Sabemos muy poco de los demás. Ya sean tus vecinos, un amigo de la infancia o incluso tus padres. Tratamos de pasar tiempo con ellos, escuchar sus problemas, oír sus quejas, entender sus sueños, montar en esa montaña rusa que es la vida tratando de salir indemnes. Pero no podemos. Aunque nos preocupemos por ellos algún que otro instante de nuestras vidas, compartamos sus momentos de felicidad o tristeza, siempre nos vemos en la obligación de volver a la nuestra, tratando de mantener el equilibrio en la cuerda floja de la cotidianidad; hasta verlos desaparecer para siempre.
¿Quiénes somos realmente? ¿Qué queda de nosotros en los sitios donde hemos pasado fugazmente o vivido? ¿Alguna pista o indicio de que en algún momento ocurrió algo importante o hubo signos de vida? De verdadera vida me refiero, porque una cosa es vivir y otra bien distinta existir. Todo apunta a que pasará el tiempo y el ciclo cósmico continuará tan implacable como siempre. Alguien encenderá una hoguera en aquella playa, pintará las paredes de la que fuera tu casa o se construirá un espantoso edificio.
Inés Figaredo ha cerrado el estand de El Confidencial en ARCO y construido en su interior una casa a la que solo puedes acceder asomando tu diminuta cabeza por una ventana. Lo que hay allí dentro trata de que cuando eres joven vives una especie de sueño, y que durante todo ese tiempo te pasan cosas buenas y malas. Estas últimas se convierten en monstruos que tú tratas de amortiguar dejándolos aparcados en el fondo de tu cerebro, como si fueran historias olvidadas. El problema es que, antes o después, siempre terminan apareciendo, y no te queda más remedio que mirarlos a la cara.
Hay una gran construcción alegórica que funciona con la lógica de una pesadilla; una bañera que en realidad es una escena de lavar ropa que no termina nunca; un bucle infinito de agua y tejido que te recuerda que la vida, la mayoría de las veces, no es más que el peso muerto de la rutina. Hay unos paños colgados. Hay un caballo viejo de juguete que carga con un peso muy grande, que es la vida. También hay unos cuchillos. Más al fondo, hay un juego de luces que marca las horas y unos pájaros que vuelan por un cielo azul de mentira; una ficción que te hace sospechar que, ahí fuera, todavía queda algo que no se ha roto del todo. Y luego estás tú, que te encuentras mirando desde el otro lado, observando desde una distancia que crees segura, pero que no lo es.








