Dicen que el tiempo es un maestro silencioso que pone todo en su lugar. Esto también aplica al mundo artístico. Pero aunque conocemos infinidad de casos en los que los creadores alcanzan la fama que siempre merecieron tras su muerte, también existen quienes ven sus éxitos condenados a un olvido incomprensible. Este es el caso de Anders Zorn, un pintor naturalista cuyo nombre hoy resulta desconocido para el público general. Un hecho que contrasta con su vida, pues fue uno de los artistas más cotizados de su tiempo.
Más allá de las bellísimas vistas naturales de su país natal, Suecia, el dominio de Zorn del medio pictórico hizo que no tardara en recibir toda clase de elogios y encargos. Pero nada de esto le sirvió para esquivar el olvido. Así fue como, fuera de los círculos artísticos suecos, su nombre quedó reducido a una nota al pie en los anales de la historia. Al menos así ha sido hasta el pasado 19 de febrero, cuando la Fundación Mapfre abrió la primera gran retrospectiva dedicada a este artista en España. Un país al que curiosamente estuvo profundamente unido, tal y como reflejan varias de sus acuarelas en las que inmortaliza Madrid, Cádiz, Sevilla o Granada.
Asomarse a la obra de Zorn es descubrir una historia paradójica: la de un hombre nacido en la humilde Suecia rural -era hijo ilegítimo de una campesina sueca y un cervecero alemán al que nunca llegó a conocer- que, contra todo pronóstico, acabó convertido en el retratista predilecto de las élites. Una de sus obras más icónicas es Medianoche (1891), el retrato de una mujer remando en un paisaje nocturno; trascendiendo la atmósfera de una noche de verano nórdica, luminosa y fría.
Para Zorn, la figura del remero no era solo un elemento humano en el paisaje, sino un estudio sobre la resistencia y la armonía con la naturaleza. En estas escenas, el artista despliega su asombrosa capacidad para captar el agua en movimiento; los remos rompen la superficie líquida creando ondas concéntricas que resuelve con pinceladas rápidas y seguras, casi abstractas de cerca, pero de un realismo vibrante a cierta distancia.
Estas composiciones suelen jugar con perspectivas fotográficas, situando a menudo al espectador dentro de la propia embarcación. No busca la idealización heroica, sino la verdad del instante: el esfuerzo en los brazos, el reflejo del sol bajo o la penumbra de las aguas profundas.
Esta obsesión por la interacción entre el cuerpo y el medio acuático sería el preludio perfecto para sus posteriores y famosas series de bañistas, donde el agua deja de ser un camino para convertirse en un espejo de la luz. Se trata de delicados desnudos femeninos que se adentran en las aguas de los lagos suecos, a menudo acompañados por sus pequeños hijos. Escenas especialmente bellas por su capacitación de la luz que motivaron su comparación con Sorolla.
A estas escenas se sumaron otras que inmortalizan las fiestas y costumbres locales. Tradición y modernidad se entrelazan así en obras como Pastora (1908), un impresionante lienzo en el que el artista retrata a una joven en la espesura del bosque, ataviada con el traje tradicional de Mora. Esta fusión resulta aún más evidente en Baile del solsticio de verano (1897), donde el pintor capta a varias parejas en pleno movimiento alrededor del característico poste de mayo, símbolo central de la festividad.
Zorn destaca especialmente por su gran destreza artística, así como por la captación minuciosa de los detalles, a la cual se dedica la primera parte de la retrospectiva. Un ejemplo es De Luto, un retrato de una joven en pleno duelo realizado en 1880.
Su uso del óleo se presenta con una pincelada suelta y expresiva que, aunque sí fue apreciada en general, llevó a algunos críticos a calificarla como un síntoma de superficialidad. Se ve claramente en lienzos como Ómnibus I o La dama del cigarro, ambos pintados en la década de 1890 y en los que, con un estilo mucho más vanguardista, logra capturar los códigos de la vida urbana parisina a través del que se considerará uno de los máximos emblemas de la modernidad, el de la “nueva mujer”.
Más allá de estos medios, una sala se dedica a acercarnos a su menos conocida faceta como grabador. Encontramos en esta una cuidada selección de sus aguafuertes, que lo denotan como uno de los grandes maestros de la técnica de la época. De la misma forma, a lo largo de la retrospectiva, encontramos algunas esculturas de pequeño formato que nos llevan a conocer el interés de Zorn por el medio escultórico. Fauno y ninfa I, una pequeña escultura de temática clásica fechada en 1895, es una clara demostración de cómo nunca dejó de lado el interés por este medio, el cual practicó también con virtuosismo.
Incluso tras su muerte, Anders Zorn permaneció simbólicamente unido a Suecia. La que fue su esposa, Emma Lamm, tomó el relevo y trabajó activamente para preservar e impulsar su legado. Su esfuerzo culminó en la creación del Zornmuseet en Mora, institución de la que proceden gran parte de las pinturas presentes en la exposición de más de 130 piezas que pueden disfrutarse en Madrid hasta el 17 de mayo.