El cuadro es muy pequeñito, tiene apenas 15 cm de ancho y alto. Hay varios troncos de árboles en primer plano y una casita de madera en medio de ese bosque. Alguien ha escrito unas palabras con caligrafía manual y mínima sobre la imagen: “Te echamos de menos. Por favor, vuelve a casa”. En un espacio oscuro de la cabaña surge una figura extraña y algo infantil que mira al espectador. ¿Quién querría irse de un lugar tan acogedor y abandonar a aquellos que nos reclaman?
El autor de Come back home (2007), Dan Attoe, incluye en la parte trasera del cuadro una información que completa la obra y la transforma en un fragmento de memoria. “Cuando vivía en el Medio Oeste volvía cada otoño a la granja de mis abuelos en Wisconsin para cortar, transportar y partir leña para que la usaran en invierno. Este es el primer invierno que mi abuela vive en una residencia de ancianos”. La casa de esta obra, ¿sigue siendo hogar aún cuando su propietario marcha dejando un vacío?
La exposición que el MUSAC ha construido a partir de su colección, levanta una serie de espacios que perfilan ese lugar propio y fugaz, seguro y ajeno. Comisariada por Montserrat Pis Marcos, la muestra busca enfrentar el fantasma de la pertenencia existencial y la actualidad política de carencia habitacional. Transforma la célebre frase de Dorothy en El mago de Oz en una pregunta –¿No hay nada como el hogar?– para recordarnos la situación de aquellos desplazados por crisis bélicas o económicas. Y, con todas estas habitaciones, nos recuerda que un museo puede ser el hogar más cálido que podamos imaginar.
Lo que se queda fuera
La obra de Attoe se encuentra a la entrada de la exposición, colocada junto al texto de bienvenida. Un espacio privilegiado que marca un tono emocional al resto del itinerario. Junto a ella, un gran muro contiene La siesta del fauno (2003-2006), una serie de 20 fotografías de Javier Ayarza de paisajes castellano-leoneses que podrían ser cualquier rincón de España. La España de ladrillo visto, construcciones espontáneas, espacio público abandonado y estética de descampado. ¿Puede algo feo despertar el afecto y convertirse en nuestro hogar?
Como un espejo, el muro opuesto de la sala enseña una serie de arquitecturas alienantes, más brutales aún. Residente Pulido (2006) es la obra que el venezolano Alexander Apóstol se trajo bajo el brazo cuando llegó a España, hace más de veinte años. Son casas humildes levantadas en zonas económicamente deprimidas y retocadas digitalmente para eliminar ventanas y puertas, convirtiéndolas en fortines de fortuna. Edificios muy diferentes del ideal arquitectónico de la Venezuela moderna que decayó entre el liberalismo salvaje de finales del siglo XX y el comunismo bolivariano que aún pervive. Muy lejanas también aparecen las fotos perfectas de Gregorio Belinchón (Ciudades efímeras, 2021), que en la misma sala transforman la arquitectura desarrollista de la costa española en preciosistas geometrías abstractas.
El primer capítulo de la muestra ideada por Monsterrat Pis tiene un aire pesimista y se enfoca hacia la forma arquitectónica exenta de humanidad. Una serie sobre la ciudad de Detroit, de Jordi Bernardo, insiste en la visión del hogar como territorio de memoria y abandono. Por su parte, el gran mural creado por Joana Alvar y Miguel Peralta con una estética retro-popular –primera de la tres obras específicas que se crearán para la exposición– habla del hogar como un equilibrio inestable de muchas cosas a la vez: migración, roles de género y precariedad.
El tremendismo de esta primera secuencia se cierra con varias obras sobre la migración, lo político como espacio de intimidad –Cristina Lucas– y las víctimas de los desplazamientos forzosos –Concha Jerez–, pero la sensación del hogar como espacio desangelado –que cristaliza en la fotografía de escala natural El aire (2000), de Maite Zarraga– permanece en el resto de la exposición.
¿El hogar son sus moradores?
Hay obras en la segunda parte, cuando en las obras aparecen las personas, que aportan algo de afecto humano al hogar como construcción de lo colectivo. Las fotografías de Lara Almarcegui sobre la transformación de una estación de tren abandonada en punto de encuentro social para la España vaciada o la acogedora tienda de campaña hecha de camisetas de Carolina Caycedo, por ejemplo. ¿Y la familia, a todo esto? Sólo surge en una pieza de Enrique Marty, conocido por usar a sus padres como modelos para reflejar la dualidad ternura/monstruosidad que para él emana del núcleo familiar, deformados y ridiculizados en sendas esculturas de 2001.
Varios vídeos nos adentran en la intimidad de las personas en relación a diferentes aproximaciones del hogar: trabajadores de hotel que pasan el día en estos lugares de tránsito –Xoan Anleo, Habitación 109 (2009)–, de nuevo el sueño de los migrantes –El inmóvil viaje (2003) de Chus Gutiérrez, que según la comisaria nos invita a pensar dónde se encuentra el hogar: si detrás a delante–, o la protección ciega de quienes disfrutan del bienestar frente a lo que ocurre afuera –A room with a View (2004) de la iraní Shoja Azari–.
La colección del MUSAC es una de las mejores de nuestro país. Hay en ella otras muchas obras que podrían haber sido incorporadas a la exposición, derivando quizás el discurso hacia el hogar como proyección de la identidad. El Nido (1993) de Pepe Espaliú, Despliegue (2001) de La Ribot, Brothel (1999) de Ana Laura Aláez, Dream House (2002) de Gregory Crewdson o Vida cotidiana (1995), de Txomin Badiola. Incluso la magnífica serie Case History (1998-99) de Boris Mikhailov tendría su sitio en la selección. Todas ellas hubieran arropado bien la pieza expuesta de Mateo Maté, quien ha tratado en numerosas ocasiones el tema del hogar y aquí presenta Viajo para conocer mi geografía, (2003) una mesa de trabajo sobre la que sobrevuela un avión de juguete que graba la superficie de este autorretrato.
La muestra se cierra con una pieza icónica de Rirkrit Tiravanija (Caravan, 1999), una de las cocinas que activaba para desarrollar sus procesos relacionales y que el público se convirtiera en parte de la obra de arte. Esta tercera secuencia de ¿No hay nada como el hogar? abre con timidez potencias y posibilidades para la noción de hogar, apuntando maneras de evitar la norma siniestra a la que apuntaba la escultura de Marty. Tiene sentido que la serie fotográfica sobre una comuna hippie castellanoleonesa –Y tu sueño (2011) de Antonio Guerra– aparezca aquí, mediante el retrato de un joven que creció en ella. Sin embargo, este final sabe a poco y no consigue remontar con optimismo una narración apesadumbrada y melancólica, más política que afectiva.
El tema del hogar es ciertamente basto y muy interesante, muy de principios de los dos mil –la gran mayoría de obras presentes en esta muestra están fechadas entre 1999 y 2005–. Fue una época en la que lo arquitectónico tuvo una relevancia tremenda en las artes visuales. Uno de las proyectos expositivos más representativas de este género se hizo también en ese momento, HausSchau: Das Haus in der Kunst (Hamburgo, 2000), y son muchos los artistas que han trabajado con la casa y el hogar, como forma y concepto, por lo que las habitaciones de una exposición de este tipo podrían ser tan diferentes como el estilo decorativo de quien las ocupe: algo muy subjetivo. Y si bien la muestra del MUSAC tiene un marcado sentido discursivo, se sale de ella pensando en otra cosa: en que si la casa de un museo es el edificio, el hogar aparece cuando vemos su colección.