Entendiendo a Helen Levitt, la fotógrafa de lo cotidiano

Por Carlota Barreda
 Untitled, (Children with Gumball Machine), Helen Levitt, 1871
© Robert Klein Gallery

Pionera de la ‘street photography’ y maestra del color cuando este aún se consideraba un recurso publicitario, Helen Levitt hizo de la ciudad su musa. Repasamos su obra y trayectoria con motivo de su exposición en la Fundación Mapfre de Madrid

Helen Levitt hizo de su trayectoria un manifiesto sobre la memoria colectiva y un acto de resistencia frente al olvido. Convirtió la ciudad en un teatro del mundo, y su musa fue la cotidianeidad. Lejos de la excentricidad característica de los artistas, su biografía es discreta y se aleja de la extravagancia y los alter egos, pero su extenso archivo fotográfico -que abarca una trayectoria de seis décadas- habla por sí mismo y compone una de las mayores joyas del siglo XX.

Los inicios de Levitt se remontan a la pulsión adolescente de abandonar el instituto sin mirar atrás y perseguir su pasión por el arte. Dio sus primeros pasos en un estudio comercial del Bronx y poco después se topó con Henri Cartier-Bresson -padre del fotorreportaje y las imágenes a hurtadillas-, quien le introdujo a la que sería su fiel compañera de vida -una cámara Leica de 35mm- y con el que aprendió a concebir la imagen más allá de la faceta puramente documental para comprenderla como lenguaje artístico.

Otra gran fuente de inspiración para ella fue su amigo y mentor Walker Evans, conocido por plasmar los estragos de la Gran Depresión en entornos rurales . Si uno se toma el tiempo de navegar entre el trabajo de los dos, encontrará un espíritu y una inquietud similares reflejadas en escenas obreras del día a día, en rostros corrientes y desgastados; destellos de belleza que la artista elevó a una esfera superior.

Retrato de Helen Levitt alrededor de 1940
© Film Documents/Galerie Thomas Zander/Albertina
Retrato de Helen Levitt alrededor de 1940 © Film Documents/Galerie Thomas Zander/Albertina

Primer acto: surrealismos gitanos y retratos en vagones

La primera parada en la obra de Helen Levitt nos traslada al East Harlem de la década de 1930, al seno de familias romaníes y escenas de infancia en la pobreza, que capturó a través de una mirada íntima, cruda y veraz. Entre edificios en escombros, juegos de máscaras, jóvenes melancólicas, madres exhaustas y niños demasiado pequeños que fuman cigarrillos y se encaraman a fachadas, la joven fotógrafa construyó una serie ambulante de rostro amable que documentaba una coreografía de la niñez en un entorno urbano castigado por la crisis, entremezclando la banalidad con las fantasías de la infancia. En esta etapa, ya se consagró a la street photography acompañada de su Leica y procurando pasar desapercibida ante los protagonistas de sus imágenes, creando un universo marcado por la espontaneidad y el hallazgo de la belleza en lo ordinario.

Su trabajo no tardó en establecerse como un precedente para sus contemporáneos y las generaciones futuras: la fotografía marginal y existencial de Mary Ellen Mark bebe directamente de las infancias proyectadas por Levitt, así como las multitudes bulliciosas capturadas por Garry Winogrand.

A finales de los años 30 intercambió las calles por los raíles y el subsuelo. Como una pasajera más, y al mismo tiempo como flaneur, se coló en los vagones del metro neoyorquino para realizar una serie de retratos que, una vez más, apelaban al día a día de toda persona. Treinta años después retomó la misma iniciativa, y el resultado fue un amalgama entre señoras de posguerra con regias pieles, sombreros pomposos y pósters art decó suspendidos en el tiempo, en contraposición con las generaciones nuevas marcadas por el graffiti, el hip hop y unas cuantas melenas y bigotes beatlelianos.

