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El mayor búnker opaco de arte estará en Qatar (y Occidente es cómplice de este fraude)

Por Mario Canal
Hamad Port, en las afueras de Doha (Umm Al-Houl) ©AECOM

El puerto franco de arte más grande del mundo permitirá a los jeques y coleccionistas de todo el mundo descargar sus obras de arte directamente de sus jets privados, sin apenas transparencia sobre su origen ni destino

El próximo mes de febrero se celebrará la primera edición de Art Basel Qatar, que se suma a París, Tokio, Hong-Kong, Miami y Basilea como plataformas de un mercado ya saturado. El anuncio de esta nueva feria coincide con el de la construcción del almacén de arte más grande del mundo en el puerto franco de Doha. “La región del Golfo Pérsico no es solo un mercado de arte emergente, es un jugador global”, afirmó la CEO de la empresa que gestiona los centros comerciales, restaurantes de lujo y museos de Qatar, Kirstin Mearns.

Un almacén franco es un búnker donde los millonarios pueden guardar las valiosas obras de arte que compran para especular. Picasso, Van Gogh, Da Vinci, Renoir, antigüedades de todo tipo y de un valor incalculable se guardan en este tipo de espacios y el público general no las puede ver. Los más populares son los que se encuentran en Suiza, por razones de conveniencia fiscal, pero no son los únicos.

El atractivo económico de estos espacios es que, mientras los bienes permanecen en el almacén, no se pagan aranceles de importación ni el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), que en algunos países puede ascender a un 21% de su valor –España–. Si la obra se vende dentro del puerto franco y se reexporta, nunca llega a pagar esos impuestos. A veces la obra ni siquiera sale del almacén, sino que simplemente cambia de manos.

El puerto franco de Doha, anunciado como el mayor del mundo, será un búnker fiscalmente blindado junto al aeropuerto, con lo que los jeques podrán descargar sus valijas directamente de sus jets privados. Aquí, igual que en Suiza, las obras podrán almacenarse, cambiar de manos y funcionar como activos financieros sin apenas transparencia sobre su origen ni su destino.

Sheika Al-Mayassa, en el desfile de Valentino en París. Foto: Getty Images
The Museum of Islamic Art, Doha, Qatar © Years of Culture

No se sabe qué contienen, así que podemos imaginar una fastuosa cueva de Ali Babá a la que llegan joyas preciosas, piezas patrimoniales y obras de arte cuya procedencia incluso pueda ser dudosa. Debido a la presión internacional, Suiza ha implementado regulaciones más estrictas en los últimos años para combatir el blanqueo de dinero y la financiación del crimen organizado. Supuestamente, existe una mayor supervisión sobre los propietarios y el contenido almacenado, y los operadores deben llevar registros más detallados. Ahora bien, ¿sucederá lo mismo en Qatar?

Desde Qatar con amor

Hace más de una década que los países del Golfo Pérsico –Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes, Kuwait– se lanzaron a una “operación seducción” de Occidente. Y el arte está sirviendo de catalizador de este blanqueamiento.

Como forma de proyectar una imagen amigable, estos países usan la estrategia diplomática del soft power, que instrumentaliza la cultura, la moda, el consumo o el ocio como medios de legitimar una adhesión a los valores de las democracias liberales occidentales. Los países del Golfo –también China y otras dictaduras– se han hecho expertos en esta forma de complacer al resto del mundo, sobre todo en lo que concierne a la cultura.

La Bienal de Sharjah, por ejemplo, atrae a profesionales del mundo del arte concienciados con el colonialismo, el feminismo, la crisis medioambiental y el arte queer a los Emiratos Árabes –donde la feria de arte de Abu Dhabi tiene cada vez más importancia–, y hace olvidar que en esta región todos esos temas son tabú y las libertades básicas están limitadas. En Arabia Saudí –el régimen más duro de todos ellos–, el festival Desert X también fascina a artistas, galeristas y comisarios occidentales. El Louvre o el Pompidou han abierto sucursales en esta región desértica pero repleta de dinero, y en subastas y ferias de arte los billones del petróleo adquieren obras sin mirar el precio. Cuando el dinero aparece por la puerta, la ética sale por la ventana.

Qatar es quizás el emirato que más está haciendo en la alocada carrera por alcanzar un lavado más blanco. Este esfuerzo tiene un nombre propio, su alteza la jequesa Al Mayassa. Nacida en Doha en 1983 e hija del antiguo emir, esta mujer concentra hoy casi todo el poder cultural del país. Desde 2006 preside Qatar Museums, el organismo que decide qué se construye, qué se compra y qué relato cultural proyecta el emirato en el exterior.

Museo Lusail, Doha Qatar © Herzog & de Meuron
Mathaf, Museo árabe de arte moderno, Doha, Qatar © CIMAM
Edificio M7, Msheireb Downtown, Doha, Qatar © Art Basel
Museo Nacional de Qatar, Doha Foto: Jirayu Koontholjinda

Se calcula que maneja un presupuesto anual de compras cercano a los 1.000 millones de dólares, una cifra que ha permitido pagar récords históricos por obras de Cézanne, Gauguin o Rothko y reunir una colección de arte moderno y contemporáneo desde 1850 hasta hoy. Ese flujo de adquisiciones responde a la lógica de un fondo soberano bajo control directo de la familia Al Thani, con capacidad para mover los precios del mercado internacional y premiar o ignorar artistas, galerías e instituciones en función de los intereses del régimen.

Bajo el paraguas de Qatar Museums, Al Mayassa impulsa el Museo de Arte Islámico, diseñado por el gran arquitecto chino I. M. Pei; el Mathaf dedicado al arte árabe moderno; el nuevo Museo Nacional firmado por el francés Jean Nouvel; y, en el horizonte, el Art Mill Museum y el Lusail Museum, que aspiran a competir con los grandes museos europeos. A esa constelación se suman el Fire Station como programa de residencias para artistas, el hub creativo M7 para moda y diseño, la bienal Design Doha, el festival de fotografía Tasweer, el Doha Film Institute para financiar cine regional o el Fashion Trust Arabia como plataforma de diseñadores, que acaba de celebrar su último evento para que las grandes casas de moda francesa llenen de reels las redes sociales.

Todo ese tejido crea la imagen de un ecosistema vibrante y alineado con el vocabulario global de la diversidad, la sostenibilidad y la innovación, mientras en el plano interno se mantienen leyes que restringen libertades bajo un régimen ambiguo. Si todo este esfuerzo conlleva o no un verdadero cambio de valores en el país, solo el tiempo lo dirá. Por el momento, el nuevo ciclo que inauguran Art Basel Doha y el almacén de arte en la zona franca del emirato condensa el sentido último de este proyecto que busca transformar el Golfo, como explicaba la CEO de Qatar Museums, en un nuevo referente de poder cultural mundial.