Un documental denuncia el tráfico de antigüedades en Camboya (y a los millonarios que se aprovecharon)

Por Mario Canal
Cabeza de un Buda. Camboya, Periodo Angkor, hacia 920–50
Regalo de Douglas J. Latchford al MET en 1983, devuelto al Reino de Camboya en 2023

CaixaForum ofrece gratis la película que reconstruye el expolio de piezas en Camboya y cómo un círculo de millonarios, con instituciones como el MET involucradas, se benefició de la pobreza local para vaciar su patrimonio.

Una brutal carnicería de piedra. El expolio de obras de arte en templos Angkor –Camboya– que conocemos gracias al documental Loot, solo puede ser calificada de esa manera: los restos de una batalla en la que no se hicieron prisioneros. Los cuerpos de diosas descabezadas, estatuas sin brazos o extremidades aún adheridas a sus peanas ya sin vida es un acto vil que va más allá del borrado de la historia local. Es un espanto del que no solo es responsable quien dirigió este cruel robo, Douglas Lartchford, sino también museos como el mismísimo MET de Nueva York, restauradores de antigüedades, casas de subastas y millonarios con mansiones de ensueño.

El coleccionismo de antigüedades es un nido de avispas porque trafica con bienes patrimoniales. Una vez son extraídos de sus yacimientos, de su espacio natural y cultural, se convierten en obras de arte decorativas que pueden ser vendidas al mejor postor y expuestas en museos que descontextualizan su naturaleza a menudo sagrada, si hay suerte. La mayoría de las veces esas antigüedades decoran las residencias privadas –o almacenes francos– de coleccionistas que se hacen con ellas de forma legal, en subastas, pero también por medios ilegales. A menudo, el circuito del coleccionismo pasa por los mismos caminos que el tráfico de personas e incluso alimenta los fondos del terrorismo internacional, aunque acabe en los alfombrados salones de la élites económicas.

Cartel del documental LOOT: A Story of Crime and Redemption
© New Theory Pictures
Bodhisattva Avalokiteshvara, escultura de Koh Ker

Un aficionado al culturismo que se codeó con las grandes fortunas

Koh Ker, conocido también como Lingapura, fue una capital efímera del imperio jemer en el siglo X, levantada en plena selva del norte de Camboya y articulada en torno a un conjunto de templos, estanques y calzadas, con una pirámide escalonada como hito físico y político. Mediante el documental Loot: una historia de crimen y redención (2025), que puede verse en Caixforum+ de forma gratuita y fue estrenado antes en el Festival D’Art, sabemos que su aislamiento la mantuvo relativamente intacta durante décadas, lo que convirtió el lugar en una especie de reserva de escultura “in situ” hasta que la guerra y el mercado hicieron el resto. En septiembre de 2023, Koh Ker entró en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, un reconocimiento que llegaba después de que gran parte de su estatuaria ya estuviera repartida por medio mundo.

Douglas Latchford entendió que ese tipo de lugares eran un catálogo de obras a cielo abierto. Nacido en Bombay en 1931, se instaló joven en Bangkok, levantó negocios de distribución y acumuló relaciones en un ecosistema de élites locales. Fue también un aficionado al culturismo, abrió un gimnasio y entrenó campeones de Tailandia y Camboya, una vía de entrada a redes de poder, disciplina y espectáculo –también deseo homoerótico– que se cruzaban con sus cenas de sociedad. Su estilo de vida le permitió presentarse durante años como “explorador”, “connoisseur” y autor de libros sobre arte jemer mientras movía otras muchas piezas en el mercado negro.

Hay imágenes de Latchford en Phnom Penh con altos cargos del Estado, y consta que recibió honores por donaciones al Museo Nacional de Camboya, un tipo de filantropía que pulía su perfil público. Robaba 10 y regalaba 1. Fiscales estadounidenses sostuvieron que construyó su carrera como proveedor de grandes casas de subastas, marchantes y museos con antigüedades jemeres desde los años setenta en un flujo que se intensificó justo cuando Camboya entraba en su peor momento.

Imagen de Douglas Latchford  en Camboya
© LOOT Films / New Theory Pictures
Imagen de Douglas Latchford en Camboya © LOOT Films / New Theory Pictures

Los Jemeres Rojos (Khmer Rouge) fueron el nombre con el que se conoció al movimiento comunista camboyano organizado en torno al Partido Comunista de Kampuchea, dirigido por Pol Pot, que llegó al poder tras la guerra civil y gobernó el país entre el 17 de abril de 1975 y el 7 de enero de 1979. Aplicaron un programa de violencia solo comparable al holocausto judío en Alemania. Torturas, asesinatos, ejecuciones masivas para amedrentar a la población. Ni siquiera los menores estaban a salvo del sadismo contagioso que dejó un trauma profundo en el país.

