Fracasos y delirios: un libro aúna el legado menos conocido de Gaudí

Por Sol G. Moreno
Antoni Gaudí. Ilustración: EL GRITO

Son tantos los edificios icónicos que nos ha dejado el genio modernista, que sus diseños más humildes han quedado sepultados. Un libro lleno de anécdotas e historias fascinantes rescata ahora esas propuestas olvidadas que fueron destruidas o se quedaron directamente en el papel.

Ya es el arquitecto de la iglesia más alta del mundo. Antoni Gaudí estaría satisfecho de ver cómo esa cruz concebida en 1883 por fin corona la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, elevándose 172,5 metros. ‘Solo’ han bastado 143 años para convertir en realidad –aunque no finalizar por completo– el proyecto más ansiado del arquitecto, que calculó a conciencia la altura de esta torre para que quedase ligeramente por debajo de la montaña de Montjuïc (177 metros).

Este hito culmina la obra más célebre del autor modernista, que ha dejado en el templo eternamente inacabado de pilares imposibles y pináculos horadados su mejor legado. ¿O no? Si de algo nos va a servir el centenario de su muerte es para descubrirle de nuevo, pero no como el mito con aura de arquitecto estrella que llenó Barcelona y sus alrededores de edificios con sello propio, sino como el artista con una imaginación arrolladora para concebir propuestas revolucionarias, inventar exquisitos mobiliarios y adoptar técnicas constructivas nunca antes empleadas.

Un autor de obras quemadas, retiradas o perdidas que cobra vida gracias a Jorge Ibáñez Puche y su libro El legado olvidado de Gaudí, donde rescata algunos de los trabajos más singulares o extravagantes del autor. El volumen, editado por Erasmus en su colección Contrapposto, ahonda en esas facetas más desconocidas, revelándonos así a un profesional que no solo fue arquitecto, sino también geómetra, diseñador y restaurador, además de genio incomprendido con delirios de visionario.

Portada del libro “El legado olvidado de Gaudí”
Portada del libro “El legado olvidado de Gaudí”

Los fracasos

Terrazas sinuosas, trencadís multicolor y elementos decorativos inspirados en la naturaleza fueron la marca personal del autor del Parque Güell o la Casa Batlló. Sin embargo, no empezó con proyectos tan ambiciosos ni con tan buena fortuna crítica. Porque la primera estación de ferrocarril que planteó fue un desastre; lo mismo que ese templete presentado al concurso que, en teoría, iba a lanzarle al estrellato. Ninguno de los dos vio la luz y no por falta de compromiso del arquitecto, sino porque horrorizó a sus clientes.

Estaba aún en tercer curso de Arquitectura –entonces una carrera recién separada de las Bellas Artes–, cuando su diseño de patio cubierto para la Diputación de Barcelona le valió un sobresaliente y la posibilidad de optar a un premio extraordinario. Todo hacía augurar un futuro prometedor para el brillante estudiante, que presentó los planos de un embarcadero sobre un lago formado por una estructura con dos torres y unos toldos que se anclaban al edificio en un extremo y se mantenían tensos en el otro por medio de mástiles hundidos en el fondo del agua. La idea resultó tan extravagante, que fue censurada por el jurado y declaró desierto el concurso.

No fue la única vez que el autor tuvo que enfrentarse al fracaso o la impotencia de ver cómo sus mecenas no entendían aquellas propuestas que desafiaban las normas establecidas. Le volvió a ocurrir en Astorga, cuando en 1893 su protegido el obispo murió y tuvo que vérselas con la Real Academia de San Fernando para completar el Palacio Episcopal. No lo consiguió, por eso abandonó molesto el proyecto y juró que no volvería a poner un pie en esa ciudad leonesa. También dejó a medias la Catedral de Palma, quizá por pasarse en la modernización del templo, e incluso La Pedrera, de la que se retiró justo antes de amueblarla.

Estos y otros relatos igual de sugerentes aparecen descritos en el libro con un lenguaje sencillo y audaz, poniendo sobre la mesa proyectos abandonados y otros que nunca llegaron a materializarse. Como le ocurrió a Zaha Hadid, condenada durante años a ser la “arquitecta de papel” por sus diseños imposibles de construir, Antoni Gaudí tuvo que luchar para demostrar que aquellas formas arriesgadas que desafiaban las leyes de la gravedad y estaban decoradas con libélulas, salamandras o lagartos podían ganar volumen y saltar del dibujo a la tercera dimensión.

Ibáñez Puche repasa así, en 51 capítulos cortos, algunas de sus propuestas menos afortunadas. Se recrea en los detalles y las anécdotas –¡Gaudí fue pionero del teletrabajo!, como demuestra el hecho de que no visitó El Capricho de Comillas ni una sola vez– pero sin renunciar a la documentación rigurosa, porque este especialista en patrimonio arquitectónico lleva décadas dedicado al estudio del corpus del universal autor. Ha buceado durante años en archivos, hemerotecas, fondos fotográficos y los escasos documentos originales que se conservan del artista. Todo para conocer al arquitecto que hay tras el mito y su forma de trabajar, “porque detrás de sus formas sinuosas y de un cromatismo desbordante, se esconde el artista más delicado y meticuloso”.

