La trayectoria de José María Sicilia siempre tuvo una mejor acogida en el extranjero que en España. Sus inicios, marcados por el uso del óleo y la cera sobre madera, le valieron el éxito gracias a aquellas explosiones florales —tulipas o formas oníricas— que ya definían su identidad. Hoy, ese universo botánico se traslada al Palacio de Liria a través de cuatro biombos con espejos de dos metros de altura en la muestra Noches y Días.
Con estas piezas, un formato inédito en su carrera, el artista busca disolver la frontera entre el arte y la vida, integrando al espectador en el aura del palacio. Cada biombo, bautizado con el nombre de una flor de floración nocturna, funciona como un umbral que traduce la esencia histórica del edificio al lenguaje contemporáneo
Los espejos se ven por ambas caras y están decorados como si quisiera emular la infinita riqueza de los bibelots u objetos preciosos. En ellos se concentra el proceso creativo tan intenso de Sicilia. Desde vinilos que pertenecieron a sus padres, fotografías antiguas, hojas de libros de siglos pasados, retratos de otros artistas, o naranjas de verdad -del huerto de su amigo Vicente Todolí- o de mentira, a base de resina, hasta flores pintadas y otras bordadas. La técnica y los materiales reunidos en una suerte de collage en los biombos son inabarcables a primera vista, y el resultado solo se percibe cuando se contemplan en directo. Ahí es cuando uno comprende la riqueza del mundo artístico de cada uno.
Ha estado dos meses encerrado en su enorme estudio del barrio de Arganzuela donde nos recibe. Este espacio da cuenta de su destreza con cada técnica, que va de la más artesanal como el bordado que realiza con una enorme máquina de coser japonesa, junto a un infinito arcoíris de bobinas; a la más tecnológica, una impresora 3D de donde salen las naranjas de resina que pega en los espejos o en el mismo suelo como una espontánea naturaleza muerta.
‘La huella está en las paredes del Palacio y yo estoy haciendo entrar en los biombos a los visitantes’, afirma. Las distintas voces de la memoria del palacio, la historia de las familias que atraviesa el devenir de España, se cruzan con el trabajo de este artista poliédrico. Por la riqueza de sus fuentes, por sus hermosas imágenes pictóricas y por su enorme sensibilidad para la pintura, más allá de las modas, su elección para exponer en Liria, resulta más que oportuna.
Muchos se preguntarán qué fue de este artista que abandonó la escena artística española después de un triunfo en los años 80 y 90. Nómada, vive entre Irlanda, Venecia, Roma y Madrid, tras varios años de residencia en París. ¿Dónde está su hogar? “En mi cabeza, en mi mente. No tengo ningún apego por nada, ni por mis obras”, afirma tajante. Independiente y algo solitario, confirma que no ve a nadie de sus contemporáneos, ni amigos como Miquel Barceló o Cristina Iglesias. “El último que veía era Miguel Ángel Campano”, fallecido en 2018. “Al final estás solo; corres solo. Es algo que me dijo el poeta José Ángel Valente”, prosigue.
¿Con qué no podría no vivir? “No hay necesidad de pintar para pintar. Puedes pintar con la cabeza. Muchas veces disfruto imaginándome una obra y, es precisamente cuando la ves claro, cuando pierde interés. Mientras la acaricias, la construyes en tu mente, es apasionante, como una novela de detectives”, explica.
La luz juega un papel relevante en la exposición de los biombos, al igual que en toda la carrera de Sicilia. Recordemos su serie La luz que se apaga que dio importantes exposiciones en el Palacio de Velázquez y en el Museo Es Baluard de Palma de Mallorca. Introduce la luz en los biombos a base de proyectores de colores. El estallido tan característico de sus obras se manifiesta con luces tenues que “resaltan como una última capa de pintura”. Ese ‘maquillaje’ es su prioridad, para que el visitante se vea reflejado tanto en la imagen del espejo como en esa terminación lumínica. Lo mismo desea con las intervenciones sonoras que él mismo ha compuesto para que se escuchen en diferentes salas del palacio. Varias canciones interpretadas por voces femeninas que hablan de un palacio inventado y que apelan a otro de sus hobbies, las zarzuelas contemporáneas que produce.
Familia, política y flores
El Salón de Baile del palacio lo preside un biombo con un selfie de Sicilia. Se retrata vestido con un impermeable forrado con avatares de su familia y con un pincel en la mano izquierda, como un Velázquez contemporáneo. Los avatares de su familia remiten a su pasión por la genealogía porque la familia es un tema recurrente en su obra junto al político y la crítica al poder, y, por supuesto, las flores.
Su intervención termina con una última sala habilitada para exposiciones donde se reúne parte de su último trabajo desde 2022. En este caso, su universo se articula bajo la inspiración de Las mil y una noches, con el fondo de hojas de una edición original del libro de cuentos decorados por el artista en acuarela y seda. El colorido que desprenden los cuadros es deslumbrante, al igual que sus últimas obras con base de latón, seda, óleo y lápiz.
Sicilia se despide contando lo visionario que fue su padre, el cual quería que estudiara Arquitectura para restaurar grandes monumentos. “Y aquí estoy habitando este palacio y creo que ha sido bueno no conocer bien el espacio. Me he guiado pensando en Francesco Borromini, preguntándome qué habría hecho él”, destaca.
Sicilia acabó estudiando Bellas Artes gracias al libro de las cartas de Theo a Van Gogh que le regalaron con 12 años. “A partir de ahí, le dije a mi padre que yo quería ser como Van Gogh”, prosigue. Un impresionista que pinta flores inventadas, un abstracto de coloridas formas y un expresionista que capta lo invisible y transita entre el arte y la realidad. “Yo no evoluciono, me transformo; voy siendo diferente y me encanta. Siempre mudando”, concluye.