¿Se puede hablar de arte en tiempos de guerra? ¿No resulta acaso frívolo contemplar obras “completamente inútiles” –como reconocería Oscar Wilde en su prefacio de El retrato de Dorian Gray– en tiempos de desasosiego? Es posible que sea solo una forma de evasión de la realidad, pero también puede ser la única herramienta capaz de darle un sentido a lo que pasa ahí fuera. Porque aquí, en ARCO, hay muchas obras que hablan de lo que ocurre en el mundo: el auge de las minorías, la lucha por los derechos en los países dictatoriales, la conciencia por el medioambiente, el descontento general, las ganas de salir corriendo…
Esa búsqueda del sentido es, precisamente, lo que late en las 211 galerías que hasta el 8 de marzo convergen en los pabellones 7 y 9 de Ifema. Mucha pintura, escultura de todos los materiales -con especial atención al tejido-, escaso videoarte y alguna propuesta mecánica que nos recuerda que estamos en el siglo de la tecnología. ¡Ah, y por fin algo de fotografía! Pero el tono no parece haber cambiado en esta feria concebida para comprar y petardear con lo mejor del sector cultural, que este año cumple 45 años. Una efeméride que los organizadores han querido celebrar por todo lo alto. Pero no mirando hacia el pasado, porque lo suyo siempre han sido las propuestas más contemporáneas y emergentes; sino fijando la vista en el futuro.
¿Cómo será el arte en 2045? Se han preguntado José Luis Blondet y Magali Arriola. El resultado es El futuro, por ahora, una de las secciones más atractivas e interesantes de este año, en el que no hay país invitado, pero sí un programa especial comisariado repartido en dos espacios completamente diferentes del resto. Tanto su recorrido como las piezas sorprenden al visitante, porque funcionan como un soplo de aire fresco en medio de tanta obra colgada (porque no nos engañemos, la pintura sigue siendo la disciplina reina que todo coleccionista quiere en su casa).
Para empezar, se han eliminado los paneles y se han sustituido por unas cortinas blancas que invitan al público a seguir un itinerario laberíntico. Los trabajos salen así de la pared para confundirse con el visitante, esculturas y ensamblajes, muchos de ellos de escala humana, poblados de seres imaginarios que nos invitan a soñar.
Son esos “posibles futuros y nuevos horizontes” que los comisarios han ideado, ofreciendo seres y mundos fantásticos donde uno agradece perderse. Que la imaginación vuele, aunque sea por unos segundos, entre las coloridas escenas de Sylvie Selig presentes en Mor Charpentier o las piezas orgánicas de Liv Shulman que se pueden ver en Piedras. ¡Hasta las obras de June Crespo invitan a jugar! Con esos huecos horadados sobre el panel que incitan a husmear para ver qué hay dentro. No sabemos si alguien querrá tenerlas en su salón o el jardín de casa, pero desde luego alivian la monótona visita de la feria.
La barca de madera concebida por Guillermo Nadal nos sorprende en Álvaro Alcázar; no solo por el material, sino por la delicadeza y sencillez de sus formas. Y es que no está en el suelo, sino que pende del techo con dos hilos, creando una sombra muy sugerente. Aunque para sombras, las que presenta el artista ucraniano Sergey Bratkov en Espacio Mínimo, donde explora tanto la luz como la oscuridad en sus trabajos, que ofrecen una visión única de la experiencia humana.
En José de la Mano encontramos la primera teta gracias al equipo Límite, una pareja de artistas valencianas que formó tándem entre 1987 y 2002. La fotografiamos por si no encontramos otra, ante la previsión de una feria poco provocadora, sin saber que más adelante encontraremos las impactantes pinturas de Kubra Khademi; una orgía en toda regla en la que participan algunos de los rostros femeninos más poderosos del mundo. Las escenas no dejan lugar a la imaginación, pero esconden un potente mensaje más allá del erotismo. La afgana quiere elevar la voz de las mujeres de su país y recordar ese lema con el que salían a las calles tapadas cuando llegaron los talibanes: Pan, trabajo y libertad.
Llegados a este punto, e imbuidos por un espíritu más combativo, afrontamos la feria desde una nueva perspectiva, retomando todas aquellas obras que obviamos deliberadamente en un principio. Como ese impresionante personaje de Baselitz que vimos en Thaddaeus Ropac y dejamos pasar por pura cobardía a enfrentar el pasado alemán. O el cuadro de Millen Till lleno de rabia en el que se adivina cómo arrojó el bote de pintura azul con toda la violencia que pudo (está en Crone). Las ramas secas de Ángela Jiménez Durán y la pata de caballo ahorcada tampoco invitan precisamente al optimismo, pero es el momento de mirarlas de frente, sin miedo.
