Cuando Cristóbal Hara (Madrid, 1946) contempla sus fotografías iniciáticas en blanco y negro, un remolino de emociones le recorre por dentro. “Siento mucha nostalgia por el joven que fui, lleno de curiosidad y ganas de experimentar, deslumbrado por las posibilidades que se me abrían con la fotografía”, dice. Es lo que tienen los comienzos, siempre atrevidos e inexpertos. “Añoro esa ilusión del principiante y la aventura que supone descubrir nuevas formas de conseguir imágenes”, afina.
La muestra Cristóbal Hara: principiante explora los inicios de la carrera artística del fotógrafo y Premio Nacional de Fotografía 2022. Hara, que estudiaba Administración de Empresas en Alemania, conoció con 22 años el trabajo de Henri Cartier-Bresson en España y decidió dedicarse a la fotografía en vez de a ser empresario. Se había trasladado al extranjero porque no quería hacer el servicio militar obligatorio bajo la dictadura franquista, así que regularizó su situación y volvió. La ciudad de Cuenca sería, a partir de entonces, uno de los lugares de su vida y el escenario principal de sus primeras fotografías.
“Mi tío, el pintor Fernando Zóbel, creó el Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca y me escribió diciéndome que se mudaba a un piso mayor en el cual podía tener también su estudio. Me dijo que me vendía su pequeño piso a precio de coste, a pagar cuando yo pudiera, y que me lo guardaba hasta que yo pudiera volver a España. Conociendo a mi tío Fernando le dije que sí. Esa fue mi primera casa propia y estaba en Cuenca”, detalla.
Cámara en mano, los comienzos de Hara fueron una etapa de asombro, aventura y experimentación en la que aprendió a fotografiar. Lo hizo, en gran medida, recorriendo las calles de Cuenca. “Entonces no había escuelas de fotografía, así que aprendí sacando fotografías en la calle. La temática era la que encontraba en las calles de Cuenca y, ocasionalmente, en pueblos de alrededor”. En esa fase iniciática también captó imágenes mientras realizaba el servicio militar y en sus viajes por la antigua Yugoslavia y España.
Ahora, una selección de esas instantáneas se puede ver en el Museu Fundación Juan March Palma hasta el 2 de mayo. Posteriormente, la exposición viajará hasta el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, donde permanecerá del 21 de mayo al 11 de octubre. Cristóbal Hara: principiante se estructura en tres series, después de una apertura que corresponde a dos imágenes tomadas en Yugoslavia.
La personalidad de España
Soldado en España reúne fotografías que corresponden al servicio militar de Hara en Colmenar Viejo en 1970. Las tomó a escondidas con su pequeña Leica IIIf. Solo una de ellas pertenece a Cuenca, 1971.
“Son de mi propio servicio militar. Hice los meses de instrucción en Colmenar Viejo, al norte de Madrid (donde están tomadas todas las fotos menos una), y después logré que me destinaran a Cuenca. Lo que deseaba mostrar era lo que yo estaba viviendo en el contexto de la España de entonces, que era muy llamativa para alguien que, como yo, se había criado en un entorno más cosmopolita y anglosajón [su infancia itineró entre Filipinas, Alemania, Estados Unidos y España]. En esa época, España estaba todavía muy atrasada, pero tenía una tremenda personalidad”.
La segunda serie lleva por título Niños de Cuenca y recopila retratos infantiles de finales de los años 60 y principios de los 70. “En Cuenca todo el mundo se conocía, sobre todo, en la parte alta, que era como un pueblo. Llamaba mucho la atención ver a un joven forastero sacando fotos todo el día. Muy pronto los niños me siguieron, pidiendo que les sacara una foto. Por eso tengo tantas fotos de niños”.
El conjunto Fotografías españolas completa la exposición con otras tantas imágenes que recorren diferentes lugares (Cuenca, Mora de Toledo, Utrera, El Rocío o Zamora) y atrapan momentos de la España de 1969 a 1982. Son estampas callejeras que abordan la vida cotidiana, la religión o los toros. “El nexo en común es el lenguaje tradicional de la fotografía documental de la época. Una vez que creía saber utilizar ese lenguaje, intenté salirme de lo convencional y crear imágenes con una personalidad propia, pero no lo logré hasta que, mucho más tarde, en 1985, comencé a trabajar en color”. En él lleva instalado desde entonces.
El color es serio
“Ya no hace falta utilizar el blanco y negro para hablar de cosas serias; hemos aprendido a hacerlo en color, con la misma profundidad y con muchos más recursos formales y expresivos. La fotografía ha evolucionado mucho y el lenguaje fotográfico de entonces ha quedado anticuado”, matiza.
La mirada de Cristóbal Hara, exhibida y publicada internacionalmente, huye de la objetividad documental y busca imágenes imperfectas y viscerales que capturan la cultura popular con un propósito puramente artístico, desde una perspectiva profundamente personal influida por la pintura y el museo. Es así como transforma la cotidianeidad en un universo visual muy propio, colorista y emocional que desafía las convenciones técnicas.
A punto de cumplir 80 años, el fotógrafo confiesa que tiene muchas imágenes aún sin publicar. Su deseo es poder hacerlo antes de morirse. El Premio Nacional de Fotografía que recibió en 2022 tenía aparejada una exposición antológica con su correspondiente publicación que nunca llegó. “Llevamos décadas de retraso en relación con otros países. El Ministerio de Cultura va para atrás y ya no se hacen automáticamente esas exposiciones y publicaciones. Me tengo que buscar la forma de ir publicando todo lo que tengo pendiente”. Un legado extenso del que muchos fotógrafos actuales se reivindican herederos y que Hara sigue renovando incansablemente.
El libro Cristóbal Hara: principiante aglutina un total de 60 fotos: las de la muestra homónima y las de 15 cuentos instantáneos, una segunda exposición que exhibe 15 fotografías y sus respectivos cuentos en el Museu Fundación Juan March Palma hasta el próximo 2 de mayo, después de haber pasado por Cuenca. El proyecto se basa en un portfolio del fotógrafo publicado en 1971 y consiste en quince fotografías de escolares conquenses acompañadas por otros tantos cuentos escritos por esos mismos niños. Son relatos que no describen las imágenes, sino que proponen historias inspiradas por la fotografía que cada alumno eligió.