130 años después de su nacimiento, en 1896, la figura de la fotógrafa y revolucionaria no deja de atraer interés. Este 2026 ha sido proclamado “Año Tina Modotti” lo que demuestra que Neruda tenía razón cuando, consternado por su muerte, escribió: “Hermana, no duermes”.
Estuvo delante, detrás, al lado de la cámara y finalmente la hizo desaparecer, arrojándola (supuestamente) al río Moscova. Fotógrafa y revolucionaria, Tina Modotti llegó a esta disciplina de la mano de Edward Weston y desarrolló un lenguaje propio surgido al calor del México revolucionario. En 1930 se pasó definitivamente al activismo social, integrándose en las filas del Socorro Rojo Internacional, y político, bajo las órdenes de Moscú. En este 2026 se cumplen 130 años de su nacimiento en Udine (Italia) y es buen momento para recordar su fotografía y el legado que dejó en su breve paso por el mundo.
Nada hacía presagiar que aquella niña nacida en una familia numerosa y humilde en Udine, en un sorprendente y tempranero giro de guion, acabaría siendo musa en algunas producciones de la industria del cine estadounidense, pero así fue. Después de ponerse a trabajar a los doce años para aliviar los apuros económicos familiares, llegó a Estados Unidos para reunirse con su padre, que había viajado allí con la esperanza de una vida mejor. La de Tina Modotti cambió definitivamente cuando conoció al poeta y pintor Roubaix de Abrie Richey —Robo para sus amigos— al que se unió y con el que se trasladó a Los Ángeles. Protagonizó tres películas mudas y pronto cambiaría de medio: siguió, sí, delante de la cámara, solo que esta vez iba a ser ya una cámara fotográfica, la del estadounidense Edward Weston.
Suyas son las fotos hipnóticas de una mujer tendida desnuda sobre un paño en una azotea soleada. Es Tina Modotti en calidad de musa perfecta. La fotografió también recitando, asomada al balcón... Eran amantes, sí, pero también eran profesor y alumna y muy pronto serían compañeros de profesión en pie de igualdad. En 1923 habían viajado a México, pero para ella era un retorno. El país le había fascinado un año antes, cuando había marchado allí para reunirse con su marido. En la práctica, lo que tuvo que afrontar fueron las burocracias de la muerte, ya que Roubaix de Abrie Richey se había contagiado de viruela y había muerto allí. Tina Modotti retomó también el proyecto que había ido a formalizar Roubaix de Abrie: una exposición en la Escuela Nacional de Bellas Artes, gracias a la cual la italiana entró en contacto con algunos de los artistas de vanguardia mexicana del momento.
Los retratos
El lugar donde aquella italiana llegó con Weston era una especie de Eldorado cultural. La revolución había alumbrado un país nuevo al que le correspondía una nueva cultura y a los artistas les tocaba inventarla. En ese ambiente es donde se mueven los muralistas David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y Clemente Orozco, entre otros. También es el México de Frida Kahlo, a la que Modotti fotografió sonriente junto a Chavela Vargas. Existe igualmente una foto de autor desconocido —algunas fuentes apuntan a Weston— donde se ve a Tina Modotti junto a Kahlo.
De la mano de Weston y bajo su influencia, en un principio, Modotti comienza a fotografiar motivos vegetales de forma muy expresiva y casi expresionista. También realiza retratos, explorando en unos y otros el recorte de las figuras sobre fondos neutros.
Hacia mediados de los años 20, sale del estudio y enarbola la cámara en la calle. Le llaman la atención motivos mínimos (cañas de azúcar, las fibras de una hamaca) o arquitecturas máximas que, en sus imágenes, desdibujan sus límites hasta convertirse en abstracciones estetizadas. Así, gradas, escaleras o los cables telefónicos de un poste reverberan en juegos que acercan su obra al movimiento estridentista, una corriente de vanguardia, de inspiración futurista, que surgió en México y se fijaba en la vida urbana como modelo de progreso.
