Hay un tipo de 83 años llamado Richard Sennett que anda diciendo por ahí que nuestras ciudades están podridas, pero no por la basura de las calles, sino por el mármol de sus portales. Este sociólogo, que es profesor emérito en la London School of Economics y en la Universidad de Harvard, sostiene que hemos levantado muros invisibles tan altos como los de una cárcel, creando guetos de oro que no dejan pasar el ruido; barrios segregados donde los ricos solo ven a otros ricos.
Este aislamiento crónico, que a alguno le podría parecer lo más natural del mundo capitalista, en realidad conlleva una oscura patología: las clases altas viven tan alejadas de la realidad que, al final, dejan de empatizar con ella y terminan pensando que es un decorado de cartón piedra. Según Sennett, si tu vecino gana lo mismo que tú, piensa como tú y veranea donde veraneas tú dejas de entender cómo funciona el planeta y pasas a convertirte en un auténtico analfabeto social. Al fin y al cabo, una calle donde todo el mundo te da la razón es un páramo intelectual, una completa atrofia del espíritu crítico.
Madrid tiene una frontera invisible: en el norte y centro está la riqueza; y en el sur y el este, la vulnerabilidad. Nos guste o no, la actual crisis de la vivienda no es solo una cuestión de números; es una purga. La ciudad ha expulsado a la clase trabajadora a la periferia y transformado los barrios del centro en recintos cerrados donde solo entran las nóminas más altas. Cuando se necesita vivienda social, se construyen grandes bloques en el PAU de Vallecas o El Cañaveral, lo que está propiciando islas de pobreza. Incluso en los proyectos nuevos, como Madrid Nuevo Norte, la Ley de Suelo esconde una trampa: permite agrupar las viviendas protegidas en parcelas distintas. El resultado es otro muro, pero en este caso de asfalto. Los bloques de lujo se encuentran en una acera y los sociales en otra bien separada.
Lo que propone Sennett es, desde un punto de vista logístico, casi subversivo: que un porcentaje de cada edificio sea vivienda social. Quiere que el presidente de una empresa del Ibex 35 se cruce en el ascensor con el tipo que le corta el pelo o con la mujer que limpia los pasillos de su oficina. Quiere que compartan el rellano. Que se vean las caras. Que sepan que el otro existe.
La endogamia del rellano
Me siento con Carlos Sambricio, que es catedrático de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo, y me dice que nadie en su sano juicio va a soltar una millonada por un piso de lujo si tiene que compartir el ascensor con un tipo que cobra el salario mínimo. Es la lógica del mercado inmobiliario: el valor de tu casa solo sube si lo hace también la de tu vecino. Y para que eso pase, el que no tiene dinero debe desaparecer del mapa. También me cuenta que, allá por 1870, el arquitecto francés César Daly dibujaba edificios donde el gran pez gordo vivía en el bajo, el contable en el primero y el que doblaba el lomo en el tercero. Los techos de los primeros eran tan altos que podías meter una jirafa, mientras que en los pisos de arriba vivían más apretados. Algo que también se puede ver en muchas edificaciones del Madrid de los Austrias.
Les parecerá increíble pero, al final, no fueron las grandes fortunas las que dinamitaron todo este invento, sino la clase media; los mismos que hoy se endeudan hasta las cejas para comprar un piso en el barrio de Salamanca, Justicia, Arturo Soria, Mirasierra o La Finca solo por el dudoso privilegio de respirar el mismo aire que los que de verdad tienen dinero. Porque la cruda realidad de todo esto es que no solo el vecino de La Moraleja no interactúa con el de Alcobendas —salvo por una relación de servicio—, el de Las Tablas tampoco lo hace con el de Fuencarral o Manoteras.
Existe una frase antigua, el eslogan de un anuncio de cuando se levantó la colonia de Virgen del Cortijo, que resume todo esto con una honestidad casi obscena: "Viva usted entre los suyos". Eran solo cinco palabras, pero contenían toda la carga genética del Madrid que habitamos hoy en día. No era una invitación, era una orden de retirada. Te estaban diciendo que la ciudad no era un lugar para mezclarse, sino un refugio donde rodearte de gente que tuviera tu mismo saldo bancario, tu mismo coche y, probablemente, tus mismos miedos. Fue el inicio de este simulacro. La idea de que la felicidad consiste en eliminar cualquier rostro que no se parezca al tuyo en el espejo del rellano.



