Cuando la joven ucraniana Dina Vierny posó para el afamado escultor Aristide Maillol por primera vez en 1934, no imaginó que terminaría siendo su musa, su modelo y hasta su albacea. Ella tenía 15 años y él ya había pasado los 70, pero se produjo una conexión tan profunda –no se confundan, él estaba felizmente casado– que les mantuvo unidos hasta que el artista falleció. Tanto, que dejó incluso su legado a aquella mujer que fue como una hija para él.
Desde entonces, Vierny se dedicó a difundir el trabajo del escultor. Y es esa labor precisamente la que ha llegado ahora a nuestro país, donde no se veía al autor desde 2009, cuando la Pedrera le dedicó su última gran retrospectiva. Eso quiere decir que ya no tenemos que ir hasta el Jardín de las Tullerías del país vecino para poder ver esas decenas de esculturas suyas flanqueando el paseo que desemboca en el Louvre; porque por primera vez, dos galerías españolas muestran hasta una quincena de sus piezas. Una oportunidad casi única de disfrutar del arte de este autor venerado en Francia, pero poco conocido en España –salvo por su Torso de verano del Palau Nacional de Barcelona–.
De momento, algunas de sus piezas de mediano formato se han podido ver en el Barrio de las Letras de la capital gracias a un proyecto gestado a tres bandas entre Leandro Navarro –primera sede de la muestra–, Artur Ramon Art y la mencionada Vierny. Antes de abandonar Madrid para dar el salto a Barcelona, se presentarán en ARCO, dentro del stand del galerista.
Decía Dina que “Aristide era el primer escultor que encontró el plano simple. Depuró, abolió y descubrió el silencio; es decir, el interior”, de donde surgieron los primeros momentos de la escultura moderna. Y todo ello sin abandonar la figuración. En un periodo en el que las vanguardias se habían lanzado a experimentar sin límites, el maestro francés tuvo el mérito de echar una mirada a la estatuaria grecorromana sin perder de vista su contexto moderno. “Fue el escultor que rompió con el siglo XIX”, porque supo fijarse en la anatomía humana como la manera de representación más pura, casi en su concepto abstracto. No le interesaba tanto la narrativa, como la forma misma despojada de todo valor simbólico, por eso marcó las bases de generaciones posteriores como Henry Moore.
Ante todo, Aristide Maillol (1861-1944) quería esculpir lo impalpable. Lo que no se ve, lo que permanece oculto. Y eso es lo que hizo en unas piezas llenas de magnetismo, movimiento y vida, cuyos acabados incitan al espectador a tocar. Como el Busto de Venus con flequillo perfectamente pulido presente en la muestra que nos lleva al pasado por su temática mitológica, pero que a la vez nos resulta tan moderna, como si fuese hecha ayer mismo.
Maillol nació en Banyuls-sur-mer, muy cerca de la frontera española –quizá por eso hablaba catalán–. En 1881 viajó por primera vez a París, donde se formó. Primero cayó rendido ante Gauguin, de quien fue discípulo. Pero luego su práctica viró hacia las tallas de madera, y posteriormente la escultura. Una de sus obras más célebres, Mediterránea, fue presentada en 1905 en el Salón de Otoño de París. Se trata de una figura con el rostro apoyado en un brazo y actitud introspectiva que puede considerarse el equivalente femenino del Pensador de Rodin. Aquella pieza le catapultó definitivamente como el mejor escultor de su generación y le proporcionó una proyección internacional que se extendió hasta Nueva York, Chicago, Suiza y Berlín.
Curiosamente, la presencia de Maillol no ha sido tan común en España, donde apenas le hemos podido ver en dos ocasiones durante las tres últimas décadas. Por eso la muestra actual es tan relevante, porque no solo recupera esta figura fundamental de la escultura moderna para un público actual, sino porque le presenta por primera vez en una galería privada.
Dos artistas enfrentados
En realidad, Aristide no está solo en ese desembarco. Le acompaña Manolo Hugué (1872-1945), otro referente de la escultura del siglo XX –esta vez española– con quien mantuvo una amistad durante los años de la Primera Guerra Mundial. Por aquel entonces el francés ya había regresado a su ciudad natal, mientras que su compañero había elegido Céret como hogar. Apenas 40 kilómetros distaban ambas localidades, por eso los dos artistas se encontraban a menudo y se visitaban con frecuencia, para hablar de sus respectivas visiones sobre una escultura sobria, esencial y profundamente humanista.
Los dos trataron la figura femenina con especial atención, por eso no extraña que ese sea el hilo conductor del recorrido por La escultura pura, un proyecto de Álex Susanna que no ha podido ver la luz hasta ahora, cuando se cumple año y medio de su muerte.
La muestra es, por tanto, un homenaje al gestor cultural que estudió la relación de amistad y respeto mutuo entre el francés y el español. Pone a los dos maestros del siglo XX frente a frente, aunque el segundo salga perdiendo en la comparativa. El diálogo parece equilibrado en cuanto a número de piezas, 15 de cada uno, pero la escultura pura, sintética e idealizada de Maillol nada tiene que ver con las mujeres fornidas y populares de Hugué. Basta con comparar la perfecta y brillante Friné del francés con la imponente Bacante de Manolo, donde parece que ha dejado la huella de sus propios dedos.