Javier Codesal: “El videoarte de los años ochenta está en la sombra”

Por Natalia Piñuel Martín
Javier Codesal. Ilustración: EL GRITO

Con más de cuarenta años transitando entre la imagen y la palabra, el artista, cineasta y poeta Javier Codesal vuelve a la primera línea de la actualidad cultural. Su participación en la recuperación de La imagen sublime en el Reina Sofía nos brinda la excusa perfecta para dialogar con él.

Javier Codesal es un creador inagotable que escapa a las etiquetas convencionales. Artista visual, cineasta y poeta, su extensa trayectoria se define por un viaje constante y fluido que va de la imagen a la palabra, y viceversa. Durante más de cuatro décadas, ha convertido el cuerpo humano en el territorio central de su obra. Lo retrata como un espacio para el encuentro y el deseo, pero sin apartar la mirada de su lado más frágil: el dolor, la enfermedad y el inexorable paso del tiempo.

Hoy, Codesal vuelve a cobrar protagonismo al formar parte de uno de los grandes eventos culturales de la temporada: la recuperación del programa La imagen sublime. Vídeo de creación en España (1970-1987). Este proyecto revisita la que fue la primera gran muestra dedicada a la producción videográfica en el Reina Sofía, poniendo de manifiesto el papel del artista y su indudable vigencia en el arte contemporáneo español.

Con motivo de este hito, nos sentamos a conversar con él para repasar su proceso creativo y las inquietudes que siguen moviendo su cámara y pluma.

¿Qué recuerdos te traen aquellas primeras experiencias, en los años ochenta, del soporte videográfico? ¿Y en qué medida crees que cambió para tu generación el lenguaje tradicional del arte?

Los recuerdos están vivos, y son imágenes de juventud, así que tienen la confusión y la alegría de esa edad. El vídeo representaba algo nuevo y ello cuadraba bien con el momento histórico que vivíamos en España. Sin embargo, aquello tenía la debilidad de lo coyuntural; o sea, en gran medida era un señuelo que pronto se disolvió. Además, había una separación neta entre el fenómeno del videoarte y el sistema del arte, eran ámbitos separados, con alguna excepción extraordinaria como fue la exposición de La imagen sublime.

Pornada, que codiriges junto a Raúl Rodríguez, forma parte de la reorganización de la colección de arte contemporáneo del Reina Sofía, en la que hay una gran presencia del vídeo como práctica artística. En este nuevo recorrido, el público puede conocer la obra de pioneros del audiovisual como Xavier Villaverde, Manuel Abad, Manel Muntaner, la recientemente fallecida Eugènia Balcells o tú mismo. ¿Sentís los videoartistas que por fin se ha situado el vídeo al mismo nivel que el resto de las artes visuales? ¿Faltaba este reconocimiento desde la institución?

Es cierto que el videoarte de los años ochenta está en la sombra y, en tal sentido, esta recuperación resulta pertinente, aunque falta revisarlo en profundidad haciendo hincapié en una investigación que no se limite a repetir unos contenidos que han ido replicándose de un texto a otro. De todas formas, en nuestro contexto, el vídeo se naturalizó en los comportamientos artísticos generales durante los años noventa, con flujos y reflujos, pero llegando a la situación actual en que muchos artistas lo usan como una herramienta más. Hasta el punto de que el término videoarte, como algo específico, ha perdido consistencia.

Trailer TROMPETAS, Javier Codesal, 2024 © Teorema Films

¿Qué ha supuesto el reencuentro con tu pieza Pornada y qué lectura haces de este planteamiento en el museo? ¿Qué opinas del presente de la producción y difusión del vídeo en España?

Volver a ver un trabajo después de tantos años es curioso; si además reconoces en él preocupaciones que siguen vigentes para ti, la curiosidad se transforma en sorpresa. Por supuesto, me interesa mucho que el museo preste atención a un campo en el que yo estoy involucrado y al que he dedicado mi esfuerzo. Pero no se trata de algo personal; el vídeo o el cine, como queramos llamarlo, es algo plenamente asimilado en la práctica artística y por ello el museo tiene que representarlo con naturalidad, tanto en su presente como en su historia. En cuanto a la producción, creo que está muy activa, ayudada en parte por las facilidades técnicas actuales. Pero la difusión siempre ha sido deficiente, como bien sabes. Hay pocos canales para visualizar todo lo que se produce. No sé si eso tiene soluciones a corto plazo.

