Una exposición mínima sirve de excusa para descubrir a la artista secreta, y máxima, que retrató la enfermedad, la terapia y sus procesos hasta hacer de su obra un diario de vida. Esta es una incursión en el universo de Fe Blasco.
“Al fin y al cabo uno se muere y los cuadros no y si no, díselo a Van Gogh”, dicen que dijo Fe Blasco en la exposición antológica que se pudo ver en el verano de 2024 en el Torreón Fortea de Zaragoza. Se titulaba Fe Blasco, por alegrías y disparates y ambas cosas pasaron: alegría, por ser la única retrospectiva que se le dedicó y que pudo ver en vida. También era el nombre familiar críptico e irónico con que ella llamaba a los brotes de tipo eufórico: esas eran también las alegrías.
El disparate llegó pocos meses después, con su muerte el 12 de octubre a los 72 años. Diagnosticada de cáncer de mama a principios de este siglo, se curó con un tratamiento brutal que le dejó secuelas de por vida y que saltó a algunas de las obras en forma de estilizada cicatriz. El caso es que murió de un ataque cardíaco súbito, cuando nunca le diagnosticaron problema alguno de corazón. El guionista de la vida actuó con uno de sus giros. Qué sorpresa. Qué disparate.
En la pintura reflejó todos los procesos, tanto los que tenían relación con las dolencias psíquicas y los tratamientos como las devastaciones físicas. Lo refleja todo: “La pintura es su diario”, afirma el autor y exeditor Enrique Murillo, que fue su pareja durante cinco décadas. “Pintaba todos los días desde los veintiún años. Su obra es también un relato de la vida que ha vivido, generalmente muy aislada, pero muy activa. Lejos de la gente, de los colegas, pero cerca de los pintores cuya obra veía en los museos y en los libros”.
Con esas afinidades electivas dialogaba muy directa e intensamente Fe Blasco en sus pinturas. Ahora una muestra de ellas se puede ver hasta el 15 de abril en el Antiguo Ayuntamiento de Tarragona. Reducida en tiempo y en número de obras, esta exposición, comisariada por Màrius Domingo, se podría calificar como “secreta” y ese adjetivo le sienta muy bien a Fe Blasco: así es como la denomina Murillo, que habla de su compañera como de una pintora secreta.
Otro que también ha hablado, escrito, sobre ella es Enrique Vila-Matas. La ha llamado pintora de lo indecible, pero eso no es así: Vila-Matas nos engaña de nuevo, como en sus libros. Fe Blasco dice las cosas muy claramente con su pintura figurativa, con sus colores, sus símbolos y sus palabras. El problema viene justamente de la sobreabundancia de significados que se amontonan, se agolpan y, en ocasiones, no sabemos cuál elegir o privilegiar... Sus cuadros hablan mucho y en distintos lenguajes. Igual ella quería que nos sintiéramos así, un poco sobrepasados, asustados ante tantas voces. Eso era lo que le pasaba. Pero le pasaron muchas cosas.
Arte, terapia y misterio
Blasco nació en Barcelona en 1952. De su infancia recuerda robar dinero a su madre para bajar a comprar tebeos en un mercadillo próximo. Le encantaban. Su abuelo debió influir en su vocación, pues era pintor. Su padre también le influyó, pero de otra manera. “Era un exalcohólico que se convirtió al ultracatolicismo. Un hombre tan tierno a veces como violento otras, a quien molestaba sobremanera aquella niña que le miraba fijamente a los ojos. Nunca, en esas situaciones terribles, encontró Fe apoyo en nadie del círculo familiar”, explica Murillo.
La adolescencia llegó con más complicaciones de las habituales y graves problemas psicológicos. Fe Blasco escuchaba “voces”. Tras el primer diagnóstico psiquiátrico, se resistió a los tratamientos con pastillas. “Fue internada en un reformatorio cuando, después de superar un intento de violación, su familia creyó que lo mejor era que se la privase de la libertad. Si preguntaba a su padre que cuándo saldría de esa institución regentada por monjas, él respondía: ‘Cuando Dios quiera’”.
