Smiljan Radić (Santiago de Chile, 1965) es un arquitecto audaz y poético. Un electrón libre en el panorama constructivo actual, alguien que especula abriendo nuevas formas de enfrentar la práctica profesional desde una perspectiva carente de pretensiones grandilocuentes. Su reciente distinción con el Premio Pritzker 2026 confirma un cambio de paradigma en el galardón: ya no se busca premiar necesariamente al arquitecto estrella de obras colosales, sino al constructor de edificios cargados de lírica.
Para Radić, sus obras funcionan como una acumulación de elementos dispares: formas previas reutilizadas, objetos encontrados —objets trouvés—, referencias históricas y materiales antagónicos que conviven en un mismo tiempo constructivo. Su metodología es análoga a la de un escultor contemporáneo, integrando el contexto como punto de partida temático y eje narrativo.
“Intento evitar los términos arquitecto o artista, aunque sí he de decir que soy y quiero ser arquitecto porque sé cómo piensa el artista y es muy diferente de cómo lo hace un arquitecto. Lo maravilloso es unir ambas formas de pensar”, explicaba hace seis años en una clase magistral en Praga.
En esta ecología artística, su pareja, la escultora Marcela Correa Maturana, juega un papel fundamental. Su colaboración es constante desde 1994, siendo imposible desconectar el trabajo constructivo de Radić de esta sinergia creativa. Juntos levantaron en 1996 su primer proyecto: un pabellón-casa en la cordillera de los Andes. Aquella obra, de apenas 24 m², fue construida con materiales de demolición y cantos rodados recuperados durante meses. Años después, decidieron abandonar la obra voluntariamente para ser testigos de su "hermosa decadencia", permitiendo que la naturaleza devorara lo construido mientras levantaban a pocos metros la Casa A.
Este nuevo refugio, con su característica cubierta angulada en forma de "A" de color negro, fue destruido por un terremoto en 2010. Sobre sus cimientos, Radić y Correa erigieron una de sus obras más icónicas: la Casa para el Poema del Ángulo Recto (2013). Con un lenguaje ya maduro, esta pieza situó a Radić en el escaparate internacional. Inspirada en Le Corbusier y con trazos que evocan a Álvaro Siza o Enric Miralles, la casa se presenta como una gran roca cegada al exterior con un interior abovedado de madera que se abre cenitalmente al cielo.
Menor es mejor
La trayectoria de Radić no se mide por el volumen de grandes infraestructuras, sino por la intensidad de sus intervenciones. Su obra de mayor envergadura es el Teatro Biobío (2018). Con una estética que remite a la arquitectura industrial, el edificio destaca por su membrana translúcida reciclada —un material frágil que ya exploró en la Bodega Viña Vik (2014)— que envuelve una estructura de hormigón. La oposición entre la ligereza de la piel plástica y la densidad de la masa interior es un rasgo distintivo de su búsqueda experimental.
En 2017, fundó la asociación Arquitectura Frágil, dedicada a promover el estudio de arquitecturas improbables. Su colección de más de 1.000 piezas incluye trabajos de referentes como Lina Bo Bardi, Gordon Matta-Clark o Aldo Rossi, situando su propia práctica en esa tradición de frontera entre las artes plásticas y la construcción.
Actualmente, Radić desarrolla un proyecto de hotel en la comarca del Matarraña, España. En esta obra, la arquitectura vuelve a las escalas reducidas donde parece ganar vigor. El diseño parte de una escultura de Marcela Correa y se materializa en una treintena de cápsulas cilíndricas de cristal y hormigón negro. El sistema, vinculado por un voladizo de cemento, permite que las habitaciones se adapten orgánicamente al terreno sin someter a la naturaleza.
Las obras de Smiljan Radić son, en esencia, un collage donde, según sus propias palabras, “se juntan cosas que no deberían estar una al lado de la otra". Desde el Pabellón de la Serpentine Gallery de Londres hasta sus refugios mínimos en los Andes, su arquitectura demuestra que la relevancia de un autor no reside en la escala de sus edificios, sino en la fuerza de sus ideas.