Mientras clamaba por los desheredados, el escritor levantó en su casa un muro de muebles de época y seda. Esta es la crónica de un titán literario que, huyendo del estruendo de la historia, decidió esconderse de Dios entre objetos extraordinarios.
En junio de 1848, obreros, desempleados y miserables se levantaron contra el Gobierno de Francia. Bajaron de los arrabales y muchos se desplazaron hasta la antigua Place Royale parisiense, actual Place des Vosges, para desvalijar los apartamentos de los nobles y burgueses. Una de esas viviendas era la del escritor Victor Hugo, en la segunda planta del número 6, que ya entonces tenía una situación económica holgada. Hugo huyó esa noche junto a su familia ante la caótica situación, pero cuando regresó al día siguiente nadie se había llevado nada de su lujoso apartamento. Ni un papel había sido movido de su sitio.
En el salón principal de ese espacio de amplios volúmenes, que recibe luz de la misma plaza y de un jardín interior, un grupo de estudiantes de unos diez años de edad escucha fascinado la historia de aquel perdón popular a quien, desde su literatura, se había puesto del lado de los desheredados. Y si bien la anécdota no es tal cual la relata el guía con didactismo y buena intención, escucharla nos traslada a un momento en el que se cruzan el mito y la realidad, la violencia y el despertar social, envueltos en una decoración que aviva la sensación de estar en otro momento de la historia.
Entrar en la Maison de Victor Hugo en la Place des Vosges implica atravesar la historia de París, de la literatura y también del estilo y la decoración. Hugo fue un maestro de las letras, pero también un gran dibujante y un hombre con un gusto por lo exótico que se trasladaba a las casas donde vivió, que fueron muchas. La exposición Víctor Hugo décorateur propone un perfil del autor de Los Miserables como un esteta que trabajó el interior doméstico con la misma intensidad con la que construyó imágenes mentales.
Una burbuja de belleza
Victor Hugo fue un intelectual que empatizó con las víctimas de una sociedad empobrecida y tutelada por las élites. En obras como El último día de un condenado (1829), Claude Gueux (1834) o El hombre que ríe (1869), el escritor miró el mundo desde el lado de los perdedores. Luego, regresaba a su casa y escribía sobre ello en un precioso espacio de confort y belleza.
Si hubiéramos tenido revistas de decoración en el XIX como las conocemos ahora, los reportajes sobre su avanzada manera de integrar los espacios con objetos a la moda hubieran sido muchos. Y aunque las tendencias de la época eran conocidas y seguidas por la burguesía y la nobleza gracias a publicaciones como Le garde mueble, Victor Hugo iba un poco más allá, involucrándose en la adquisición de objetos, pero también en el diseño de los mismos y su escenografía.
El escritor compró armarios, paneles, biombos, telas, objetos de metal o piezas de madera en marchantes, los distribuyó en el espacio y también encargó numerosos muebles a medida. A menudo, sometió los objetos a un proceso de desmontaje o recomposición. Por ejemplo, tomó unos cofres de carruaje para hacer de ellos un banco. Esa habilidad para reconfigurar se alimenta también del exotismo decorativo, una moda dominante en la época. Las chinoiseries o el japonisme traen de las colonias y los viajes comerciales objetos exóticos y heterogéneos que casan con una estética recargada y muy simbólica, llena de elementos naturales que dan vida a los interiores domésticos.
La muestra de la Maison Victor Hugo de París presenta una gran banderola otomana del siglo XVII, de seda con hilos metálicos, vinculada durante décadas a una leyenda de origen militar. También vemos un gran biombo japonés de flores y pájaros o una pequeña escultura Maorí. Las piezas de este tipo circulan como la seda por un mundo cada vez más cosmopolita y Hugo participa de ese clima y lo reinterpreta desde un criterio muy personal.
En un salón del escritor se pueden mezclar sin problema las referencias medievales, renacentistas y barrocas con piezas de inspiración gótica, espejos de aire veneciano, tapices orientales, porcelanas de Asia, marfiles, lacas. Todo ello, bajo una iluminación pensada para ser efectista. En París se compran y venden objetos en un mercado cada vez más denso, con tiendas de curiosidades, anticuarios, importadores o subastas, y el coleccionismo deja de ser privilegio aristocrático para convertirse en práctica de prestigio cultural.
