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Una mirada a la violencia y muerte de la revolución de México, según Casasola y Brehme

Por Natalia Sales Ramos
Niño soldado con fusil – Agustín V. Casasola, ca. 1913

El 30 de noviembre, el Espacio Jovellanos inaugura ‘México en Blanco y Negro: Fotografía, Arte y Tradición’, una exposición que reúne una selección esencial del Archivo Casasola

La cámara, a principios del siglo XX en México, no era un simple artefacto técnico. Era un arma. Un testimonio incómodo. Mientras Europa jugaba a las vanguardias, Hugo Brehme y Agustín Víctor Casasola estaban congelando el temblor interno de un país que estaba a minutos de estallar. Lo que hoy vemos como escenas crudas era pura dinamita social. No estaban haciendo arte, estaban registrando el dolor de un pueblo usado como carne de cañón. Le daban rostro, presencia, peso. Algo que, décadas después, también haría Cristina García Rodero en España: capturar lo que permanece aunque todo arda alrededor. La diferencia es que México no miraba el pasado; buscaba futuro, y terminó en una revolución que nació del hartazgo y acabó devorándose a sí misma.

Los líderes sabían que la fotografía construye mito. Zapata, al frente del Ejército Libertador del Sur –un movimiento campesino armado–, lo entendió mejor que nadie. Se dejó retratar por Casasola con este propósito: fumando, posando, montando, siempre en control de su propio personaje. A partir de tomas como esta, el muralismo mexicano –Orozco, Rivera, O'Gorman– fijó para siempre la iconografía zapatista: bigote afilado, mirada firme y porte decidido. En 2019, esta misma escena fue elegida para la moneda conmemorativa de 20 pesos dedicada al caudillo revolucionario, puesta en circulación en 2021.

La escena parece inocente: niños jugando entre lápidas. Pero ahí está la trampa. México convivía con la muerte sin ponerle filtros. Lo que para el mundo occidental era tabú, aquí era identidad. La muerte no significaba final, sino tránsito. El paso que convierte a los familiares en ancestros presentes y respetados. Un legado que hunde sus raíces en las culturas prehispánicas, donde los muertos seguían vinculados a la comunidad y regresaban en fechas señaladas. Y también producto de la crudeza cotidiana y de una normalización de la pérdida desde la infancia.

El panteón de Santa Paula –hoy desaparecido– funcionó desde finales del siglo XVIII y, a principios del siglo XX, era ya un cementerio abandonado. Los niños entraban en busca de “tesoros”: dientes de oro, anillos, cruces… objetos que alguna vez acompañaron a personajes tan ilustres como Santa Anna, Leona Vicario o Guadalupe Victoria, pero que ahora podían convertirse en unas cuantas monedas.

Brehme no romantiza nada. No embellece. Muestra a los niños sin infancia y con la muerte tan presente que puede ser juego o sustento. Y aun así, en su encuadre no hay morbo ni juicio. Solo la constatación de un país donde crecer exigía asumir lo inevitable antes que la propia edad.

Niños jugando en el panteón de Santa Paula – Hugo Brehme, ca. 1910
Locomotivo en el Estado de Morelos – Hugo Brehme, ca. 1910
Charro y china poblana en fuente de Chapultepec – Hugo Brehme, ca. 1920
Familia sobre canoa en Xochimilco – Hugo Brehme, ca. 1910
Pulquería "La Rosita" pintada por Frida Kahlo y sus alumnas – Hugo Brehme, ca. 1945
Gral. Emiliano Zapata a caballo – Agustín V. Casasola, ca. 1914

Si la muerte es una figura recurrente en México, el tren es su antagonista: la máquina que abre caminos o los arrasa. El ferrocarril fue el sistema nervioso de la Revolución Mexicana. Transportaba tropas, armas, caballos, víveres. Permitía invadir, huir o cortar de raíz el avance enemigo. Bastaba con dinamitar un tramo de vía para condenar a un pueblo. Una maniobra quirúrgica y brutal, y una de las tácticas más efectivas de la guerra.

Los vagones iban tan saturados de suministros que soldados rasos, mujeres y niños terminaban viajando sobre el techo, aferrados a lo que encontraban. Ese vértigo late en la locomotora de Brehme: una máquina solitaria que anuncia el caos que está por venir.

En 1914, Francisco Villa llevó esta relación aún más lejos al impulsar uno de los primeros trenes-hospital de la contienda, clave para que los heridos no murieran por infecciones tratables. Fue un giro inesperado: la misma estructura que traía muerte podía convertirse en refugio. El país ardía, pero aún quedaban mentes empeñadas en salvar, y no en arrasar.

 Soldadera y federal en cuartel – Agustín  V. Casasola, ca. 1910
Soldadera y federal en cuartel – Agustín  V. Casasola, ca. 1910

La foto duele sin necesidad de contexto. Un niño pequeño sosteniendo un fusil más grande que su torso y mirando a cámara con un desafío que no le corresponde. Pero la historia detrás es más cruda.

Durante 1913 y 1914, la deserción y la muerte –instantánea o por heridas no tratadas– eran constantes entre las tropas federales y los rebeldes. La solución fue la “leva”: recorrer pueblos y ranchos “levantando” hombres a la fuerza. La regla no escrita era clara: si un niño podía cargar un fusil, podía ser reclutado.

Casasola tomó este retrato en 1913, en plena Decena Trágica, los diez días de combate urbano que culminaron con el golpe militar y el asesinato de Madero. Ese niño armado es la síntesis más brutal de una práctica que se mantuvo hasta 1920; infancias convertidas en tropa por obligación, no por elección.

Más de un siglo después, esas imágenes llegan a Madrid. El 30 de noviembre, el Espacio Jovellanos inaugura México en Blanco y Negro: Fotografía, Arte y Tradición, una exposición que reúne una selección esencial del Archivo Casasola, uno de los acervos más importantes de la historia mexicana.

México no posó para esas instantáneas. Las sobrevivió. Un país herido dejó que dos fotógrafos lo retrataran sin maquillaje y sin gloria. Brehme y Casasola fueron testigos, no narradores. Porque hay historias que no se cuentan: se revelan, como estas, disparadas en mitad del caos.

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