Su carrera artística comenzó, curiosamente, con la cerámica. Empezó su formación en la Escola Industrial de Barcelona y aquello le sirvió para conocer el mundo del teatro y la música, pero no fue suficiente como para quedarse en la ciudad. Huyendo de todo viajó a Londres junto con Javier Mariscal, que huía de algo bien concreto: la mili. Fue en esa ciudad donde conoció a Enrique Murillo, su compañero de vida que lo fue en muy diversos lugares como Londres, Madrid y Barcelona, pero también la sierra de Prades (Tarragona), la montaña oscense, junto al pico del Turbón y un bosque de Arbúcies (Girona).
Eso vendría después. En los años ochenta se matriculó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona y más tarde en la Escola Eina, pero en ninguna llegó a completar los estudios. Fue, por tanto, una autora autodidacta interesada por el arte, sí, pero por todas las formas de cultura que consiguió entrelazar en su obra. El cine, por ejemplo, fue una vena importante que surgió cuando acabaron los primeros contactos con la abstracción. Pasó por ella y salió. En una entrevista en Diario 16 con María Usán afirmaba: “Para mí la figuración ha sido como una especie de salvavidas. Empecé con la abstracción, pero me di cuenta de que no era mi estilo. Con el figurativo se puede jugar más y con mayor libertad. Y este es el camino en el que me encuentro más a gusto”. Era el año 1994.
Iba a comenzar la serie del circo, que más que una etapa temporal y efímera sería un eje que iba a atravesar el resto de su carrera y a mezclarse con algunas de las otras características de su pintura, como el recurso a la palabra o las referencias a la terapia. De 1995 es justamente la obra titulada Los terapeutas, en la que diversos acróbatas y equilibristas comparten escena con tres elefantes que asoman en la parte izquierda. En el fantástico El domador domado, un tigre cierra su boca sobre la cabeza del domador, mientras exhibe esta con una mano/pata. La obra titulada Las niñas (suicidio) evoca la estética del número de las cajas, en el que los magos supuestamente desmembran a una persona. Hay muchas más que muestran arlequines, trapecistas, equilibristas, volatineros en una pista múltiple que lanza guiños temáticos a Picasso y a Otto Dix pero con su característico y muy expresivo y libre uso del color, al modo de los fauvistas o de Matisse (muy presente también en el trabajo del textil). Y junto al color, el dibujo de línea marcada y la ausencia de perspectiva para planos y personajes dentro de una estética naif a veces y otras próxima al lenguaje del cómic.
Los terapeutas, Fe Blasco, 1995
El domador domado, Fe Blasco, 1996
Niñas (suicidio), Fe Blasco, 1998
Qué difícil es colgarse (con los pies en el suelo), Fe Blasco, 2008
Cómo sobrevivir, Fe Blasco, 2003
La cabra (J.L.), Fe Blasco, 2010
Para Frida, Fe Blasco, 2005
Vestida de Frida, Fe Blasco, 2014
Biblioteca, Fe Blasco, 2007
Torreón Fortea (inacabado), Fe Blasco, 2024
Una más. En la exposición de Tarragona se incluye la sobrecogedora Qué difícil es colgarse (con los pies en el suelo), en la que una mujer mira hacia arriba y tuerce el gesto ante su ahorcamiento fallido, imposible. La contemplan un perro salchicha y un hombre que entra en escena, en la pista de circo donde aparecen algunos elementos propios del espectáculo. Muy cerca de los pies de esa mujer, como un subrayado de su autorretrato, la autora quiso dejar su firma: Fe Blasco 2009.
“Como una cabra”
Titulada Imágenes del inconsciente, la exposición incluye dos pinturas dedicadas específicamente a dos terapeutas. Una es Cómo sobrevivir y la otra La cabra. La primera se la dedicó Fe Blasco a Milcíades Soto y la segunda, al refundador del psicoanálisis, Jacques Lacan. A la escuela de este último, con el mítico Óscar Masotta a la cabeza, pertenecían los analistas a los que Fe acudió a lo largo de unos treinta años y pico, argentinos emigrados tras el golpe de Videla. Aparte de retratarlos en sus escenas de circo, la iconografía de Fe Blasco incluye también a muchas mujeres tumbadas, que reproducen variaciones de la escena del diván. La mencionada Cómo sobrevivir es una de ellas. Y la respuesta de Blasco a la pregunta del título es clara: pintura y análisis.
