Uno de los trabajos más importantes del fotógrafo Carlos Pérez Siquier (1930-2021), aunque no se conozca tanto como sus instantáneas de turistas horteras en la playa durante los años del desarrollismo, es La Chanca, realizado entre 1956 y 1962. Esta serie comparte nombre con lo que, en su época, era un arrabal de la ciudad de Almería, ciudad natal del autor, y en la que se convirtió en un fotógrafo de vanguardia a pesar de encontrarse alejado de los principales focos culturales y artísticos de la Península.
La Chanca era una zona empobrecida, muy castigada por los bombardeos durante la Guerra Civil, en la que Siquier puso la mirada en un momento en el que, en España, ningún otro fotógrafo se detenía a capturar la pobreza ni la marginalidad. Quizá por ello, este proyecto del artista pasó desapercibido para público y crítica durante más de 50 años, siendo expuesto solo de forma anecdótica.
Ahora, sin embargo, se trata de uno de los ejes principales de la exposición que le dedica el KBr Fundación Mapfre, en Barcelona, y que puede visitarse hasta el próximo 24 de mayo. Entre las instantáneas tomadas en La Chanca entre el 56 y el 62, con las que se da comienzo a la exposición, vemos a niños con las caras sucias jugando en las calles, a mujeres que van a la fuente puesto que no tienen agua corriente en casa e incluso el cortejo de un matrimonio, todo ello en blanco y negro, contrastando con los tonos vivos y saturados de sus escenas de playa, que le convertirían posteriormente en pionero de la fotografía a color en nuestro país.
Sobre su obra del suburbio almeriense, Siquier afirmó que “no fui a La Chanca con la intención de hacer un documental como prueba testimonial de nada, ni siquiera un reportaje. Si yo hubiera sido muy fiel, muy literal, muy realista con todo aquello que existía allí, mi Chanca habría sido otra”. Su voluntad, por tanto, no era únicamente la de atestiguar lo que allí sucedía, sino que, yendo más allá y haciendo gala de su visión elocuente y poética, reflejó la alegría, la esperanza y la búsqueda de la belleza que impregnan estas vidas que transcurren olvidadas por el resto de ciudadanos y, a menudo, también por las instituciones.
Con todo, no se trata de un trabajo que romantice la pobreza, sino de una observación paciente que muestra que, para aquel que se toma el tiempo necesario, las escenas felices siempre se acaban revelando, incluso en los lugares más duros o con contextos más complejos.
La llegada del color
Posteriormente, entre 1962 y 1965, volvería a capturar la vida del mismo barrio, pero esta vez en color, con un trabajo que puede verse también en la muestra, La Chanca en color. En este caso, hizo hincapié en las texturas, las cualidades del entorno y la propia arquitectura del lugar, haciendo gala de su papel como uno de los principales culpables de que el desarrollo y los avances fotográficos de los que ya disfrutaba el resto del mundo tuviesen cabida también en España, donde la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista los había frenado.
En esta serie se ve ya la importancia que el color tomaría posteriormente en sus series más icónicas, dotado de cualidades narrativas y utilizado para subrayar ciertos elementos de las composiciones. Esto puede comprobarse en su serie Informalismos, en la que retrata en detalle los muros de La Chanca, con sus sucesivas capas de pintura, carteles deteriorados y otras texturas que funcionan como una especie de rastro arqueológico de la vida en el barrio, pero será en La playa, su serie más famosa, cuando alcance su apogeo.
Al fin y al cabo, ¿quién no se acuerda, después de haberla visto, aunque sea, una única vez, de las sombras de ojos azules y del bañador que combina esta tonalidad con el verde de la mujer a la que Siquier retrata tomando el sol con grandes pendientes y un maquillaje impecable? ¿Quién no puede evocar el rubio oxigenado, casi blanco, de su melena perfectamente peinada, y el contraste con el rojo sangre de la toalla sobre la que descansa? De este modo, mediante el uso de colores fuertes, Siquier subraya el contraste entre la modernidad y la tradición, entre lo local y lo global, tan presente en su ciudad natal, prácticamente olvidada hasta que el auge del turismo la llena de veraneantes, en muchos casos extranjeros.
Además, también las composiciones juegan un papel protagonista en estas obras, pues hacen que las escenas resulten casi teatrales. En ellas se mezclan la crítica, el humor y la ternura, como ocurre con las fotografías, también playeras, de Martin Parr, que beben, en muchos aspectos, del trabajo de Siquier.
La poética de los últimos trabajos
Posteriormente, la muestra continúa con otras series como Trampas para incautos o Encuentros, una serie de madurez en la que abandona el prisma social para abordar la fotografía desde un ámbito más introspectivo y poético, con composiciones tomadas en playas como la de Roquetas de Mar, que invitan a mirar todo aquello que a menudo pasa desapercibido, como los desconchones de pintura en las paredes, los coches tapados con lonas para que la arena y la humedad no los deterioren o las nubes asomando por encima de los tejados de los edificios. Aquí, el poder narrativo del color pasa a un segundo plano, pues Siquier lo utiliza en este caso como vehículo para transmitir emociones y sentimientos.
Por último, la muestra se cierra con La Briseña, un trabajo compuesto por las últimas fotografías que Siquier tomó, al final de su vida, en su finca de Benahadux. Estas imágenes en color, de mayor intimidad por su pequeño formato, capturan de forma casi espiritual el entorno del artista en sus últimos años de vida: objetos cotidianos, rincones domésticos, juegos de luz sobre las paredes… En palabras del autor, “el retiro ideal para enfrentarme a un paisaje austero, de espacios abiertos a la mirada”, y también el broche perfecto a una carrera que fue de lo social a lo poético, elevando a la categoría de arte aquello que, para la mayoría, era demasiado corriente o marginal para merecer ser mirado con atención.