Arquitectura & Diseño

Algo pasa con la estación de Atocha y Moneo (y ningún arquitecto quiere hablar de ello)

Por Alberto G. Luna

Madrid Puerta de Atocha - Almudena Grandes no es solo el corazón ferroviario de España; es, para muchos, el testamento de un solo arquitecto: Rafael Moneo. Mientras la estación está inmersa en otra ambiciosa reforma, un runrún incómodo divide a la profesión. Un murmullo que habla sobre las vacas sagradas y por qué hay tan pocos concursos públicos en España

En los años ochenta, cuando alquilar una casa en Madrid todavía era un trato entre personas y no con un fondo de inversión extranjero, Rafael Moneo plantó un jardín tropical en medio de la estación de Atocha. Fue un golpe maestro, una clase magistral de cómo continuar la obra de Alberto de Palacio, su original arquitecto. Desde entonces, cada vez que la estación necesita un nuevo túnel o un baño más grande, no se abre ningún concurso público. Sencillamente, el primer teléfono que suena es el suyo.

No hace falta que les diga que, a día de hoy, Moneo camina por esta estación como quien entra en su propia cocina a las tres de la madrugada buscando un vaso de agua. No necesita ni encender las luces. Pero mientras él dibuja el mapa de Atocha por cuarta década consecutiva, los jóvenes arquitectos protestan en voz baja, con esa cautela diplomática de quien espera que algún día gire la rueda. Lo hacen por la adjudicación directa, porque ellos también tienen ideas y porque llevan mucho tiempo observando este edificio como quien mira una casa con una valla electrificada.

“El núcleo del problema reside en cómo se licitan los edificios públicos en España —me cuenta un arquitecto de un conocido estudio—. A diferencia de otros países, el sistema español ha pivotado históricamente sobre dos ejes que favorecen a las vacas sagradas. Para poder presentarte a un concurso como el de Atocha, se te exige haber diseñado previamente una estación de similar presupuesto, lo que crea un círculo vicioso. Solo los que ya han hecho estaciones como Moneo o Foster pueden hacer las nuevas, los jóvenes quedan automáticamente excluidos. Por otra parte, la Administración está obligada a abrir concursos públicos, pero existen atajos legales como el de la adjudicación por razones de protección de derechos de propiedad intelectual”.

En todo esto de los derechos de autor en el mundo de la arquitectura hay dos visiones enfrentadas. Están los que opinan que porque una vez dibujaron un edificio público, ese montón de cemento es suyo; y los que creen que todo esto es una filfa que lo único que genera son contratos a dedo vitalicios y una falta de ideas. Cuando no hay concursos, no hay dialéctica. Adif en concreto, que es la otra parte que nos faltaba en todo este enrevesado asunto, quiere que el ladrillo de 2026 hable el mismo idioma que el de 1985. Es una ocurrencia acogedora, como una manta vieja que ya tiene la forma de tus rodillas.

Retrato de Alberto de Palacio, 1893
Diseño final de la Estación de Atocha, Alberto de Palacio, 1892

El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM), ha sido uno de los más críticos con la figura de la adjudicación directa. “Los concursos públicos en Madrid suponen, como mucho, el 10% del total de las licitaciones —me explica Sigfrido Herráez, su decano—. Existe la creencia de que es menos arriesgado contratar a un Pritzker, y esto impide el acceso a las nuevas generaciones. Esto no ocurre tanto en otros países europeos”.

En muchos países de Europa —sorpresa— son más promiscuos con los arquitectos. En Alemania, Francia o los países nórdicos por ejemplo, el sistema está diseñado para que la idea gane al apellido. En la primera fase de muchos concursos el jurado no sabe ni quién firma los planos. En Londres, en lugar de buscar a un arquitecto consagrado de la vieja guardia británica para renovar King’s Cross, abrieron las puertas de la estación, dejaron que un extraño profanara su ladrillo victoriano y plantaron una cubierta de acero y cristal que parece una gran telaraña. John McAslan + Partners no intentaron imitar a Lewis Cubitt y la crítica internacional les aplaudió por ello.

El debate sobre el monopolio de Moneo en Atocha es, en realidad, un debate sobre la identidad de la arquitectura en España. ¿Queremos que nuestras infraestructuras sean monumentos de autor, inalterables y coherentes, o que sean laboratorios de innovación donde cada generación deje su huella? Lo irónico es que justo al otro lado de la ciudad, en Chamartín, la historia es otra. Como esa estación era un desastre de hormigón que no le gustaba ni a las palomas, convocaron un concurso internacional y un estudio de fuera levantará algo que parece sacado de un libro de Ray Bradbury. Cualquiera se podría preguntar por qué Chamartín sí y Atocha no. La diferencia es que Chamartín era una estación fallida y se quería cambiar por completo. Atocha, en cambio, se considera un éxito. Es la lógica del poder. Si algo es bonito, preferimos al maestro conocido que al genio por descubrir. Si es un vertedero, que lo arreglen los nuevos.

Me pregunto si a Moneo no le gustaría que alguien le quitara este peso de encima. Que un chico de treinta años llegara y pusiera una estructura de cristal y carbono que hiciera que su ladrillo pareciera lo que es: un buen recuerdo del siglo pasado. Le llamo para preguntárselo, pero desde su estudio me dan largas. Está muy ocupado para atender a periodistas. Y no le culpo por ello.

En realidad todo esto preocupa únicamente a los arquitectos porque, al final del día, a la gente que corre por el vestíbulo con una maleta le importa un bledo si el arco es de Moneo o de un chico de Vallecas que acaba de terminar la carrera. Lo que quieren es una estación que no sea un laberinto y unos trenes baratos que no lleguen con dos horas de retraso. Pero nada de esto ocurre.

Creo que, en todo este embrollo, la virtud se encuentra en un punto intermedio. Pero mantener a un solo arquitecto durante cuarenta años no es arquitectura, es política. Y la política es la antítesis del arte. Las ciudades tienen edificios, que a su vez tienen cicatrices. Un monumento de autor es una foto fija; una herida cerrada que no deja que estas respiren.