Desafiar los límites de la censura no es un hecho aislado, sino un ejercicio repetitivo y necesario para desgastar las normas sociales o estéticas hasta que estas cedan. En el arte, el creador vuelve sobre un mismo límite o tabú para superarlo mediante la reiteración del gesto y otorgarle la libertad que cree que merece. Con ese espíritu de perseverancia y continuidad entendió Dorothy Iannone (Boston, 1933–Berlín, 2022) la vida y el arte, su apasionada y generosa forma de abrazar la creación.
Su amigo Robert Filliou, poeta y artista francés, la describió como “una artista que explora el mundo del amor y los estilos amorosos mezclando imágenes y texto, belleza y verdad”. Una luchadora por la libertad y una creadora enérgica y entregada, cuyo objetivo no era otro que la liberación humana. Radical y pionera, desde que comenzara su carrera en la década de 1960, Iannone otorgó a la expresión del deseo femenino un lugar central en su producción, desafiando en más de una ocasión los límites de la censura. Sus obras hablan abiertamente del amor, el erotismo y la sexualidad. La intimidad y la fuerza de sus trabajos pueden leerse también como un espacio de liberación femenina. Lo personal se convierte en político.
La artista invierte la tradicional concepción de la mujer como objeto de deseo para transformarla en sujeto deseante. Este gesto, en sintonía con los movimientos feministas de la segunda ola, marcó profundamente su obra. La figuración explícita de los genitales se convirtió en una de sus señas de identidad. Los incluyó en prácticamente todas sus figuras, incluso si estaban vestidas. Omitirlos era para ella una forma de censura u ocultamiento de una parte fundamental de la identidad humana, una privación al ser humano de su camino a la trascendencia, de libertad espiritual. Su obra fusiona, de esta manera, lo carnal con lo sagrado, entendiendo el placer como una forma de iluminación espiritual. Así lo muestra la serie temprana People (1966–1968), una suerte de cartografía social de su tiempo a través de retratos de personajes famosos y anónimos indistintamente.
Su obra, caracterizada por el uso vibrante del color y la fusión de texto e imagen, bebe tanto de su vida personal –hay un gran componente autobiográfico– como de influencias visuales que van desde la xilografía japonesa y los mosaicos bizantinos, hasta los frescos egipcios y el cómic estadounidense. Y es que, aunque la artista mantuvo vínculos con los círculos de Fluxus y se relacionó con figuras destacadas de la vanguardia de los años 60 como Robert Filliou, Harald Szeemann o Dieter Roth —su pareja durante siete años—, nunca se encasilló en ningún movimiento artístico.
Dorothy dejó un legado de libros, pinturas, esculturas y cajas de sonido en diálogo con el misticismo oriental —especialmente el budismo— y una relectura personal de la iconografía clásica. Una producción ahora representada en un centenar de piezas articuladas en seis series: La leona y su musa, Gentifilia, De ti para mí, Mitologías, Múltiples y Liberties, que atraviesan temáticas presentes en su universo creativo.
La censura
Precisamente, su actitud abiertamente provocadora la llevó a ser censurada en algunas ocasiones. En 1967, la serie People fue retirada de una exposición en Stuttgart y, un año más tarde, ocurrió lo mismo en Londres. En 1969, durante la Friends Exhibition comisariada por el artista suizo Harald Szeemann en la Kunsthalle de Berna, se le pidió cubrir los genitales de las figuras de Ta(Rot) Pack. Ante su negativa, las obras fueron retiradas, lo que provocó la dimisión de Szeemann como director. Este episodio, que Iannone relató en el libro The Story of Bern (1970), constituye un hito en la historia del comisariado y en la libertad de expresión artística.
El amor y la amistad son temáticas que también exploró la artista a través de sus propias relaciones de pareja –sobre todo, la que mantuvo con Dieter Roth–, familia –su madre, Sarah Pucci– y amistad –Robert y Marianne Filliou, Emmett Williams, Jan Voss, Mary Harding o Ulises Carrión–, como refleja en una de sus últimas series, Giant People (2020). Iannone siempre fue capaz de poner sus sentimientos al servicio de su arte. Por eso su autobiografía, a través de lo doméstico, se convierte en una vía fundamental de exploración, tal y como ejemplifica el libro A Cookbook, un cuaderno de cocina realizado en 1969 en el que, además de recetas, incluye apuntes sobre algunos de sus sentimientos más íntimos.
La artista estudió literatura norteamericana y, en su obra, el texto y la imagen conviven en un diálogo constante. Es el caso de la serie de cartas enviadas a Ulises Carrión, quien organizó en 1977 una exposición con sus cartas-libros en Ámsterdam, o de su extensa correspondencia con Dieter Roth, mantenida desde los inicios de su relación hasta la muerte del artista en 1998. En ella la escritura no solo se expresa en la superficie de sus obras o libros de artista, sino que coexiste junto a sus personajes y características.
La voz constituye otro de los medios de expresión fundamentales en la obra de Iannone. Desde los 70 (Singing Boxes, Dear Dieter, 1973) hasta sus producciones más recientes (1001 Songs for Erik Bock, 2019), su experimentación con la voz y el sonido tiene que ver con el juego y el gusto por la improvisación.