Cuando los historiadores Patricia Manzano y Mario Zamora consultaron el expediente matrimonial de Juan Bautista Martínez del Mazo y Francisca Velázquez, no imaginaron que encontrarían 60 folios llenos de pleitos, denuncias, excomuniones y hasta un enlace consumado en secreto antes de pasar por el altar.
Iba a ser una visita rutinaria al Archivo Histórico Diocesano de Madrid. Por fin habían conseguido tener acceso al acta de boda inédita de Martínez del Mazo y esperaban aclarar ciertas dudas sobre su fecha y ciudad de nacimiento. Pero encontraron una de esas historias dignas de Lope de Vega, demostrando que, en la Historia del Arte, las investigaciones –aunque arduas, silenciosas y mal pagadas–, siguen escondiendo jugosas sorpresas.
Si no que se lo digan a Velázquez, el eminente pintor de corte de Felipe IV e insigne autor de Las Meninas que ha pasado de la noche a la mañana de suegro perfecto a gran maquinador. Un inocente documento en el que debería haber figurado simplemente como progenitor de la novia, le implica en una trama de engaños, presiones y mentiras que nos han desvelado su lado más oscuro. Sabíamos que durante toda su vida luchó por ascender en la escala social hasta situarse bien cerca del rey, empezando por su casamiento con la hija de uno de los artistas más poderosos del momento: Francisco Pacheco; pero desconocíamos los tejemanejes que llevó a cabo en 1633 para evitar que su futuro yerno –otro pintor con ínfulas de grandeza–, hiciese lo mismo.
Ese es un detalle que acabamos de conocer gracias a Patricia Manzano, autora de la tesis sobre Mazo, además de conservadora del Meadows Museum de Dallas, y Mario Zamora, de la Universidad Autónoma de Madrid, cuya investigación presentan en el número 390 de Archivo Español de Arte (pendiente de publicar, aunque ya se puede leer el artículo en su versión online).
Su idea inicial era acceder al documento para despejar ciertos interrogantes sobre este artista, del que se desconoce prácticamente todo hasta precisamente el día de su boda. Patricia llevaba meses persiguiendo a los responsables del archivo madrileño para consultar el dichoso expediente matrimonial y, cuando por fin lo consiguió, se encontraba a miles de kilómetros. “Escribí a Mario para que me hiciese el favor de acercarse a transcribirlo. Entonces no teníamos ninguna pista de cómo era la documentación, que ha resultado oro puro”.
Su compañero en ese momento estaba terminando la tesis sobre Carducho, pero se escapó un rato para leer el papel burocrático y tomar un par de notas. Cuando lo tuvo en sus manos, no daba crédito. “Pensaba que iba a encontrar un folio y de repente me sacaron un legajo con decenas de páginas. La primera es la demanda de Mazo denunciando que se ha comprometido con Francisca y que Velázquez, para evitarlo, la ha mandado a Sevilla con su abuelo”, explica a El Grito Zamora.
El resultado de todo lo que encontraron lo condensan en su artículo Juan Bautista Martínez del Mazo y la familia Velázquez: el juramento secreto, la excomunión sevillana y el matrimonio (in)deseado. Una historia a la que no le falta de nada: amores secretos, estupro, huidas nocturnas, repudio de la iglesia y hasta amenazas de cárcel para el pope del arte Pacheco.
Amores secretos y huidas clandestinas
Aquel documento fechado en 1633 confirmaba algunos datos de Mazo sí, pero también salpicaba de lleno a su maestro. Y no le dejaba precisamente bien. Tampoco el protagonista era una hermana de la caridad, pues sedujo a la hija del sevillano para asegurarse un puesto de relevancia en la Corte madrileña.