Tu práctica atraviesa palabra e imagen como un todo. Has dicho alguna vez que todo empezó con el visionado de la película Teorema, de Pasolini, y que fue ese el punto de inflexión para explorar las imágenes más allá de la literatura.

Sí, yo no había percibido la potencia del cine y lo que podía afectarme hasta que vi Teorema, con 17 años. Hasta ese entonces me interesaba solo la poesía. Además de ver la película, pude leer el libro de igual título, donde Pasolini trabaja con varios registros simultáneos: verso, ensayo, novela, casi guion... Aquello me fascinó. De algún modo, tomé la decisión inmediata de trabajar con la imagen cinematográfica y entendí que cabía situarme en ambas prácticas: la escritura y el cine.

Pasolini ha sido un referente y una constante en tu vida. En el año 2001 representas por primera vez la conferencia performativa Un cuerpo busca cuerpo en la imagen: Pier Paolo, y el año pasado, con motivo del 50 aniversario de su asesinato, editas una publicación a partir de ese texto.

Pasolini tuvo la virtud de conjugar en las mismas obras su profundo compromiso cívico y su amor por lo popular con una posición radicalmente subjetiva, sin excluir su sexualidad e incluso su biografía. Desde este punto de vista, tal vez El Evangelio según San Mateo sea la obra más popular y, a la vez, más declarativa de su complejo punto de vista y personalidad. En 2001 presenté en el MACBA una conferencia performativa en la que se proyectaba la película sin sonido al tiempo que yo leía a pie de pantalla un largo discurso analizándola. El año pasado, para recordar el 50 aniversario de su asesinato, repetí el evento en tres lugares. Y el Centro José Guerrero de Granada editó un libro con el texto de la conferencia.

 Serie de fotografías, Evangelio Mayor. Exposición en DA2, Salamanca, 2021
Fotografía: Santiago Santos
Serie de fotografías, Evangelio Mayor. Exposición en DA2, Salamanca, 2021 Fotografía: Santiago Santos

Naces en el pueblo de Sabiñánigo, en la provincia de Huesca. El mundo rural, el folclore y la cultura popular, la religión entendida como parte de ella, han sido parte fundamental de tu obra. Se me vienen a la cabeza vídeos como Centauro (1988), donde unas figuras antropomórficas cantan jotas; los retratos de cantaores flamencos como Menese (2001) o la vida cotidiana en la aldea gallega de Xuño, que es la localización protagonista de tu último gran proyecto, Xuño en xullo. Retablo de traballos e días (2018-2025).

Sí, lo rural, lo popular urbano, la música popular… Hay otras vías que he frecuentado, pero de un modo u otro, todo eso está ahí desde el inicio. Se da una coincidencia curiosa entre Xuño en xullo y Pornada, mi primer vídeo monocanal. En ambos casos, el estímulo de partida es el contacto con el núcleo familiar de la persona con la que estaba conviviendo en ese momento, en los dos casos también se trata de vida rural y de un acercamiento cálido a las personas y los espacios, a la lengua y su musicalidad, incluso a los objetos y los trabajos. La sonoridad de la lengua me importa mucho y creo que destaca en su singularidad en muchas de mis obras. Por otra parte, mi lenguaje ha cambiado a lo largo de estos cuarenta años, pero manteniendo una idea despojada del cine. Por cierto, ahora utilizo indistintamente las palabras cine o vídeo. Se da la circunstancia de que la tecnología de vídeo se ha impuesto en el cine mientras que el lenguaje cinematográfico es común para toda producción audiovisual (y no olvidemos que desde el inicio del cine hubo artistas trabajando en ese medio y que el cine experimental, underground, independiente, o simplemente raro siempre existió).

