Donde viven los monstruos (o lo que puedes ver al otro lado de una ventana)

Por Alberto G. Luna
 Héctor Serrano

Inés Figaredo ha transformado el espacio de El Confidencial en ARCO, en una casa cerrada donde al espectador no le queda otra que asomarse al abismo de sus propios recuerdos y traumas a través de una ventana. La artista despliega una reflexión sobre las grietas en las relaciones familiares y esa inevitable condena de acabar pareciéndonos a quienes intentamos no ser. Una invitación a mirar por la cerradura de lo que preferimos mantener en el olvido

Sabemos muy poco de los demás. Ya sean tus vecinos, un amigo de la infancia o incluso tus padres. Tratamos de pasar tiempo con ellos, escuchar sus problemas, oír sus quejas, entender sus sueños, montar en esa montaña rusa que es la vida tratando de salir indemnes. Pero no podemos. Aunque nos preocupemos por ellos algún que otro instante de nuestras vidas, compartamos sus momentos de felicidad o tristeza, siempre nos vemos en la obligación de volver a la nuestra, tratando de mantener el equilibrio en la cuerda floja de la cotidianidad; hasta verlos desaparecer para siempre.

¿Quiénes somos realmente? ¿Qué queda de nosotros en los sitios donde hemos pasado fugazmente o vivido? ¿Alguna pista o indicio de que en algún momento ocurrió algo importante o hubo signos de vida? De verdadera vida me refiero, porque una cosa es vivir y otra bien distinta existir. Todo apunta a que pasará el tiempo y el ciclo cósmico continuará tan implacable como siempre. Alguien encenderá una hoguera en aquella playa, pintará las paredes de la que fuera tu casa o se construirá un espantoso edificio.

Inés Figaredo ha cerrado el estand de El Confidencial en ARCO y construido en su interior una casa a la que solo puedes acceder asomando tu diminuta cabeza por una ventana. Lo que hay allí dentro trata de que cuando eres joven vives una especie de sueño, y que durante todo ese tiempo te pasan cosas buenas y malas. Estas últimas se convierten en monstruos que tú tratas de amortiguar dejándolos aparcados en el fondo de tu cerebro, como si fueran historias olvidadas. El problema es que, antes o después, siempre terminan apareciendo, y no te queda más remedio que mirarlos a la cara.

Hay una gran construcción alegórica que funciona con la lógica de una pesadilla; una bañera que en realidad es una escena de lavar ropa que no termina nunca; un bucle infinito de agua y tejido que te recuerda que la vida, la mayoría de las veces, no es más que el peso muerto de la rutina. Hay unos paños colgados. Hay un caballo viejo de juguete que carga con un peso muy grande, que es la vida. También hay unos cuchillos. Más al fondo, hay un juego de luces que marca las horas y unos pájaros que vuelan por un cielo azul de mentira; una ficción que te hace sospechar que, ahí fuera, todavía queda algo que no se ha roto del todo. Y luego estás tú, que te encuentras mirando desde el otro lado, observando desde una distancia que crees segura, pero que no lo es.

Foto: Valentina Viceconte
Foto: Valentina Viceconte
Foto: Galería Cayón
Foto: Galería Cayón
Foto: Galería Cayón
Foto: Valentina Viceconte

Las piezas que dan forma a este universo están cargadas de simbolismo. A veces hablan de la convivencia entre opuestos y del relevo generacional. Otras, del simple tedio. ¿Qué convierte a unos padres, a un hermano o a una abuela en buenas o malas personas? No sé ustedes pero yo creo que, en ocasiones, nos pasamos la vida fingiendo que los nuestros eran geniales o terribles e intentando no ser como ellos, cuando la triste verdad es que no eran tan geniales y nosotros terminamos siendo como ellos.

Hay un párrafo de Ciencia Oscura que describe muy bien este pequeño drama del ser humano:

“Hay una parte de la mente humana que cree que siempre hay una segunda oportunidad. Una fe ciega en que no importa el error que cometamos, porque podemos arreglarlo. Pero no podemos. La mayoría de cosas que rompemos, siguen rotas. La gente que perdemos, sigue perdida. Los cambios en nuestros corazones, siguen cambiados. Nuestro daño siempre marcándolo todo. Nuestras almas no tienen botón de reinicio. Nunca olvidamos los traumas que sufrimos. Solo queda acostumbrarse al daño. Y, o bien sucumbimos a él y morimos, o avanzamos y nos convertimos en algo distinto. Hasta que ya no nos reconocemos. Hasta que el dolor es solo una parte de nosotros”.

En cierta ocasión, Joan Didion comentó que sería aconsejable mantener una relación cordial con la persona que fuimos, nos resulte o no agradable. De otra manera, nos aparecerá por sorpresa a las tres de la madrugada aporreando la puerta de nuestra cabeza, exigiéndonos saber quién la abandonó, quién la traicionó y quién va a reparar el daño causado. Pues bien, Inés Figaredo ha saldado las cuentas con su yo del pasado. Algo que recomiendo hacer a todo ser humano, al menos, una vez al año.

Si creemos que este mundo es un lugar de encuentro entre seres vivos que se aman y atormentan, y mueren pronto, y que es una invención de un dios cualquiera; sería oportuno concluir que este se procuró con ello una diversión nada bondadosa. Lo que no nos deja muy bien parados. Podemos ensillar y montar esta realidad, que siempre tratará de arrastrarnos con ella, o inventarnos otra. En cualquiera de los casos todos acabaremos de la misma manera.