El procedimiento de robo de obras de arte en este contexto y el posterior, plagado de pobreza, se hacía colocando alrededor del cuello trapos impregnados en queroseno que después de quemarse facilitaban la separación de las esculturas. Con el país atravesado por minas personales y hambre, grupos armados y redes locales presionaban o reclutaban a aldeanos para entrar en santuarios, desmontar esculturas y moverlas por la selva. En el documental se mencionan salarios de cien dólares a una cuadrilla por una semana de trabajo infernal, mientras algunas piezas podían superar los 30 millones en Nueva York o Londres.

Los museos y colecciones implicados

Una vez sacaban las obras del país, llegaba la reescritura de procedencias, historias de colección, papeles de exportación. Ahí entran el MET y el Denver Art Museum. Ambos museos acogieron piezas de Kok Ker sin realmente preguntar de dónde provenían. Una vez las obras se muestran en un museo, su pasado sangriento se evapora porque quedan legitimadas a nivel institucional. Una vez instaladas en una vitrina, ya nadie sospecha de ellas.

En 2019, la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York acusó a Latchford de fraude y contrabando. Sin embargo, la causa se archivó tras su muerte en 2020, lo que dejó muchas piezas fuera de juicio. Su hija sí devolvió decenas de piezas, incluyendo un gran número de joyas del imperio Angkor que llevó a un intercambio con un representante de la ONG que investigaba el caso en cajas de cartón guardadas en el interior del maletero. Pero quedaban muchas piezas de Kok Ker por salir a la luz.

Una de las esculturas de Kok Ker a la que robaron la cabeza
© LOOT Films / New Theory Pictures
Una de las esculturas de Kok Ker a la que robaron la cabeza © LOOT Films / New Theory Pictures

En 2021, las fotografías de una revista de decoración internacional llamaron la atención de investigadores que seguían el hilo de las piezas robadas por Latchford. La mansión de los Lindemann, de 42 millones de dólares en San Francisco, era realmente espectacular. Casi un palacio cuyo estilo podía recordar la arquitectura tropical del sudeste asiático y en la que se sucedían grandes salas decoradas con obras de arte moderno –entre ellos, un maravilloso Fernand Léger de grandes dimensiones– y decenas de estatuas y esculturas asiáticas. La revista AD la denominó “la casa más bella de EEUU”.

Sin embargo, en un rincón de la mansión, en el patio con plantas tropicales espectaculares, había dos peanas que no mostraban ninguna obra, algo que hizo sospechar a los investigadores. Así que fueron a la web del arquitecto que firmó la obra, el icónico Peter Marino: uno de los interioristas más estrafalarios en lo personal –se viste como un personaje leather de Tom de Finlandia–, demandados profesionales responsable de grandes mansiones y tiendas de lujo. En su web sí que aparecían obras de arte en esas peanas que fueron borradas de la revista. Y provenían del templo de Kok Ker. Los Lindemann se vieron obligados a devolverlas.

Los museos que se vieron involucrados en el robo de estas obras, aunque durante un tiempo marearon la perdiz sin colaborar con las investigaciones –incluso redirigían a quienes preguntaban por la procedencia de las piezas jemeres a su página web, en lugar de aportar los documentos legales– acabaron colaborando. El Museo de Denver anunció en 2021 la devolución de cuatro obras a Camboya y reconoció que tres habían llegado como regalos y una como compra a Latchford. El texto del museo, con su lista de piezas y “provenances” conocidas, se convirtió casi en una ficha policial publicada a posteriori.

El MET de Nueva York, por su parte, formalizó en diciembre de 2023 un acuerdo para devolver 13 antigüedades jemeres a su país de origen. La nota menciona explícitamente piezas procedentes de Koh Ker y situaba la investigación en una colaboración sostenida entre la fiscalía y Homeland Security Investigations, con apoyo del Ministerio de Cultura y Bellas Artes camboyano. En paralelo, el periodismo de investigación vinculó su colección a trusts opacos en Jersey, bautizados con nombres de dioses hindúes, una capa financiera diseñada para dificultar la trazabilidad de objetos y dinero.

