Abramović aterriza en el Gran Teatre del Liceu con su obra más visceral hasta la fecha. Entre danzas de cuchillos, erotismo y lamentos serbios, la artista explora sus raíces
Vaginas alzadas al cielo y a la tierra para ahuyentar a los dioses de la tormenta, pechos desnudos que se masajean para despertar la tierra, cuerpos desplegados en un ritual febril, frotándose en el suelo en una invocación desesperada a la fertilidad: así se estrenó en el Gran Teatre del Liceu la versión escénica de Balkan Erotic Epic, la performance más ambiciosa de Marina Abramović (Belgrado, Yugoslavia, 1946). Lo erótico se presenta aquí como fuerza primordial, por encima de la moral.
Abramović alimentó esas expectativas incluso antes del estreno: “Esta obra combina una performance de larga duración con danza y objetos en escena, animación, proyecciones de vídeo y música electrónica”.
Antes de que se levantara el telón, una banda de músicos recorría los pasillos del teatro guiada por Danica Abramović (Maria Stamenković Herranz), la madre de la artista. Invitaban al público, aún acomodándose, a seguirlos. La figura materna, central en la obra, aparecía así desde el primer momento.
Abramović explicó que su relación con su madre había sido extremadamente difícil. Heroína nacional con dos condecoraciones, estricta, con un control casi militar de la casa, nunca mostró afecto ni cedió ante la emoción. Incluirla en la obra tiene un efecto reparador: “Cada vez que incluyo a mi madre en una pieza, me siento mejor. Esta ha sido muy terapéutica”. A través de su papel en escena, la lleva a lugares en los que nunca estuvo: “Se abandona a la pasión, al sexo, a los sentimientos; todo lo que no pudo vivir en su vida, yo lo pongo aquí”.
La artista asegura que solo ahora se siente preparada para realizar un trabajo así. Acostumbrada a cruzar límites físicos y espirituales, a escarbar cada vez más atrás y más profundo, esta investigación parece avanzar hacia el principio mismo: el nacimiento, el origen.
Cuando le preguntamos si en esta ocasión el límite a atravesar tenía que ver con la madre, la tierra y las raíces, respondió sin rodeos: “Es ir al lugar más doloroso de mi vida. Mi infancia, mi historia, mi país. No se puede hacer una investigación más dolorosa que esta”.
El riesgo era evidente. La idea podía haber naufragado fácilmente, pero el resultado fue una ovación de más de seis minutos, con el teatro entero en pie.
Ritual, cuerpo y territorio
Balkan Erotic Epic es un regreso a los orígenes y, al mismo tiempo, una proyección hacia el futuro: un espacio en el que lo erótico se convierte en fuente de conocimiento, sanación y poder. Abramović vuelve a los mitos y tensiones de su tierra natal, donde erotismo, dolor y creencias se entrelazan.
En la escena Masajeando los pechos, intérpretes mujeres y hombres lloran en un cementerio a sus seres queridos perdidos por la guerra, la enfermedad, el trabajo o la vejez. Se masajean los pechos y bailan con esqueletos que exhiben una lengua roja, exagerada, que chupan y besan: como si fuera la representación de la lengua materna, el idioma que sigue uniendo a una comunidad aún en distintos planos de la existencia.
El espectáculo comienza con el funeral de Josip Broz Tito, líder de la Yugoslavia comunista. Una proyección ocupa toda la pared del escenario: las plañideras se golpean el pecho rítmicamente. En el centro del escenario una imponente cantante (Svetlana Spajić) envuelta en una monumental túnica de tafetán negro y con un altísimo tocado de fieltro, entonaba un desgarrador lamento serbio.
En la siguiente escena, una danza de cuchillos muestra a mujeres que asumen el papel de cabeza de familia, bajo un voto de castidad, tras la muerte de los hombres. Le sigue la representación de un campo en el que varios intérpretes varones, boca abajo, realizan un acto sexual contra el suelo. La escena se inspira en rituales ancestrales para propiciar la fertilidad cuando las cosechas eran malas.
