La Capilla Sixtina y la entropía del megáfono

Por Alberto G. Luna. Roma

He estado en la Capilla Sixtina y he presenciado un combate extraordinario. Una pelea entre una voz sin cuerpo y una horda de turistas incansables

Hace años, la Capilla Sixtina era un lugar de una quietud densa, casi pegajosa, donde el peso de los siglos te obligaba automáticamente a hablar en voz baja. Mirabas hacia arriba, abrías la boca con la expresión de quien ve entrar un calamar gigante en el salón de su casa, el cuello te empezaba a doler y sentías que estabas participando en un milagro. A día de hoy, sin embargo, lo primero que te golpea nada más llegar es un rugido sordo, como el de un bar un viernes a las dos de la madrugada; y un estruendo que sale escupido de un megáfono metálico.

Lo que ocurre actualmente en la sala más buscada del Vaticano es un ciclo obsceno. Uno entra esperando ver el cerebro de Dios y lo que se encuentra es un círculo vicioso de desobediencia y ruido. Cada rato, un cargamento de humanos cruza la puerta, una voz sin cuerpo chilla pidiendo silencio en dos idiomas, pide también que no se saquen fotos, la masa se calla por puro susto y vuelta a lo mismo. El aviso dura tres segundos. El silencio, cinco. Es una pelea perdida. Un ejercicio de futilidad absurdo.

Este fenómeno, que desde el punto de vista de la dinámica de grupos le resultaría fascinante a un sociólogo con gafas de pasta, en realidad dice mucho del turismo de masas. El sonido del megáfono resulta agresivo y humillante para el turista, pero a este le da absolutamente lo mismo. Tampoco sucede únicamente en este sitio. A pocos kilómetros, en la Fontana di Trevi, en lugar de altavoces tienen silbatos, y se pasan el día gritando a los turistas que no se sienten en el mármol. Otro mantra inútil, pienso. Cada poco, una señora de Wisconsin o de Osaka posa su culo sobre la piedra histórica mientras tú estás ahí, con las manos en los bolsillos, sintiéndote extrañamente culpable. Pensando que, probablemente, en la era de las redes sociales todos seamos cómplices.

La teoría del algoritmo (o el arte en tiempos de TikTok)

Existe una vieja teoría de la "Burbuja Turística" que explica todo este embrollo, pero yo sospecho que la culpa la tiene el algoritmo. Hoy en día, si no puedes demostrar que estuviste en la casa de Julieta en Verona —una mentira literaria que tiene el mismo grado de realidad biológica que Bugs Bunny—, tu viaje no computa. Tu estatus como viajero se evapora. Porque si no vas donde todos van, parece que no te has ido. Quiero decir, tienes que ir porque de lo contrario, al volver te preguntarán qué tal la Capilla Sixtina y si es verdad que el Juicio Final te hizo sentir como una insignificante hormiga. Y no puedes responder la verdad. No puedes decir que pasaste por la puerta pero que viste una fila de personas que se extendía hasta el Adriático y decidiste que tu salud mental dependía de no ser empujado por un grupo de japoneses jubilados. Porque cuando confiesas que preferiste irte a otro sitio más tranquilo antes de ser arrastrado por una marea de fanáticos armados con palos de selfies y smartphones, la gente te mira con una mezcla de lástima y sospecha. Como si fueras un estafador. Como si hubieras comprado un ticket dorado y lo hubieras usado para calzar una mesa.

La gran paradoja es que a la misma hora que la Capilla Sixtina está hasta arriba, en el Palazzo Barberini puedes escuchar caer un alfiler frente a un Caravaggio. Judit y Holofernes están allí, en una soledad gloriosa porque el algoritmo de TikTok no los ha procesado. Sencillamente, no existen. Es como si Roma se hubiera dividido en dos dimensiones: la Roma de la foto y la Roma de la realidad, y ninguna de ellas se está hablando. Lo mismo pasa en Venecia. Mientras el Puente de Rialto se hunde bajo el peso de la carne humana, la iglesia de la Madonna dell’Orto está más vacía que el metro un domingo de madrugada.

 Judit y Holofernes, Caravaggio, 1599
© Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma
Judit y Holofernes, Caravaggio, 1599 © Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma

Miro a esos tipos de la Fontana di Trevi con sus uniformes y sus silbatos de plástico. Miro también a esas voces sin cuerpo que salvaguardan la obra de Miguel Ángel. Creen que están protegiendo la historia pero yo creo que son los últimos soldados de una frontera que ya se ha cruzado. Al turismo no le gusta el silencio. El silencio te obliga a la introspección, y la introspección no es graciosa, te obliga a preguntarte cosas. Por eso hace tiempo que el silencio hizo las maletas y se fue a otros lugares. A las salas vacías e iglesias polvorientas. Allí donde las redes sociales todavía no han llegado.