Skanda en un pavo real, Camboya, Periodo Angkor, primera mitad del siglo X © The Offices of the United States Attorneys
Bodhisattva Avalokiteshvara. Koh Ker, Camboya Regalo de Douglas J. Latchford al MET, devuelto al Reino de Camboya en 2023
Prajnaparamita. Koh Ker, Camboya © Matthew Hollow / Gobierno de Camboya
Shiva y Skanda. Koh Ker, Camboya, Periodo Angkor, siglo X © Matthew Hollow / Gobierno de Camboya
Vishnu. Koh Ker, Camboya, segunda mitad del siglo VII Regalo de Douglas J. Latchford al MET, devuelto al Reino de Camboya en 2023
Lakshimi. Camboya, Jmer, Período de Angkor Wat, Siglo XII © Christie’s

El expolio que no cesa

El caso de Koh Ker pudo ser cerrado, pero el patrón no termina. Aún hoy en día, Afganistán ofrece un ejemplo brutal –por acumulación– de expolio artístico debido a las décadas de guerra, debilitamiento institucional y vaciado de yacimientos como Ai Khanoum, donde les llegaron a contar miles de hoyos de saqueo en una sola área. La destrucción de los Budas de Bamiyán por los talibanes en 2001 pertenece a otro registro, ya que fueron aniquilados por razones religiosas e iconoclastas, pero evidencia que el patrimonio es también objetivo político. Y su tráfico, una economía paralela con el que financiar el terrorismo del Estado Islámico –ISIS–. Siria es otro punto caliente del tráfico internacional de antigüedades, ya que contiene numerosos ejemplos romanos al haber sido provincia del Imperio.

La integración en el negocio internacional de antigüedades funciona gracias a intermediarios, pequeñas galerías, “expertos” que borran huellas y envíos que entran como “muestras” o “decoración” para ganar tiempo. Las monedas antiguas son los objetos que más fácil viajan, lo hacen por sobre casi ordinario y desde Turquía o Líbano. Su valor es claro y seguro, a diferencia de objetos, esculturas o mosaicos, que dependen de una validación de mercado. En todos los casos, la responsabilidad principal del tráfico recae en quien compra e incluso encarga el robo de estos bienes.

En el caso de Siria hay investigaciones y decomisos con propietarios privados identificables. Un ejemplo es el mosaico romano de Hércules incautado en California, importado con documentación falsa y vinculado por las autoridades. El propietario, Mohamad Yassin Alcharihi, fue declarado culpable y el mosaico quedó sujeto a decomiso. En Europa también aparecen colecciones privadas en otros expedientes que pueden ser visitados en la web de interpol: los Carabinieri incautaron en 2011 un relieve atribuido a Palmira en el domicilio de un coleccionista en Asti; y en Suiza se detectaron piezas atribuidas a Palmira almacenadas por particulares en el puerto franco de Ginebra, con confiscación y restitución posterior.

Excavaciones en un templo en la ciudad helénica de Ai-Khanoum, Takhar, Afganistán
© Museo Guimet
Excavaciones en un templo en la ciudad helénica de Ai-Khanoum, Takhar, Afganistán
© MNAAG, París, Dist. RMN-Grand Palais / Museo Guimet

Los casos en Oriente Medio han sido narrados en films y documentales, pero gracias a Loot aprendemos detalles sobre el comercio en el sudeste asiático y se abren también debates interesantes sobre la repatriación y devolución de obras de arte sagradas desde museos occidentales a sus países de origen. En el caso de Camboya, las esculturas y joyas pueden ser de nuevo disfrutadas por su pueblo en el museo nacional. “La razón por la que nuestro pueblo ha sufrido tanta violencia y desplazamiento es porque nuestros dioses fueron desmembrados y destruidos”, asegura de forma poética la secretaria de estado para asuntos culturales del país, Pen Mani Takara en Loot.

Hay, sin embargo, un problema que queda pendiente. El del abandono de los yacimientos sagrados como el de Kok Ker, que sigue olvidado y también desposeído de sus joyas escultóricas, de sus dioses y diosas, aislados ahora en salas asépticas y vitrinas cerradas a su naturaleza sagrada, convertidos en simples obra de arte. Estas piezas sublimes, creadas con intenciones espirituales y mágicas, por desgracia, nunca volverán a su verdadero lugar de origen mientras no regresen a los peanas, muros, altares y patios para los que fueron creados.