Arquitectura & Diseño

Si escuchan a un político hablar del “efecto Guggenheim”, salgan corriendo

Por Alberto G. Luna
 Vista diurna del Museo Guggenheim Bilbao. Imagen cortesía de Museo Guggenheim Bilbao.

La idea de que una obra arquitectónica puede revitalizar una ciudad en declive, como lo hizo Frank Gehry con el Museo Guggenheim de Bilbao, es una farsa recurrente de muchos políticos. Si escuchan algo parecido, salgan corriendo

Frank Gehry construyó algo grandioso en 1997. Algo que uno no sabe si es una obra de arte o un montón de chatarra arrugada y brillante. Algo cuyos planos parecen dibujados por un niño borracho. Un genio, claro. El caso es que el edificio revitalizó Bilbao y la gente dijo que la arquitectura fue la clave. Que ese monstruo de titanio, ese barco varado en la ría que parece haber vomitado sus propias tripas, fue el detonante.

Desde entonces algunos políticos sostienen la firme creencia de que, colocando un edificio espectacular y sentándote plácidamente a esperar, el simple brillo del metal hará que hordas de visitantes vengan a ver tu ciudad. Ahí tienen el macroproyecto fallido de la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, de Peter Eisenman; o el Centro Niemeyer de Avilés, de Oscar Niemeyer, entre muchos otros. Ciudades que se enfocaron en la espectacularidad de la arquitectura olvidándose de la planificación urbana y el arte.

Con los museos de los grandes arquitectos pasa lo mismo que con los restaurantes. Puedes ponerle una fachada de mármol de Carrara si quieres, pero como dentro sirvas latas de conservas, al final no irá nadie. Bilbao no solo construyó un museo, también renovó el metro, la ría, los puentes y el aeropuerto. Y lo único que justifica un viaje desde la otra parte del Atlántico son los Warhols o los Rauschenberg que han pasado por sus paredes. Los programas culturales —y esto es algo que todavía no han entendido muchos políticos ni espacios expositivos—, deben hacer que la gente se quede pensando en algo diferente de lo que pensaba antes. Eso es lo único que hará que esas personas le cuenten al resto del mundo que tienen que ir a verte. Porque aquí está el truco que se han perdido los alcaldes con ideas de bombero: el museo solo era el anzuelo.

El “efecto Guggenheim” ha sido estudiado por numerosas ciudades que han intentado replicarlo de distintas formas. Sin embargo, la mayoría de ellas han fracasado. El principal problema es que construyen su gran cosa y luego no tienen ni para pagar la luz, o las exposiciones consisten en unos pocos cuadros trasnochados. En Bilbao compraron el monstruo de titanio pero luego, en lugar de llenarlo de basura burocrática y mediocridad institucional, le metieron artillería pesada. Y con artillería pesada no me refiero a esas exposiciones en las que uno sale sin entender nada, sino a esas otras que te dejan la sensación de que uno ha estado viendo cosas que no debería haber visto, pero que necesitaba ver.

El programa cultural —ese término aburrido que nunca escucharán decir a un político—, es la única verdad de un centro expositivo. Es la prueba de que detrás de la parafernalia pirotécnica hay un proyecto intelectual frío y calculador que sabe de sobra que esto se trata de hacer pensar. Y esto es únicamente lo que te trae a tu ciudad más de un millón de personas al año. El “efecto Guggenheim” en realidad es un chiste de mal gusto. Así que, la próxima vez que oigan a un político hablar de regeneración urbana con un edificio nuevo, pregúntenle: "¿Y qué va a haber dentro?"

Frank Gehry está muerto. El genio que retorció el metal como si fuera un dios cabreado se ha ido. Él no tiene nada que ver con las regeneraciones urbanas ni con los discursos políticos, pero sí con una rotunda y sonora bofetada a la geometría y a la línea recta. Esa misma no le vendría mal a la clase política.