La oscuridad engulle la Sala A de La Casa Encendida. Solo es interrumpida por el traqueteo de una tanda de proyectores que deslizan fotografías de cuerpos femeninos blindados y atrapados en el tiempo, y por una película que comienza con la recreación de la crónica de una muerte anunciada: el psiquiatra Gatian de Clérambault, a punto de quedarse ciego, se quitó la vida disparándose frente a un espejo rodeado por figuras de cera cubiertas de telas extrañas.
Clérambault, además de un psiquiatra brillante, fue un fotógrafo obsesivo, un fetichista, misógino, conservador y parte del ejército francés en Marruecos durante el protectorado. A traves de The Fold, la artista visual Hoda Afshar, cuya práctica analiza la interacción de las imágenes con los discursos de poder y la relación entre la política y la estética, revisita el archivo de imágenes que Clérambault tomó en Marruecos y sitúa el interrogante en el legado de la fotografía orientalista, el poder de la mirada y el control sobre el cuerpo.
La ingente cantidad de imágenes en blanco y negro que tomó el psiquiatra en la década de 1910 siguen una única temática: las mujeres islámicas —y unos pocos hombres— con velo. Los cuerpos son despojados de identidad y humanidad: lo único que prevalece es la fijación obsesiva por el jaique —vestimenta tradicional magrebí que cubre de la cabeza a los tobillos—, los tejidos, los pliegues y los drapeados que parecen prolongarse hasta el infinito.
La película continúa con la intervención de varios narradores que hablan con su propio reflejo en una sala repleta de espejos: Afshar y otros investigadores de diferentes disciplinas destripan los archivos de Clérambault y formulan propuestas e hipótesis que en algunos casos resultan contradictorias.
La artista insiste en dos interrogantes que arroja al espectador: el contexto y la mirada. Afshar cuestiona las condiciones bajo las que fueron tomadas las fotografías: la cámara se convierte en una herramienta colonial, empuñada por un hombre blanco que penetra en los espacios íntimos femeninos para documentarlos y convertirlos en patrones científicos, para convertir los cuerpos velados en discursos, proyecciones y fantasías occidentales.
¿Cuál es la identidad de las mujeres fotografiadas? ¿Querían acaso ser vistas, dieron su consentimiento, fueron coaccionadas? ¿El espectador tiene realmente permiso para observarlas? Estas ideas se materializan en el pequeño libro que descansa sobre un atril en mitad de la instalación y que entre sus páginas recoge la investigación de Afshar.
Con estas palabras resonando en la negrura, ejercer la mirada sobre la secuencia de fotografías que se enfrentan a la película en el otro extremo de la sala resulta intrusivo e incluso violento. El espíritu obsesivo y analítico de Clérambault flota en el ambiente.
Las imágenes muestran a mujeres envueltas en estos jaiques tradicionales, o se centran tan solo en los pliegues, y estos se repiten una y otra vez. Transmiten desasosiego, una intencionalidad oculta, un silencio ensordecedor, una dinámica de poder, una conquista. Una cultura ajena convertida en un objeto artístico, el cuerpo como posesión y objeto. El análisis psicológico y visual de Afshar busca provocar y remover la conciencia; no persigue respuestas ni conclusiones, tan solo otra perspectiva que pesa como una losa.
Su obra revisa el pasado, pero, desgraciadamente, resuena demasiado bien con el presente y conecta con el contexto actual de países como Irán o Afganistán y con otras problemáticas en todo el mundo. La artista Barbara Kruger, a través de una obra sin título, afirmó en 1989 que “el cuerpo femenino es un campo de batalla”. Existe un hilo conductor entre 1910, 1989 y 2026: el cuerpo continúa siendo un terreno político, y, en ocasiones, ni siquiera pertenece a una misma.
El cuerpo de las mujeres sigue siendo un “espacio” que se cuestiona, sobre el que legislar, sobre el que opinar e imponer una mirada ajena. En un presente donde taparse o mostrarse en espacios públicos de determinados lugares puede provocar un enfrentamiento directo con el poder, y puede incluso costar la vida, la iniciativa de Hoda Afshar se hace imprescindible.