Manos a la obra. En este caso, el diván es una especie de saco de dormir negro, un féretro mórbido que envuelve a la mujer de ojos cerrados de cuya cabeza surge una figura colorida, pero con forma de calavera. A la luz de otras pinturas de Fe Blasco en las que aparecen mariposas, tiene sentido pensar que esa negrura que rodea la figura protagonista puede ser una tétrica crisálida por la que es preciso pasar antes de despertarse transformada. En La cabra, Fe Blasco hace una pionera apropiación de la expresión popular “estar como una cabra”. La pinta, sí, pero en su versión de calavera, como aquellas de diversos animales que encontraba y recogía Georgia O'Keeffe en el desierto de Nuevo México para coleccionarlas y convertirlas en protagonistas de sus cuadros. La suya la hallaron Enrique Murillo y Fe Blasco “en las laderas del Montsec, en Lérida. Tropezamos con una, la recogimos, y Fe le colgó una joya barata, de vidrio de colores, y sigue en la pared del piso en Barcelona”.
Otra de las pinturas que protagonizan esas cabras o machos cabríos se titula After Rauschenberg. Nombrar sus propias influencias o querencias es un recurso que Blasco emplea desde el principio, desde que tituló uno de sus primeros tanteos con la abstracción Paseando con Mondrian a mediados de los 70 y en los 80 saludaba ya efusivamente a Dalí con su Hola, Dalí. También hay una mención expresa a Mario Merz y a Van Gogh en su Que Vicente me proteja (y no tenga que cortarme una oreja, se lee en el propio cuadro).
Tiene todo este último. El formato cuadrado en el que tan cómoda se sintió siempre Fe Blasco, quizá a la búsqueda de coordenadas perfectamente estables. Las palabras en la propia obra que proyectan en mil direcciones el significado de la pintura. Los esqueletos, los muertecitos —como los llama en otra pintura de homenaje a Holbein— tan simpáticos, tan vivos, tan mexicanos. La referencia a los girasoles multiplicada por cuatro y la mariposa, de la que hablábamos antes, que se acerca a uno de ellos a aparearse con la vida.
Es imposible no imaginarse a Fe Blasco sonriendo al pintar así, porque es muy difícil contemplar cuadros como este y no esbozar una sonrisa. Como afirma su pareja: “Jamás he conocido a nadie que sufriera tanto, ni tampoco a nadie que riera de pies a cabeza, con todo el cuerpo, pasando por el vientre y por todas las vísceras hasta literalmente partirse de risa, hasta llorando de tantas carcajadas…”.
En el apartado de las menciones no puede faltar Frida Kahlo. Si los demás nombres funcionan como cuando hablamos a un amigo de otro que no conoce, pero que es importante para nosotros, Frida es la prima, la hermana en el dolor, la enfermedad y la pasión por la pintura. En uno de los cuadros, Fe Blasco se retrata a sí misma retratando a su vez a Frida Kahlo en silla de ruedas. En otro, Blasco aparece sobre una ruleta de colores alucinados desnuda y atravesada por una barra que recuerda el terrible accidente de la mexicana que la marcaría de por vida. Su título: Vestida de Frida.
También hay flores y plantas, animales domésticos y algunos libros ordenados en Biblioteca. Y al revés, Fe Blasco está literalmente en algunos libros porque suyas son las cubiertas de Adelaida García Morales en Plaza & Janés y la icónica ilustración, de nuevo una mujer recostada para El embrujo de Shangai de Juan Marsé en Alfaguara, entre otros trabajos que la ligaron al mundo de la edición y la ilustración.
El diario que escribió con sus pinturas lo alimentó hasta el último día. Dejó inacabada la obra titulada Torreón Fortea, el lugar de su primera, última y única exposición retrospectiva. El 12 de octubre de 2024 Fe Blasco dio el salto e hizo buenos los versos que el poeta José Emilio Pacheco dedicó al circo, a La trapecista, de la que escribió:
[…] es el deseo que se va. Se halla al alcance de la mano y escapa.
Alta como una estrella en su desnudez, su arte de estar presente se llama ausencia.