Gypsy Boy, Harlem, New York. Helen Levitt, 1942 © Robert Klein Gallery
Untitled, New York. Helen Levitt, 1943
Untitled, New York. Helen Levitt, 1942
Children with cigarettes, New York. Helen Levitt, 1940
Underground, New York, Helen Levitt © Film Documents LLC, cortesía Galerie Thomas Zander, Cologne
Underground, New York, Helen Levitt © Film Documents LLC, cortesía Galerie Thomas Zander, Cologne
Underground, New York, Helen Levitt © Film Documents LLC, cortesía Galerie Thomas Zander, Cologne
Underground, New York, Helen Levitt © Film Documents LLC, cortesía Galerie Thomas Zander, Cologne

Interludio: las calles como campo de batalla

Su creatividad no se redujo a la fotografía: con el cine mudo y la vanguardia surrealista como referentes, no tardó en adentrarse en los páramos y las posibilidades que ofrecía el séptimo arte. Primero fue asistente de Buñuel, editando sus cortos de propaganda proamericana durante la guerra, y paralelamente se convirtió en pionera del cine independiente americano. Junto a la polifacética Janice Loeb y el escritor James Agee -guionista de La noche del cazador- dio vida al corto In the Street (1948), sumergiéndose en las entrañas del Harlem hispano: “Las calles de los barrios pobres de las grandes ciudades son, ante todo, un teatro y un campo de batalla. Allí, sin darse cuenta y sin que nadie lo note, cada ser humano es un poeta, un enmascarado, un guerrero, un bailarín: y en su inocente arte proyecta, contra la agitación de la calle, una imagen de la existencia humana”.

In the Street fue una extensión experimental de su trabajo previo con las familias gitanas y los vecinos del Bronx, situando el foco en niños, mujeres obreras, gatos callejeros y animales de compañía. La pureza y el ludismo en movimiento prevalecen sobre cualquier tipo de mensaje o pretensión, y las calles bulliciosas son escenarios de pequeños héroes y villanos, de expresiones impulsivas de amor y rabia y conciencias libres de ataduras que habitan lo mundano.

Junto a sus dos amigos y al director Sidney Meyers, Helen Levitt moldeó el nuevo cine americano de los 50 y los 60 a través de The Quiet One (1948), otra película documental ambientada en Harlem que retrata la vida de un niño afroamericano solitario y escurridizo que pasa los días encerrado en sí mismo en un entorno marginal. Levitt ejerció como directora de fotografía y la película se llevó dos nominaciones a los Óscar.

Untitled, New York. Helen Levitt, 1972
Untitled (phone booth), New York. Helen Levitt, 1988
Untitled, New York. Helen Levitt, 1971-1981
Untitled, New York. Helen Levitt, 1971-1981
Untitled, New York. Helen Levitt, 1971-1981
Untitled, New York. Helen Levitt, 1971-1981
Untitled, New York. Helen Levitt, 1971-1981

Desenlace: la jungla de cemento a color

Levitt no fue solo una maestra del blanco y negro. A finales de los años 50, cuando la fotografía a color era concebida como un instrumento reservado a la publicidad y los contenidos +18, Levitt obtuvo dos becas Guggenheim que le permitieron trastear con las películas a color y explorar un nuevo universo de posibilidades. Para entonces Nueva York ya era un entorno urbano absorto en el cambio constante, y Levitt consiguió capturar esa esencia diferencial a través de un mismo credo: la celebración de la vida misma a través de pequeños momentos caóticos y rutinarios a partes iguales.

La mayoría de estos archivos se perdieron tras un robo en su apartamento en 1970, pero las imágenes que se conservan no son recuerdos nostálgicos, sino memorias vivas y optimistas de una ciudad vibrante narradas a través de críos traviesos, gallinas a la fuga, cabinas telefónicas, ancianas chismosas y hasta un hombre cruzando una acera a pleno día en calzoncillos.

Sus imágenes fueron pioneras y desencadenaron una multitud de seguidores que abordaron la fotografía a color como una forma seria de expresión artística. Nombres de la talla de Joel Meyerowitz y el irónico Jeff Mermelstein son herederos directos de su trabajo.

Helen Levitt continuó siguiendo los instintos de su propia mirada y fotografiando en todos los formatos hasta los 80 años, cuando, por problemas de salud, tuvo que abandonar la cámara y las calles. Su legado se extiende desde el MoMA a todos los rincones del mundo, y, por si aún no lo saben, la Fundación Mapfre le dedica ahora una exposición que también les contamos en El Grito.