En cuanto Diego y su mujer Juana se enteraron por una criada de que Francisca, de 14 años, había pasado dos noches con el ayudante del taller, de 27 años, enseguida quisieron separarlos. Y cuando Mazo fue a hacer efectivo el enlace, se encontró con que la novia había volado, por eso acudió a las autoridades eclesiásticas e inició un proceso contra su maestro. Velázquez evitó por todos los medios dar la mano de su hija, escondiéndola en Sevilla primero y volviéndola a trasladar forzosamente a Madrid después; pero sin mucho éxito. El abuelo de la niña –Pacheco– llegaría a ser excomulgado por negarse a entregarla. También pagó una multa, fue condenado al embargo de sus bienes y a punto estuvo de entrar en la cárcel, pero finalmente la desdichada prometida apareció.
Al principio ella negó hasta en dos ocasiones la versión de su amante y rechazó desposarse, presionada por la familia. Sin embargo, meses después no le quedó más remedio que admitir que había perdido la inocencia con Mazo y que, ebria de amor, se había comprometido en secreto (un escrito firmado de su puño y letra el 30 de marzo de 1633 la delataba). El tribunal eclesiástico resolvió que la pareja, que ya había consumado, debía desposarse y así lo hizo el 21 de agosto de ese mismo año. ¿Estaría quizá embarazada Francisca? Si lo estaba, desde luego no llegó a término. ¿Y por qué el padre no denunció por estupro al pervertido que había desflorado a su hija? Probablemente por miedo al escándalo.
El caso es que Velázquez no tuvo más remedio que aceptar lo inevitable: su discípulo le había ganado la partida –seguramente el sevillano aspiraba a un pretendiente mucho más ventajoso para Francisca– y en adelante tendría que favorecerle. Diego entregó como dote el puesto de ujier de cámara a su yerno y este, a cambio, asumió un papel destacado en el obrador de su suegro, hasta que falleció y dejó libre el puesto de pintor de cámara. Claro, al alumno aventajado le faltó tiempo para sucederle.
Lo más gracioso es que este episodio hasta ahora silenciado contrasta radicalmente con el relato tradicional que dibuja una relación idílica entre discípulo y maestro; como si Mazo fuese el yerno perfecto, o Velázquez el suegro idealizado. Ceán Bermúdez, por ejemplo, llega a decir del primero que es “el discípulo predilecto de Velázquez quien, prendado de su habilidad y honradez, le dio a su hija en casamiento”. Imaginad la cara que pondría ahora el pobre historiador si se enterase de la verdad.
Pero, ¿quién fue Martínez del Mazo?
Profesor de dibujo del príncipe Baltasar Carlos, poco se sabía de este artista antes de su llegada a la familia Velázquez. Afortunadamente, el pleito ahora descubierto y todos los detalles que tuvo que dar el demandante han permitido confirmar que nació en Cuenca en 1605 (se especulaba con que hubiese nacido unos años más tarde). También corrobora la autenticidad de la partida de bautismo conservada en la parroquia conquense de san Martín, que alude a un “Juan Bautista hijo de Hernando Martínez y de su legítima mujer Lucía Maza (sic)”, que se convierte por tanto en el primer documento conocido del pintor.
Otro dato fundamental que revela este expediente madrileño es la fecha en la que entró en el obrador de Velázquez: 1631, coincidiendo con el regreso del sevillano de su primer viaje a Italia. ¿Pero cuánto tiempo llevaba en Madrid? Los testigos que participaron en el proceso eclesiástico cuentan que llevaba ocho años en la capital, es decir desde 1625, cuando tenía 20 años.
Se casó por primera vez con Francisca y, tras el litigio, mantuvo una relación aparentemente cordial y colaborativa con Velázquez incluso después de fallecer su mujer. Volvió a desposarse con Francisca de Vega y, tras la muerte de esta en 1653, con su hermana Ana. En 1657 realizó una estancia italiana que le llevó por Roma y Nápoles, probablemente recomendado por su suegro; y destacó como copista de Tiziano, Rubens y Snyders. Su habilidad fue tal, que a veces resulta difícil distinguir su trabajo de la mano del maestro, especialmente en sus retratos. Falleció en 1667, dejando un legado pictórico al que ahora sumamos esta rocambolesca historia de cómo consiguió colársela al mismísimo Velázquez.