Esta vez me ha sorprendido la cantidad de obras que utilizan el agua como material de trabajo, quizá porque sus artistas son conscientes de que escasea y de que en un futuro utópico, tal vez en el siglo que viene, este líquido elemento tan solo sea un reducto del pasado que se exponga en los museos como una rareza. Por eso la fuente de Leonar Serrano Rivas en Carlier o la instalación en una piscina de Spiritvesel.
La historia más bella jamás contada de José Luis Serzo, es un relato marinero de “valentía y coraje”, como se lee en la propia pieza, que nos habla del mar y los piratas. Se puede descubrir en Álvaro Alcázar. Más adelante, en Fernández Braso, el tarifeño Guillermo Pérez Villalta nos invita a Tocar la belleza con una pintura cargada de clasicismo y mitología, junto a dibujos del artista que evocan aquellos nostálgicos viejos tiempos de los que ya hablaba Jorge Manrique. También Thomas Ruff invita a viajar en el tiempo, con sus fotografías de mujeres bellas que presenta en Lia Rumma.
A medio camino entre lo bueno y lo malo se encuentra el Arcángel de Berlinde de Bruyckere que sorprende por sus dimensiones y su fuerza expresiva en Pedro Cera. Las telas ennegrecidas que ocultan la figura no auguran nada bueno, pero la curiosidad por descubrir lo que hay debajo me puede: una figura humana que podría pasar por clásica, de no ser porque sus extremidades inferiores, más que pies, son como garras que se aferran al suelo como debió de hacer el ángel caído Lucifer.
Las obras de la artista trans Seba Calfuqueao hechas con pelo se pueden ver en W galería, y entre las que más perturban está otra figura, esta vez femenina, que se encuentra tumbada en el suelo como un cuerpo inerte. Quizá podría encarnar al personaje de Sierva María descrito por García Márquez en su libro Del amor y otros demonios, una niña que tenía una cabellera de más de 22 metros de largo. Es importante señalar que Calfuqueao es mapuche chilena, con fuertes raíces indígenas, y en su trabajo esa herencia cultural resulta fundamental.
Tampoco faltan los clásicos de siempre, Miró. Juan Gris, Tápies y Picasso a la cabeza. Ni el artista español vivo mejor cotizado (Barceló), de quien se exhibe por segundo año consecutivo un autorretrato. Asimismo, hay obras con inspiraciones clásicas, cuando no plagios directamente. Porque el único mérito de Patricia Fernández parece ser haber descubierto el grabado de Goya Se quebró el cántaro, expuesto tal cual en Commonwealth & Council con un marco; eso sí, suyo. Lo mismo que Viz Munik, cuya recreación del Guernika de Picasso resulta peligrosamente cercano al original en Elba Benítez. Vale que los artistas del pasado inspiran, pero deberían servir para avanzar hacia adelante. Un punto de partida, no el final, porque el uso de una obra icónica para tu propio trabajo sin más aportación, no resulta muy creativo.
Paseando por los pasillos me encuentro con la instalación de Inés Figaredo para el estand de El Confidencial. ¡No se puede pasar ni rodear! Como en una metáfora del periódico, que por cierto cumple 25 años, el espectador solo está invitado a mirar, o a leer el mundo tal y como lo entiende esta artista, que crea prácticamente sin salir de su casa. Para la ocasión ha concebido una especie de máquina infernal donde los trapos que se limpian en una bañera simulan las tripas de los animales, en un proceso mecánico que invita a no pasar de largo y perder unos minutos.
Un poco más allá, otra pieza mecánica suya se ofrece en la galería Cayón. Es una silla algo destartalada con un trillo que da vueltas. Pondering… se llama, que en español significa “Reflexionando”. Por lo que es fácil imaginar la metáfora de la cabeza en plena vorágine creadora. ¿Y qué pinta esa ceja gigante en la pared? Es una pieza de bronce de 27 centímetros de ancho que no sé exactamente qué significa, pero la ‘broma’ de Ana Laura Aláez para la galería Pelaires cuesta 20.000 euros.
De repente me topo de bruces con la obra de Tito Pérez Mora en Rio & Meñaka, que este año se estrena en ARCO. Una obra donde la crítica a EEUU es tan velada, que casi pasa inadvertida. La bandera estadounidense a la que se le han caído las estrellas (que están en el suelo y son de plomo) se completa con una fotografía del Monumento a Iwo Jima, dedicado a todos los militares caídos en combate. El detalle está en la bandera: en vez de sostener la americana, sostienen la de paz.
De nuevo sobrevuela la guerra y el conflicto bélico nuestras cabezas. No podemos evitarlo. Menos mal que antes de abandonar Ifema vemos una silla rota y recosida de Kader Attia que invita al optimismo. ¿Existe esperanza? Parece que sí. Después de todo, lo que está roto siempre se puede recuperar. Con voluntad, por supuesto.