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Lo que no te contaron de la expo del Prado: la vida de Mengs esconde una venganza

Por Carlota Barreda
 Héctor Serrano

La nueva exposición del Museo del Prado rescata la figura de Mengs y la devuelve al olimpo de los grandes maestros. Sin embargo, su vida también esconde una personalidad no tan agradable y, sobre todo, la historia de una venganza que convirtió a su gran rival en el hazmerreír de la arqueología moderna

Antonio Raphael Mengs nació para ser recordado y con la sombra de la grandeza pisándole los talones desde niño. Su paso por el mundo durante el Siglo de las Luces dejó una huella decisiva, pues sentó las bases de una corriente artística entera, aunque los siglos venideros no le hicieron suficiente justicia a su nombre.

Vivió su juventud entre Dresde y Roma bajo la estricta educación de su padre -un pintor de la corte sajona-, y fue un artista muy solicitado en varias cortes europeas, convirtiéndose en el pintor oficial de Carlos III. Entre lujos, alabanzas, estetas, filosofías y una mirada permanente hacia el maestro renacentista Rafael -a quien admiró y trató de igualar durante toda su vida- Mengs se aseguró un lugar distintivo entre los grandes, sin importar los costes ni las consecuencias.

Sin embargo, su personalidad atormentada, huraña y altiva y su lengua afilada le granjearon unos cuantos enemigos en vida y también después de la muerte, lo que contribuiría a su caída parcial en el olvido durante los dos siglos siguientes, siendo relegado a las menciones superficiales en los manuales de historia del arte.

María Luisa de Parma, Antonio Raphael Mengs, 1765
© Museo Nacional del Prado
María Luisa de Parma, Antonio Raphael Mengs, 1765 © Museo Nacional del Prado
Lamentación sobre Cristo Muerto, Antonio Raphael Mengs, 1768
© Patrimonio Nacional, Colecciones Reales, Galería de las Colecciones Reales
Lamentación sobre Cristo Muerto, Antonio Raphael Mengs, 1768 © Patrimonio Nacional, Colecciones Reales, Galería de las Colecciones Reales
Magdalena penitente, Antonio Raphael Mengs, 1765
© Museo Nacional del Prado
Magdalena penitente, Antonio Raphael Mengs, 1765 © Museo Nacional del Prado

Consciente de su talento y blindado por la admiración y el reconocimiento, Mengs se tomó muchas licencias para con otros artistas. Su relación con el pintor italiano Tiepolo -con el que coincidió en la corte de Madrid- estuvo marcada por la competitividad y el desprecio, y tampoco tuvo reparos a la hora de criticar las obras de Velázquez y Murillo.

Pero su polémica más jugosa se dio dentro de su amistad con el erudito Winckelmann. Juntos sentaron las bases del Neoclasicismo y abogaron por el regreso a la estética de la Antigüedad, la admiración de la estatuaria clásica y su posicionamiento como centro del canon, de la belleza ideal y la creación artística moderna. Winckelmann es considerado como el padre fundador de la historia del arte y la arqueología moderna, pero lo que primero fue una relación de amistad e intelectualismo se convirtió, de un día para otro, en mala sangre y una humillación cruenta.

El autor Goethe narra en sus escritos esta historia de traición en su Viaje a Italia. En 1760, Mengs decidió elaborar un falso fresco haciéndolo pasar por una antigüedad y dejó que Winckelmann diera con él, creyendo haber encontrado un hallazgo histórico procedente de una antigua villa romana. El fresco contaba con unos protagonistas concretos e intencionados: Júpiter y Ganímedes. El mito clásico narra el encaprichamiento del dios con el príncipe troyano, a quien rapta y convierte en amante y copero de los dioses. En la pintura mengsiana, impregnada de un potente fondo rojizo y falsas grietas, un Júpiter entronizado y coronado con hojas de laurel trata de besar al joven mortal.

Retrato de Johann Joachim Winckelmann, Antonio Raphael Mengs, 1755
© Museo Metropolitano de Arte
Júpiter y Ganímedes, Antonio Raphael Mengs, 1760
© Galleria Nazionale d’Arte Antica, Palazzo Barberini

Winckelmann cayó en la trampa de su propio teoricismo: la obra encajaba a la perfección con su idea preconcebida del arte romano, y no solo la identificó como tal, sino que la cubrió de elogios y aseguró que era el mayor descubrimiento de sus tiempos. Su caída en desgracia llegó poco después, cuando Mengs desveló abiertamente la falsificación y dañó permanentemente su reputación como arqueólogo, además de exponer sin tapujos la homosexualidad de Winckelmann a través de la temática de la obra.

¿Ego o una revancha romántica fallida?

Los motivos que llevaron a Mengs a urdir su venganza se desconocen aún a día de hoy, y se barajan varias posibilidades: tal vez el detonante fue el orgullo herido del pintor por no recibir suficiente reconocimiento en su contribución al ideario neoclásico, o tal vez fuera fruto del despecho por una aventura romántica fallida -aunque esto último se achaca más a una leyenda urbana que a los hechos contrastados-.

El Prado dedica ahora una de las secciones de Antonio Raphael Mengs (1729-1779) a esta relación con Winckelmann, donde se exhibe el falso fresco original de Júpiter y Ganímedes junto a otras obras que ilustran sus andanzas. Esta es tan sólo una de las diez secciones que componen la exposición dedicada al pintor, y que ahondan en diferentes aspectos de su vida y obra a través de 159 obras: su entorno familiar, la relevancia del mundo antiguo en su producción, la filosofía y la fe ilustradas, sus pinturas murales y su legado posterior, su estancia en la corte de Madrid como pintor del rey…

La exposición recupera el nombre de Mengs, así como su papel como renovador del arte en la Edad Moderna; pero también esconde un trasfondo, que es una reflexión con sus luces y sombras sobre el artista y persona.

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