, esa brutalidad ya se dejaba ver en la propia línea sucesoria del Imperio, pues el bisabuelo de nuestro protagonista, Sargón II, se apoderó del trono mediante un violento golpe de Estado. Su abuelo Senaquerib fue asesinado por su primogénito cuando descubrió que no sería el elegido para sucederle. Precisamente para hacer frente a este tipo de ataques, nuestro líder fue adiestrado para la guerra por su propio padre, que le enseñó a conducir carros de combate, montar a caballo mientras tiraba con el arco y a cazar. De hecho, su sello real mostraba a un hombre cogiendo de la cabellera al animal y acuchillándolo (toda una advertencia para sus enemigos). Conquistador, estratega, luchador y diplomático, debía ser el mejor si quería imponerse al resto, por muy representante del dios en la tierra que fuese.

Esa exhibición de fuerza, crueldad y humillación se presenta en uno de los apartados de la muestra, que nos guía por la faceta más oscura del personaje. Aquí se ensaña con sus rivales y además se jacta de ello, dejando pruebas gráficas para la posteridad. Lo que hoy nos horrorizaría, entonces era símbolo de heroísmo: leones moribundos vomitando sangre, ejecuciones de generales elamitas, decenas de cadáveres por el suelo, buitres picando sus ojos…

 Vista aérea de la casa
          © AMT Labs
Bajorrelieve mural en yeso de un león herido de muerte por una flecha, 645-640 a.C., palacio norte, Nínive (Irak) © The Trustees of the British Museum

Debemos al British Museum y a su colaboración continuada con CaixaForum el excepcional préstamo de estas 158 piezas que nos ayudan a recorrer el legado y la vida de Asurbanipal, quien dejó una huella imborrable en la Antigüedad. Ya no solo por su imperio de terror, sino por su ambición por condensar todo el conocimiento escrito. Porque su sed de poder no solo estaba guiada por la fuerza bruta, también quiso dejar un recuerdo de su mecenazgo, algo que le ha hecho eterno: la Biblioteca Real de Nínive y los miles de textos que mandó grabar. Este era el único lugar donde se podían encontrar escritos de medicina, religión, astrología e historia antigua, incluso la célebre epopeya de Gilgamesh (la obra literaria más famosa de la literatura mesopotámica).

Algunos de estos ejemplos se exhiben ahora en Madrid en forma de tablillas que contienen contratos, sueños premonitorios, manuales para prevenir desastres y hasta cartas con rumores dignas de Vanitatis: “¿Escapará mi hermano desleal?” Tuvieron que sacrificar un animal y analizar su hígado para encontrar la respuesta.

El sabio erudito

Como hijo menor, Asurbanipal no estaba llamado a gobernar. Por eso aprendió a leer y escribir; un hito tan excepcional entre los soberanos asirios, que quiso remarcarlo con orgullo. Por eso a menudo se hacía representar con un estilete en el cinturón, para dejar bien claro que además de manejar la espada y las flechas, también sabía usar el punzón de la escritura.

Ambas facetas se entrelazan en el recorrido de la muestra madrileña gracias a decenas de paneles murales, relieves, maquetas, figuras talladas y objetos ornamentales que también ilustran cómo era la opulenta vida en Nínive. Su palacio, “objeto de asombro para todos los pueblos”, estaba lleno de vivos colores, como se puede comprobar por las recreaciones digitales que el visitante puede activar sobre ciertas piezas (el montaje resulta especialmente didáctico). Y sus jardines eran auténticos oasis donde crecía toda la flora procedente de cualquier punto del imperio.

Bajorrelieve mural en yeso que representa a los dioses Sebitti con un hacha en la mano derecha, 645-64 a.C., palacio norte, Nínive (Irak). © The Trustees of the British Museum
Bajorrelieve mural en yeso que muestra parques con acueductos y canales, 645-640 a.C., palacio norte, Nínive (Irak). © The Trustees of the British Museum
Cuenco de bronce decorado con cuatro pares de esfinges aladas y cabeza de halcón, 645-640 a.C., palacio noroeste, Nínive (Irak) © The Trustees of the British Museum
Azulejo de pared esmaltado que representa al rey asirio (posiblemente, Asurnasirpal II), 875-850 a.C., palacio noroeste, Nimrud (Irak) © The Trustees of the British Museum
Cabeza de basalto gris de un león rugiente, siglo IX a.C., Carcamís (frontera entre Siria y Turquía) © The Trustees of the British Museum
Cabeza de marfil perteneciente a un panel de marfil calado, 800-600 a.C., palacio sureste, Nimrud (Irak) © The Trustees of the British Museum
Píxide, o caja cilíndrica con tapa, de marfil, decorada con una escena continua de músicos, 800-600 a.C., palacio sureste, Nimrud (Irak) © The Trustees of the British Museum

La extensión de este último era tan vasta y el movimiento de los emisarios tan dinámica, que las tierras locales pronto se hicieron permeables a otras culturas, idiomas, religiones y tecnologías; intercambio que dio origen a una de las civilizaciones más ricas del momento, tanto en arte como en arquitectura y tradiciones. En ese sentido, resulta increíble la minuciosidad con la que tratan las barbas de los personajes masculinos, un trabajo tan lleno de detalles, que casi invita al espectador a mesar esos cabellos (igual que ocurre con los barbudos personajes de la cultura mesopotámica).

¿Cómo fueron los últimos días de gloria de Asurbanipal? Pues no se sabe cómo murió, por mucho que Delacroix le inmortalizase en La muerte de Sardanápalo perdiendo la vida entre decenas de cuerpos desnudos dentro de su orgiástica escena de alcoba, o que la leyenda cuente que hizo una enorme pira en su palacio para arrojarse a ella con todas sus posesiones. Tampoco se sabe si abdicó o si fue depuesto, solo que sus últimas inscripciones datan del año 638 a.C. Aquel fue el principio del fin del imperio Asirio, que solo duró un par de décadas más. Sus hijos a duras penas pudieron contener los ataques de los medos y babilonios, que profanaron sin piedad las tumbas reales, destruyeron los huesos que encontraron y redujeron a cenizas su ciudad más gloriosa.

Menos mal que el rey bibliófilo, además de asesino y verdugo de enemigos, también fue mecenas de las artes y dejó constancia escrita de la grandeza de un pueblo que ahora vuelve a brillar.