El envejecimiento y los cuidados, pero también los afectos están presentes en tu trabajo. Has abordado la vejez en relación al sujeto queer y las relaciones LGTBIQ+ en Evangelio Mayor, un proyecto presentado por primera vez en DA2 de Salamanca en 2021. Ahí expones la exclusión social que tienen esos cuerpos no normativos durante toda la vida, y cómo se acrecienta aún más en la vejez o la enfermedad (el filme hace también memoria del sida). ¿Es a través de las disidencias, del dolor que se puede plasmar en el arte la experiencia de la realidad?

No solo, claro, porque las experiencias gozosas están muy presentes en el arte. Pero yo diría que la disidencia y el dolor, entre otras cosas difíciles de situar y que solemos identificar con lo más real de lo real, tienen que encontrar fórmulas paralelas a las de la comunicación estándar puesto que no caben ahí, no hay una lengua oficial para ellas, mientras que el arte ofrece los márgenes del lenguaje, donde con suerte nos podemos aproximar a tal experiencia. Lo ex busca el margen para señalarse.

Evangelio Mayor, 2021
Evangelio Mayor, 2021

La fragilidad de los cuerpos y la vulnerabilidad durante la infancia y la adolescencia, así como los procesos de trauma, protagonizan dos de tus obras más recientes: Evangelio en Granada (Meta), rodada en una de las regiones más violentas de Colombia, y, desde otro lugar, Trompetas, donde muestras la autolesión y el suicidio entre los jóvenes trans.

La primera vez que trabajé sobre la enfermedad de manera intensa fue a propósito del sida, desde finales de los ochenta hasta finales de los noventa. Pero la atención a lo frágil y vulnerable, al cuerpo real (desde luego, no a los ideales corporales) ha sido constante en mi trabajo. No son cosas que busque, se presentan. El trauma, la enfermedad y la muerte siempre nos atropellan, suceden. De ese modo se han ido filtrando en mi obra. No siempre es igual, pero los dos proyectos que mencionas obedecen a situaciones extremas ante las que solo intento situarme. Es como si me parase a escuchar.

Leí en alguna entrevista que al comienzo de tu carrera odiabas el retrato por sus vínculos decimonónicos con la Academia. Irónicamente, no has dejado de acercarte al retrato por lo que tiene de proximidad y honestidad con el otro. Además de todo lo hablado anteriormente, trabajos como Estudio (2002), donde dos artistas se sirven mutuamente de modelo; el vídeo Retrato de Francisco del Río (2012); o el retrato de la artista serbia La Habitación de Rada (1995-1997) son ejemplo de ello.

Parece que uno escapa de lo que quiere o no sabe reconocerlo. Puede que también se trate de un recurso para proteger el impulso, negándolo de algún modo. Mi último libro de poemas se titula precisamente Retrato y otro. Y en fotografía, vídeo o instalación de vídeo hay una larga lista de retratos. En particular, el retrato fílmico me interesa mucho. Y en estos últimos años, pienso a menudo que me gustaría reunir en una exposición todos los retratos que he venido haciendo.

Irónicamente, también te sitúas ahora dentro de la Academia como profesor de Bellas Artes en la Universidad de Salamanca. ¿Qué aprendizaje te llevas de la generación Z?

La docencia es una forma de aprender para uno mismo. Aprendes preparando las clases; aunque solo fuera por eso, ya valdría. Pero yo aprendo de mis alumnas. Voy a aclarar algo, dado que mi docencia tiene que ver con la práctica del arte. No se puede enseñar a alguien a ser artista. Se enseñan técnicas o historia del arte, pero no a ser artista, ya que eso debe lograrlo cada cual. Con esas premisas, como docente de arte, hay algo que sí se puede transmitir de un modo sencillo: si realmente eres artista (o sea, si trabajas) es posible que tu ejemplo anime a otra persona a descubrir su tarea, la que le incumbe personalmente. Del mismo modo, cuando veo a mis alumnas concentradas (por ejemplo, en el plató, o en una presentación) yo renuevo mi deseo de hacer imágenes. Aunque siempre hay algo inalcanzable cuando observas la actividad de otra persona.

Nota: la obra Pornada, del año 1984 y realizada con Raúl Rodríguez, puede verse en la sala 16, Culturas videográficas de los años ochenta. La imagen sublime, en la cuarta planta del Edificio Sabatini del MNCARS.