Farolas para el monumento a Jaume Balmes que se terminaron retirando de la plaza de Vic. Foto: Wikipedia
Silla para las oficinas de la Casa Calvet que sobrevivió a una explosión

Un amor no correspondido

Prueba de ello son esas notas autógrafas donde analiza de forma pormenorizada los animales e insectos que son más adecuados para según qué decoraciones. O los planos creados para la sede de la Cooperativa Mataronense del industrial Salvador Pagès. Antoni proyectó aquí su primera casa, en un encargo que iba a agrupar hasta una treintena de viviendas, además de la propia fábrica y una escuela para los hijos de los obreros dentro de un complejo con fuertes tintes socialistas. La falta de fondos provocó que solo llegaran a construirse dos de aquellas casas y la nave de blanqueo de tejidos. Por fortuna, aún se conservan los escusados, que ya poseen un ingenioso sistema de ventilación natural (toda una novedad de la época, por mucho que ahora nos parezca lo más común).

Lo cierto es que aquel proyecto en Mataró de finales del siglo XIX no solo fue el estreno de Gaudí como constructor de edificios. También supuso el despertar del amor; un amor no correspondido, todo hay que decirlo. Y es que allí descubrió a una maestra bordadora –Pepeta Moreau– que le escribía cartas lamentándose de la complejidad del diseño que tenía que reproducir con el hilo. Un dibujo endiablado plagado de detalles y florituras imaginadas por Gaudí, a cada cual más laboriosa, que estaba volviendo loca a la pobre bordadora (ulteriores trabajos del artista también traerían de cabeza a escultores, forjadores y demás profesionales por culpa de sus intrincados motivos decorativos).

Ambos ya se conocían de antes, pero no fue hasta ese momento cuando el autor comenzó a visitar asiduamente a Pepeta y cayó rendido ante sus encantos. Él le pidió matrimonio y trató de que su amigo Pagès intercediese entre ambos, pero la maestra lo tenía claro: ignoró la oferta porque ya estaba comprometida con otro hombre. Las malas lenguas dicen que en realidad fue porque el arquitecto “llevaba el bigote lleno de mocos”, o eso confiesa el hermano de la susodicha en sus memorias. El caso es que aquel rechazo golpeó muy hondo al autor, que renunció para siempre a la vida marital y a partir de ese momento se dedicó en cuerpo y alma a la Sagrada Familia.

El Capricho de Gaudí (Comillas, Cantabria). Foto: iStock”
El Capricho de Gaudí (Comillas, Cantabria). Foto: iStock

Los delirios

Otra de las construcciones que aparecen en el Legado olvidado de Gaudí es la Casa Milá, una locura constructiva que enseguida fue objeto de mofa de la gente, que criticó desde su fachada de piedra tosca –de ahí el sobrenombre de La Pedrera– hasta sus barandillas, descritas por el caricaturista Brunet como “tripas de bacalao”.

Y aunque esta obra maestra del modernismo patrio no debería figurar en el elenco de trabajos relegados del autor, su presencia aquí se justifica por las variopintas vidas que ha tenido desde que se construyó, allá por 1906-1912. Empezó albergando el harén del sobrino de un príncipe egipcio llamado Ibrahim Hassan, con su legión de sirvientes incluida, pero más tarde se convirtió en pensión –la Hispano-Americana– e incluso sala de bingo, antes de acabar como centro de exposiciones.

Este edificio que “puede parecer el capricho de un arquitecto que quiere pasarse a la escultura”, según Ibáñez Puche, esconde sin embargo varias novedades que potencian su increíble modernidad: desde ascensor y calefacción central, hasta aparcamiento para vehículos. Por no hablar de la ausencia de muros de carga que da lugar a una planta libre, inédita hasta la fecha.

¿Y cuáles fueron los muebles más singulares ideados por este arquitecto? Quizá sea aquel sillón para la reina María Cristina que iba a multiplicarse por cientos, aunque solo se construyó uno, con unos reposabrazos tan poderosos como aterradores: dos dragones alados con las fauces abiertas que desafiaban a quien osase sentarse. Tal vez sea el tocador para Isabel López, hija del conde Güell, o las dos farolas de forja que componían el monumento homenaje a Jaume Balmes. Aunque yo apostaría por la silla de oficina ideada para la Casa Calvet, un mueble ergonómico, sin clavos o tornillos que clavarse, estético… y a prueba de bombas, como se pudo comprobar el día que la zona sufrió una violenta explosión y el asiento quedó prácticamente intacto.

El propio Gaudí comentaba poco antes de morir arrollado por un tranvía que “no vale la pena hacer nada que no sea eterno”. Quizá ahora, en la era de la inmediatez y del triunfo efímero, con la perspectiva de ver acabada por fin la Sagrada Familia, este pensamiento tenga más fuerza que nunca.