Picasso es mundialmente conocido como el artista rupturista por excelencia, un vanguardista radical y un afiliado al Partido Comunista en el que rara vez pensaríamos en términos de devoción espiritual. ¿Qué tendría que ver su obra, a menudo transgresora y pagana, con la religión? Sin embargo, bajo la superficie de algunos de sus lienzos fracturados subyace un diálogo con lo sagrado.
Esta aparente contradicción es el punto de partida que Paloma Alarcó —jefa de conservación de pintura moderna en el Museo Thyssen— ha utilizado para investigar una faceta poco explorada del genio. El resultado es Picasso. Raíces bíblicas, un ensayo que funciona como hilo conductor de la exposición que ahora acoge una de las salas de la catedral de Burgos. Puede que a más de uno le haga arrugar la nariz, pero el planteamiento es tan audaz como revelador.
A través de seis capítulos, el libro de Alarcó —que trasciende el formato de un mero catálogo para erigirse como un profundo estudio de la psique del pintor— plantea y explora la reinterpretación picassiana de los temas sacros, con textos introductorios del nieto del artista y el arzobispo de Burgos. A lo largo de sus páginas (y de las seis secciones simultáneas en la muestra), la autora desgrana cómo el malagueño fusionó lo sagrado y lo profano, manteniendo una tensión constante entre la tradición y la modernidad, en una continua hibridación presente en todas sus etapas creativas.
El recorrido ensayístico arranca en los orígenes de Picasso, analizando la educación de su infancia en España. Alarcó detalla en el libro cómo el arte religioso —absorbido a través de misas dominicales, altares y retablos— construyó los cimientos de su imaginario visual. Esto queda patente en obras tempranas de tinte naturalista, como su Cristo Crucificado (1897) de rostro anónimo, o en sus bocetos juveniles de monaguillos y vírgenes.
El segundo capítulo se sumerge en una de sus imágenes más obsesivas: la maternidad. El ensayo documenta cómo sus representaciones de madres e hijos actúan como alusiones directas a las Vírgenes con Niño, integrando referencias al Greco y reinterpretaciones de arquetipos bíblicos que abarcan desde pequeños bocetos hasta el Guernica. Eso sí, esta fijación pictórica no basta para eclipsar la misoginia latente tanto en su biografía como en la crudeza de determinadas obras.
Llegados al ecuador de la obra, el discurso literario se ensombrece para abordar las Vanitas. Este subgénero barroco, que recuerda la fugacidad de la vida, el Juicio Final y la inminencia de la muerte a través de bodegones macabros con calaveras y flores marchitas, es diseccionado magistralmente en el texto. La autora explica cómo el artista volcó sus propias angustias vitales rescatando esta tradición del siglo XVII y reinventándola mediante su inconfundible lenguaje visual, creando naturalezas muertas modernas que reflexionan sobre el paso del tiempo y la tragedia humana.
El capítulo dedicado al Gólgota es, sin duda, el pasaje más oscuro y rotundo de la investigación. Alarcó vincula la Pasión de Cristo con las obras surrealistas sobre la Crucifixión, las alusiones a la Piedad y las dramáticas pinturas que rodearon al Guernica. Aquí, el libro argumenta con fuerza que las iconografías grotescas de Picasso utilizan el marco del sufrimiento bíblico para denunciar los horrores de la guerra y la violencia, ofreciendo una lectura sobre el sacrificio y el dolor humano que resuena a la perfección con la actualidad.
Por otro lado, las deducciones presentadas en el capítulo Vera Icon son quizás las que más flaquean en este nuevo relato espiritual. La tesis del libro intenta conectar los icónicos rostros rupturistas, fragmentados y deformes de Picasso con la iconografía de la Santa Faz —el rostro de Cristo impreso en el velo de la Verónica—. Aunque el intento de asociar sus retratos cubistas con la búsqueda de la verdadera esencia humana y las cuestiones identitarias resulta intelectualmente estimulante sobre el papel, la conexión visual puede sentirse algo más forzada.
Finalmente, el ensayo se despide con una mirada mucho más cálida y esperanzadora. En su último tramo, el libro analiza cómo el malagueño recurrió a los símbolos paleocristianos para crear alegorías de paz y libertad, especialmente durante la asfixiante ocupación nazi de París. Palomas de la paz que remiten al diluvio universal y hombres de parábolas que cargan corderos cierran la tesis de Alarcó: la de un Picasso fundamentalmente pagano pero de raíces cristianas, que supo encontrar en la simbología sagrada occidental un vehículo inagotable para su propia vanguardia.
Pueden creérselo o abogar por el escepticismo, pero el debate ya está sobre la mesa. Si les pica la curiosidad, tienen hasta el 29 de junio para visitar la muestra en la catedral de Burgos y, sobre todo, para sumergirse en las páginas de este libro, una lectura imprescindible para adentrarse de lleno en esta perspectiva espiritual inédita.