Vida, obra y decoración
La biografía del escritor es un deambular por diferentes ciudades y apartamentos. En un periodo de once años, vivió en ocho pisos diferentes en París, hasta acabar en la Place des Vosges, donde lo hizo entre 1832 y 1848. Según el museo, este lugar sería el primer laboratorio de interiorismo del escritor. Con el golpe de estado de Louis Napoléon Bonaparte (1851), Hugo se exilia durante casi dos décadas: primero en Bélgica y finalmente en Guernesey (1855-1870), un país-isla en el Canal de la Mancha, donde compra la Hauteville House, que es realmente el lugar donde se explaya decorando.
Guernesey es el más espectacular y el que mejor está preservado. Un universo en sí mismo donde la colección de objetos dispares y las piezas realizadas por artesanos lo ocupa todo. Cuando decimos todo, es todo: no hay un solo resquicio para que la mirada descanse. Tapices, muebles, cerámicas… el horror vacui llevado a su expresión más sublime.
Los interiores están sobrecargados con muebles de madera repujada densos y oscuros, tapicerías de seda cubren las paredes en colores verdes y rojos eléctricos, los grandes volúmenes se achican ante la saturación de elementos, como el comedor repleto de azulejos y cerámicas en las paredes que cubren también la gran chimenea. La Hauteville House es sede, junto al apartamento de la Place des Vosges, del Museo Victor Hugo y puede visitarse en su web.
El escritor no jugaba solo a la decoración de interiores, también le ayudaba muy activamente su esposa. Aunque su gran amante, la actriz Juliette Drouet, con la que estuvo unido varias décadas, también compartió su gusto por los objetos.
Hay en la exposición un elemento que destaca entre los demás y deja clara la importancia que tenía la familia para Hugo, también su dimensión paternal. El escritor crea con sus propias manos una casa de muñecas que proyecta su interés por la decoración, su destreza con los objetos y el cariño por sus hijos. Los muebles minúsculos, los cuadros del tamaño de sellos pintados por Louis Boulanger, la armonía de colores suaves y formas realistas, señalan la minuciosidad de Hugo, que traza él mismo las iniciales de los tres hijos que tiene entonces: Leopoldine, Charles y Victor.
Tras la muerte de su hija Léopoldine en 1843, ahogada en el Sena junto a su joven esposo tras volcar su barca, Victor Hugo se volcó en una búsqueda de consuelo que también pasó por el espiritismo. Ya en el exilio, en la isla de Jersey, entre 1853 y 1855, participó de forma intensa en sesiones de mesas parlantes organizadas en el entorno familiar, una práctica muy extendida en la época. De aquellas reuniones quedaron actas y transcripciones reunidas con el nombre de Lo que dicen las mesas parlantes (1855), una obra extraña que alimentó su imaginario sobre la muerte, la culpa y la fe.
Con el paso de los años, en la década de los sesenta, la casa de Hauteville se llenó de nietos y alegría, pero Hugo estaba más taciturno, agotado por el exilio en Guernesey, encerrado en la rutina de la Hauteville House y sin horizonte de regreso a Francia mientras duraba el Segundo Imperio. El escritor tramó Los trabajadores del mar (1866) y siguió comprando muebles de forma compulsiva, convirtiendo su casa en un espacio misterioso lleno de objetos que parecían tener vida propia.
El regreso a París se produjo el 5 de septiembre de 1870, apenas un día después de la proclamación de la Tercera República. La capital lo recibió como a un símbolo viviente de la oposición al Imperio, como un semidiós. Hugo acabaría siendo parlamentario y senador, dedicándose a la defensa de los derechos humanos y de los presos por la rebelión de la Comuna. También abogó por la abolición de la pena de muerte, un signo para él de barbarie que reflejó en una acuarela estremecedora y visible en la exposición, donde todo el fondo es oscuro y una figura blanca como un fantasma aparece colgada de una soga.
La exposición finaliza con una reproducción del dormitorio de Victor Hugo, su cámara mortuoria. La cama de estilo Luis XIII, con columnas salomónicas, no es excesivamente ostentosa para lo que ha sido su gusto, recargado y ecléctico. El único ornamento propiamente dicho que ocupa la habitación es una pequeña escultura de yeso dorada, una diosa griega sentada sobre un trono y con una espada en la mano que representa a la justicia. El gran tema moral, político y estético que guió al escritor en sus obras e hizo de él un hombre a la altura del mito. Un escritor que entendió que en un mundo hostil, la belleza puede existir y ser disfrutada en los objetos que nos rodean.