Hay una mujer asomada en el alféizar de su ventana, mirando la calle como quien espera una noticia que nunca llega. Un hombre apoyado en la escalera de su casa sostiene en brazos a su hija. Unos niños juegan. Dos personas con la mirada nublada por el cansancio están sentadas en el metro. Algunos clavan sus ojos en los nuestros, con la certeza absoluta de que todo lo que vemos está a punto de desvanecerse. Otros parecen ignorar que lo que allí hay es una cámara luchando contra el paso implacable del tiempo.
Lo que la Fundación Mapfre ha traído a Madrid es el testimonio de Helen Levitt, quien a finales de los años 30 y principios de los 40 se dedicó a fotografiar personas en Nueva York con una voracidad poética. No esperen un ejercicio de estética académica, sino una crónica de la acera. Lo fotografió todo porque sabía, con una lucidez casi cruel, que nada de aquello duraría. La mayoría de esas personas ya no están hoy entre nosotros. Todas comparten ese destino, que también es el nuestro, de ser ahora solo sombras impresas, un eco de lo que alguna vez fue carne y hueso.
Su cámara aparece ante la gente con una naturalidad pasmosa: a veces la interpelan con la mirada, otras ella es invisible, convirtiendo al espectador en un voyeur que observa escenas que ya no existen. “Si te quedas el tiempo suficiente, la gente se olvida de que estás allí”, decía. Con su habilidad para pasar desapercibida mientras trabajaba, casi conseguía convertirse en una presencia impalpable, haciendo que la vida rutinaria emergiera. Los niños de Levitt no son querubines; son supervivientes, reyes de un imperio de ladrillo. Sus fotos de los barrios desfavorecidos no son una denuncia social barata, son un reconocimiento de que existimos. No había juicio en su lente, solo una curiosidad innata.
En su primera etapa, el blanco y negro no es una elección artística pretenciosa, es la forma más directa de retratar la realidad de aquellos barrios que se encontraban lejos de los focos. Levitt caminaba por estos universos como quien entra en su propia cocina a las tres de la madrugada buscando un vaso de agua. No necesitaba ni encender las luces. Quizás por eso, aquellos desempleados de la Gran Depresión le regalaron su verdad más cruda.
Estas imágenes no son el catálogo manoseado de siempre. Es la primera vez que alguien abre de par en par los cajones del archivo de la fotógrafa, sacando a la luz un material que ha estado guardado bajo llave durante décadas.
Cuando abraza el color, la canción cambia, pero el ritmo es el mismo. En sus fotos de los años 60 y 70 todo explota. Los vestidos de las mujeres, los coches, los carteles de las tiendas… Ya no parece un sueño lejano; parece que puedes oler el humo del metro de camino al trabajo. A menudo comparan a Levitt con William Eggleston, pero mientras él fotografiaba el brillo del plástico y el aburrimiento de la clase media, ella se manchaba los zapatos. Eggleston mostraba instantáneas de McDonald's, cócteles en aviones y adolescentes apoyados en flamantes coches. En la obra de Levitt se aprecian fachadas sucias, niños vestidos con ropa que les queda pequeña, mujeres cansadas que parecen más mayores de lo que realmente son y calles llenas de basura. Sus fotografías funcionan como las dos caras de una misma moneda, dos realidades que conviven en las ciudades sin ni tan siquiera cruzarse.
Levitt recorría las calles con su Leica equipada con un winkelsucher: un pequeño visor de ángulo recto que le permitía disparar lateralmente mientras su cuerpo y su mirada apuntaban hacia otro lado. Así, mientras el mundo creía que la fotógrafa se hallaba distraída o ajustando su equipo, ella estaba capturando, con una impunidad casi mágica, lo que ocurría ahí fuera. Con la cámara pegada al cuerpo como una extensión de su propio silencio, no tomaba fotografías, dejaba que la vida se confiara ante ella.
La exposición también muestra el documental In the Street. Una cinta donde Levitt mandó al diablo los trípodes y los focos, y escondió su cámara de 16mm para filmar el Spanish Harlem sin maquillaje. Grababa sin guion, entregada al azar de los encuentros, capturando lo que ella llamaba la "lírica de lo ordinario”. En una pantalla vemos a esas mismas personas moviéndose, habitando un Nueva York que ya no existe.
No fue su única incursión en el celuloide. Levitt se pasó casi una década editando películas y trabajando en documentales como The Quiet One, demostrando que para ella la cámara era una herramienta de trabajo, no un objeto de culto. De hecho, dejó la fotografía de calle durante años porque el cine le permitía una narrativa que el papel no podía aguantar. Este material es la prueba de que no buscaba la foto perfecta, buscaba el ritmo de la vida.
Helen Levitt fue la cronista del alma humana, alguien que trascendió el espacio y el tiempo para meterse en las entrañas del ser humano, más allá de clases sociales o razas. Ver sus imágenes es como mirar un espejo que nos devuelve nuestra propia fugacidad. Una mirada que nos recuerda que, como esos desconocidos de sus fotos, nosotros también seremos pronto un simple recuerdo, un instante fugaz de amor, desidia u odio atrapado en el flujo incansable de todo esto que llamamos vida.