Que Tina Modotti había crecido hasta convertirse una fotógrafa con expresión e intención propias lo dejó muy claro el propio Weston al escribir a un amigo: “Tina ha hecho una fotografía que me gustaría poder firmar con mi nombre. Las fotografías de Tina no pierden nada en comparación con las mías, expresan lo suyo”. Lo suyo era una pulsión humanista y social que había dejado atrás a la estética evocadora y apabullante de Weston. Lo suyo, lo propio de la fotografía de Tina Modotti, era fijarse en la nueva realidad del pueblo mexicano y retratarla sin más artificio que su propia belleza.
México
El encargo que recibieron en 1926 de la antropóloga y periodista Anita Brenner confirmó el mano a mano artístico al que habían llegado aquellas dos personas que una vez se amaron. Juntos recorrieron y fotografiaron un país, y los modos de vida y de muerte de sus gentes.
El trabajo se publicó en 1929 con el título Ídolos tras los altares y las imágenes que lo ilustraban no distinguían autoría entre uno y otra. Modotti sabía y podía fotografiar como Weston, pero Weston no sabía y no podía fotografiar como ella porque ya no veían las mismas cosas ni les movían las mismas causas: “Mientras Modotti se preocupa de los grandes problemas sociales, de las desigualdades y del acontecer de la vida mexicana, Weston hace fotografías de retretes. Podría antojarse una comparación lacerante, pero ciertamente denota el interés marcadamente humanista de la fotógrafa y, por el otro lado, en el caso de Weston, una obsesión por la estética, la forma y la abstracción que están por encima de cualquier interés o afinidad con el género humano".
Las palabras del crítico y profesor Óscar Colorado Nates explican a la perfección qué fue aquello que distinguió la fotografía de Tina Modotti y que Weston había mencionado vagamente como “lo suyo”.
A la luz de su trabajo, “lo suyo” fue reparar en las manos de los trabajadores; fotografiar sus reuniones festivas, sus protestas, sus reivindicaciones; fijarse en las mujeres cargadas con ollas, llevando banderas, con niños en la cadera o amamantándolos; fijarse asimismo en la mirada de esos niños; recrear los símbolos, dar contenido, vida y relieve a la hoz y el martillo... Muchas de estas imágenes se convirtieron en iconos. En 1927 Modotti se había enrolado en el Partido Comunista, con el que colaboraba de forma muy activa, y también en la redacción de su periódico, El Machete, como traductora y editora. Algunas de las fotografías más representativas de este periodo mostraban obreros o campesinos leyendo esta publicación a la sombra de los enormes sombreros mexicanos.
En la segunda mitad de la década de los 20, se compromete con todas las actividades de los círculos de la izquierda. Se adhiere también a la Liga Antimperialista de las Américas, donde trabaja el joven y rebelde activista cubano, Julio Antonio Mella, con el que inicia una relación. Estaba con él cuando lo asesinaron en plena calle. Modotti fue acusada de un crimen político que se mezcló con intrigas pasionales.
En lo fotográfico, aquella breve historia se tradujo en un poderoso retrato de perfil de Mella vivo, en el que le hizo en su lecho de muerte y en el que le realizó a través de su máquina de escribir. Y también en una negativa, la que le dio al Museo Nacional cuando le ofrecieron la plaza de fotógrafa en dicho organismo. Protestaba así Modotti por el nulo compromiso del Gobierno mexicano en el esclarecimiento de la verdad en el asesinato de Mella.
Con todo, el año 1929 acabó para la fotógrafa con su primera exposición personal en la Biblioteca de la Universidad Nacional de México. Para dicho evento redactó uno de los pocos textos que dejó escritos Tina Modotti y que es esencial para comprender su manera de entender la profesión:
“Me considero una fotógrafa, nada más. Si mis fotografías se diferencian de las que generalmente se hacen, se debe a que no trato de producir arte, sino fotografías honestas, sin recurrir a trucos ni artificios; mientras la mayoría de los fotógrafos continúan buscando efectos artísticos”. “Para nosotros, los que utilizamos la cámara como una herramienta...”, afirma poco después en un artículo que concluye así: “La fotografía, por el hecho mismo de que solo puede ser realizada sobre el presente, y sobre lo que existe objetivamente delante de la cámara, se afirma como el medio más incisivo para registrar la vida real en cada una de sus manifestaciones. De ahí su valor documental. Si a esto añadimos sensibilidad y conocimiento de los temas, junto a una idea clara del lugar que se ocupa en el desarrollo histórico, el resultado será digno, creo, de ocupar un sitio en la producción social a la que todos debemos contribuir”.