Aquí, la tierra no es un fondo escénico, sino un agente activo que responde a los cuerpos. La fertilidad de la tierra se une a la fertilidad humana a través de los genitales. Se les da un rol poderoso a los cuerpos desnudos: la desnudez es ritual, no provocación. Un grupo de mujeres, vestidas con trajes tradicionales balcánicos, se levantan las faldas y muestran repetidamente sus vulvas, para asustar a los dioses y detener la lluvia: el cuerpo femenino es temible porque es salvaje y poderoso. Las esculturas fálicas recuerdan estatuas de deidades paganas. No hay suciedad ni vergüenza: el cuerpo aparece como espacio de poder, misterio y transformación. Es una vuelta a casa.
Abramović crea un ritual colectivo gracias al trabajo de un equipo joven, ambicioso y totalmente entregado. Después de décadas de performances casi individuales, nos muestra que el camino pasa ahora por lo colectivo, por el “more and more, of less and less” (más y más, de menos y menos), lema que repite constantemente.
Entre ópera y performance
La performance, concebida originalmente para un hangar en Manchester con 13 escenarios distintos (cada uno con su propio tiempo y ritmo), se concentra ahora en un único espacio y una duración cerrada. El Liceu se transforma en un ente híbrido, a medio camino entre sala de performance y casa de ópera; y la adaptación resulta sorprendentemente eficaz.
La directora asociada, Giorgine Balk, explica que el espectáculo tenía algo terapéutico para cada espectador: “Abre algo en cada persona. Cualquier cosa que esté escondida dentro de ti”. Y parecía que así fue. Tal era la intensidad que la energía parecía trascenderla, llegando hasta las butacas.
Hubo momentos de osadía: un aplauso solitario que alguien del público no pudo contener, personas agitándose en las butacas como queriendo participar, un grito inesperado desde los palcos superiores cuando la animadora Elke Luyten (interpretando a una científica flamenca) invitaba a la audiencia a intervenir. Contaba que investigaba la fertilidad y la magia de los rituales de los Balcanes, y por un instante el público parecía olvidar que estaba en un teatro del siglo XIX: la sala se transformaba en un show de magia, con espectadores convertidos en voluntarios en escena.
Poco después, el Liceu volvía a hacerse presente en toda su solemnidad, y el público recuperaba la compostura. Pero algo quedaba suspendido en el aire: un impulso, un deseo de creación difícil de sofocar. Es la misma fuerza que Abramović define como energía sexual: “Toda la energía que tenemos en nuestro cuerpo es energía sexual. Podemos usarla para la creatividad, para lo espiritual, o se convierte en agresión, guerra, ira”.
Con estos elementos comunales, sensuales y rituales, Abramović mantuvo al público en tensión durante tres horas (una menos de las cuatro anunciadas). Sentada en platea, observó el espectáculo con la mirada fija hasta que le llegó el turno de salir a escena, transformándose de testigo en protagonista.
La Danza de los Ancestros
El cierre llega con la Danza de los Ancestros. Tres figuras impresionantes, como tótems en ligero movimiento, elevadas sobre zancos representan a los antepasados. En un escenario nevado, bajo la presencia constante de la figura materna, Marina Abramović y Blenard Azizaj (coreógrafo de la obra y también bailarín, albanés) se besan.
“Un final muy nostálgico, creado desde la memoria. Como sabemos hacerlo en los Balcanes”, explica la artista. “Somos muy infelices cuando estamos en nuestro país y muy infelices cuando estamos fuera. Nunca hay paz en el alma”.
En el Liceu, Abramović se muestra más colectiva y ritual, manteniendo su exploración constante de los límites. Balkan Erotic Epic escapa a lo fácil y a lo complaciente, y tampoco se reduce al escándalo. Como todo arte efímero, se percibe más que se racionaliza: una experiencia sensorial intensa que transmite valores y enfoques que hoy parecen colgar de un hilo.
Esta versión teatral que ha arrancado en Barcelona, tendrá un recorrido internacional de dos años que la llevará a Berlín, Nueva York, París y Hong Kong, entre otras ciudades.