Protagonistas

Los artistas emergentes más destacados (XV): lo femenino, lo otro y Maravillas Artero

Por Sofía Guardiola

Charlamos con la pintora de Murcia sobre su última exposición, sus fuentes de inspiración, los tiempos pasados, los padres y el arte

El valor de lo que haces tú, es precisamente que lo haces tú”, afirma la artista murciana Maravillas Artero. A pesar de que la frase puede parecer una obviedad, creo que es algo que todo artista olvida en algún momento. Hoy en día, en el mundo de las redes sociales, es fácil llegar a un público mucho mayor, pero también ver el trabajo de los demás, asistir en prime time a sus logros y, de forma inevitable, compararte, creer que te quedas atrás y que tu obra no está llegando tan lejos.

Maravillas me habla de todo esto con la misma naturalidad con la que pinta, mostrándose abiertamente vulnerable y, por tanto, natural y desenfadada. En su caso, su obra nace de su propia experiencia, y por ello sus cuadros están habitualmente poblados por personajes femeninos que se alzan como protagonistas absolutas, ocupando casi la totalidad del lienzo, envueltas a menudo en escenas que remiten a lo cotidiano –como en su obra Autodefinidos, en la que vemos a una mujer haciendo pasatiempos en la terraza, frente al mar, mientras desayuna churros con chocolate– o a lo tradicional –lo cual sucede, por ejemplo, en su obra Rezando el Rosario–. “Lo femenino en la pintura existe como lo otro, lo que a su vez implica que el arte como tal es lo masculino, puesto que tradicionalmente ha sido así, los pintores eran los hombres y lo que plasmaban era su realidad.” explica.

Artero pinta “lo que le atraviesa en el momento”, especialmente aquello que le obsesiona, puesto que al trasladar al lienzo esas cuestiones siente cierto alivio, como si parte del peso de sus preocupaciones se hubiese quedado impregnado en la pintura. Por ello, su estado de ánimo y el momento vital influyen notablemente en su trabajo. “He tenido épocas divertidas en las que me apetecía pintar a mis amigos en el bar de siempre, y otras en las que tenía preocupaciones más densas, como la maternidad o el significado de la familia en un sentido más amplio”. Este último es el caso de su exposición más reciente, La Casa, que se pudo ver hasta el pasado mes de septiembre en la galería madrileña Sara Caso.

En ella, una de sus exposiciones más ambiciosas hasta el momento, Artero buscaba mostrar lo que ha supuesto, para sus padres y sus hermanas, criarse en una familia numerosa. Ella tiene cinco hermanas, a las que ha retratado en múltiples ocasiones, y sobre las que explica que, si bien los lazos que las unen son profundos, crecer rodeadas de tantas personas genera también tensiones y dificultades. “Hay veces en que no eres la hermana o la hija a la que los demás acuden para apoyarse, ni la que crees que deberías ser, y a pesar de que haya mucho amor esto genera situaciones complicadas, de sufrimiento”. Esta muestra le llevó a comprender que sus padres, que han criado a seis hijas, también fueron creciendo en el proceso, madurando y cambiando, convirtiéndose en las personas que son ahora.

Artero logra expresar todos estos sentimientos complejos, ambivalentes y cargados de matices mediante un lenguaje aparentemente sencillo, casi inocente, dotado en muchos casos de tonos pastel o de colores vibrantes, con una estética sosegada y amigable. Así, por ejemplo, en muchas de sus obras aparentemente alegres se entrevé una pátina de nostalgia, de dolor por los tiempos pasados y por lo que se ha perdido, una profundidad a primera vista inesperada. Es el caso, por ejemplo, de la obra Se fueron las niñas, en la que el título ayuda a subrayar la nota melancólica en un lienzo sumamente luminoso en el que dos mujeres aparecen tendiendo la ropa. La sensación que se produce es, en cierto sentido, muy similar a la de repasar un viejo álbum de fotos –y, de hecho, la artista se ha inspirado para diversas obras en instantáneas familiares–, cargado de momentos felices cuya lejanía nos produce tristeza al revisitarlos.

Quizá, una de las razones por las que se inspira en tantas ocasiones en los miembros de su familia sea, al menos en parte, por uno de sus parientes más cercanos, su abuelo Rafael. Durante su etapa escolar, cuando era, en sus propias palabras, “una niña muy despistada y con una enorme necesidad de comunicarme”. Maravillas comía en casa y, cuando terminaba pronto, él le pedía que copiase cuadros famosos. Ella acometía aquella tarea con suma seriedad, como si pudiera intuir ya entonces que aquellos dibujos tempranos acabarían determinando su futuro, y de hecho aún hoy conserva muchos de ellos.

A todo lo que aprendió de aquellos maestros, Artero añadió su propia impronta, dando como resultado un estilo personal marcado por los grandes formatos, los colores alegres, los trazos rotundos y los contornos de los cuerpos trazados en naranjas, azules, rosas o verdes. También son habituales, junto a sus mujeres protagonistas, los patrones geométricos incluidos a menudo como parte de los azulejos de la pared, de las baldosas del suelo o del tejido de la vestimenta.

Todo ello se encuentra rodeado de una atmósfera que se intuye en todo su cuerpo de trabajo, que une sus obras como un hilo conductor discreto, pero ineludible: el del Mediterráneo, que se materializa en las playas y los mares, en las chumberas, en la alegría y el ambiente festivo, pero también en algo que no se ve y que de alguna forma está presente todo el tiempo, como si sus lienzos llevasen impregnado el olor de las higueras.