Tina Modotti estaba a punto de dedicarse de lleno a la producción social de la que hablaba sin cámara de por medio. Los acontecimientos turbulentos de la tercera década del siglo XX le hicieron pensar quizá que sus manos debían atender otras urgencias.
Más allá de la fotografía
La imagen es potente: Tina Modotti, una mujer siempre al mando de su propia vida, decide romper con su pasado de fotógrafa y arroja su Graflex al río Moscova. Eso es lo que cuenta Pablo Neruda en su Confieso que he vivido, lo que dibuja Ángel de la Calle en los libros que le ha dedicado. Quizá tenga algo de novelesco, pero lo cierto es que no se conoce ninguna fotografía más firmada por Modotti a partir de su abrupta salida de México en 1930 donde el Partido Comunista había sido ilegalizado por la Unión Soviética y las intrigas habían dejado paso a las purgas.
Su primer destino europeo fue Berlín, donde entró en contacto con la fotógrafa Lotte Jacobi. Sin duda, valoró la situación, pero tras exponer sus trabajos en el estudio de la alemana, decidió dejar atrás la fotografía, tirar para adelante y marchar a Moscú para reunirse con su compañero sentimental, el controvertido político y militante comunista italiano Vittorio Vidali. En 1936 Tina Modotti ni es fotógrafa ni es Tina Modotti: es María y durante la Guerra Civil española presta sus manos a los supervivientes de la Desbandá que llegan a Almería, asiste en Madrid en el convento de los Salesianos de Estrecho, en el Hospital de Maudes y finalmente tiene que salir del país tras haberse ganado la estima de Antonio Machado, María Teresa León, Miguel Hernández…
Con una nueva derrota y una nueva identidad, Tina Modotti parte al exilio. Acaba de nuevo en México donde aún sigue vigente la orden de expulsión que la obligó a salir… Vive en secreto y muere de la misma manera en la noche del 5 al 6 de enero de 1942 a bordo de un taxi. Muchos vieron en ese fatal acontecimiento un nuevo episodio de intrigas políticas, espionaje y purgas, una nueva ocasión de pronunciar eso de que quizá “sabía demasiado”.
Sepultada bajo el peso de su pasado político, la obra fotográfica de Tina Modotti —y quizá también su propia figura— quedaron ocultas y a punto del olvido. Fue el propio arte en diversas manifestaciones quien acudió al rescate. La escritora Elena Poniatowska recompuso su vida de forma literaria en Tinísima, por no hablar de los libros de Mildred Constantine, Pino Caccuci, Margaret Hooks y Christiane Barckhausen. Esta última, autora de Verdad y leyenda de Tina Modotti. es la responsable del archivo que lleva su nombre situado en la localidad de Bonefro, (Italia). Allí el pasado verano fue proclamado este 2026 “Año de Tina Modotti” por la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM) durante el IV Encuentro Internacional organizado alrededor de la figura de la fotógrafa.
El año comienza con una exposición en curso en el museo Jumex de Ciudad de México —se titula The Tiger’s Coat, como la primera película que protagonizó Modotti, y se puede visitar hasta el 8 de febrero— que explora su arte más allá de la literalidad y en conexión con el presente.
En últimas décadas, tanto la fotografía de Tina Modotti —expuesta en España en 2022 y 2023— como su historia han experimentado un renacer de la mano de investigadores como Javier Ruiz Rico y David Jorge, del mencionado dibujante Ángel de la Calle y de la también fotógrafa Remedios Renog. La figura de la artista también ha protagonizado diversas piezas audiovisuales, entre las que destacan el documental de Laura Martínez Díaz, Tina Modotti. El dogma y la pasión.
Todo ello hace de esta fotógrafa revolucionaria en todos los sentidos una figura de presente y con futuro como recuerda el Año de Tina Modotti. 130 años después de su muerte siguen siendo verdaderos los versos que Pablo Neruda escribió en su muerte y que comenzaban con este:
“Tina Modotti, hermana, no duermes, no no duermes”.