Sesenta proyectos de ambos países forman parte de la exposición ‘Regeneraciones, en la Casa de la Arquitectura’. Una muestra que pretende compartir la arquitectura responsable del gigante comunista, pero que en realidad es un ejemplo bochornoso de propaganda y blanqueamiento
La Casa de la Arquitectura recibe una avanzadilla de China y parece que se le han pegado las malas costumbres totalitarias. El espacio madrileño, situado en la arquería de Nuevos Ministerios –que pertenece a la red de Museos Nacionales de España y es dependiente del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana–, ha hecho de la opacidad una forma de estar en el mundo. Es imposible saber quién la gestiona, contactar con sus responsables o incluso solicitar material de prensa. Un misterioso correo electrónico es toda la información que se proporciona a quien solicite algún contacto, incluso preguntando in situ. El buzón de correo es un pozo sin fondo al que caen los mensajes con un sonido espectral.
Quizás, esta actitud tiene que ver con que hace ya dos años que se inauguró y la institución aún no tiene director ni tampoco equipo técnico asesor, como establecía el real decreto de su creación. Cuando la oposición preguntó al gobierno por esta disfunción a los pocos meses de iniciar su andadura el espacio expositivo, el ejecutivo respondió que el decreto fundador no establecía un límite temporal a la designación. Así que a todos los efectos el responsable directo de La Casa de la Arquitectura es Iñaqui Carnicero Alonso-Colmenares, amigo de la infancia de Pedro Sánchez Pérez-Castejón y para quien fue creado el puesto de Secretario General de Vivienda y Agenda Urbana.
La exposición que puede verse estos días en la Casa de la Arquitectura –aunque podría llamarse la Casa de las Carcasas ya que sus muestras se realizan solo con maquetas– tiene mucho de propaganda gubernamental. Como de “hay que hacer algo con China, Iñaqui”. ¿Y cuál es la mejor forma de proyectar una imagen positiva de la dictadura comunista? Decir que está empeñada en desarrollar programas de construcción sostenible. ¿Y eso es cierto? Pues no, pero esta tampoco es una exposición de investigación y tesis, sino un ejercicio de blanqueamiento tanto de aquel país como de España.
Los comisarios locales de la exposición son Manuel Blanco, director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid; y un profesor de la misma, Héctor Navarro. Junto con un equipo de la Universidad de Shanghai han levantado una muestra en la que la arquitectura española y la china pretenden mirarse en un espejo reflejando sus ideales y ambiciones, y proponiendo “un diálogo entre dos países que, desde realidades muy distintas, comparten una misma urgencia: regenerar la ciudad y la arquitectura heredada para responder a los desafíos de la sostenibilidad”, según sostiene el texto de bienvenida.
Que la arquitectura china es megalómana y que el urbanismo desarrollado en aquel país tiene la sensibilidad de un bulldozer es poco debatible. La dictadura asiática ha hecho de la construcción –igual que las teocracias del Golfo Pérsico– un ariete de propaganda futurista. Equipamientos descomunales, trazados diseñados con compás y cartabón, destrucción de barrios tradicionales enteros, obras icónicas tanto de proyectistas locales –que no pueden ejercer con libertad administrativa– como extranjeros. Algunas de las construcciones más espectaculares y fascinantes de los últimos diez años se han hecho en China, sin lugar a dudas. Pero, ¿es un ejemplo de “sostenibilidad”?
Destruye, que algo queda
La exposición quiere hacernos creer ese extremo. De entre la treintena de proyectos chinos, solo un puñado podría ajustarse a las tres claves enunciadas por la propia exposición y ni siquiera cogiéndolas con generosidad. Estas serían la sostenibilidad medioambiental, la vinculación colectiva y la tradición histórica. Entre las piezas seleccionadas por Shanghai no hay iniciativas que cumplan los tres marcadores. Quizás el Parque Centenario Putuo Caoyang de LUI Yuyang (2021), o el Bloque de viviendas de Xiaoxihu en Nanjing (Han Dogging, en curso):, una ciudad que poseía un trazado urbano del siglo XIV, pero que fue totalmente destruido por el reciente desarrollo urbanístico y económico.
Quedó para el presente una zona de 4,7 hectáreas –algo así como 9 manzanas del Eixample– que ahora es objeto de cuidado y revitalización. Para mantener la conexión histórica e incentivar la vida de barrio se dejaron comercios locales y las viviendas siguen siendo ocupadas, en parte, por vecinos de toda la vida. Sin embargo, también se han establecido cafés y negocios con más orientación turística, condenando en el tiempo este reducto urbano a escenario de selfies. Pretender que el bloque Xiaoxihu es un éxito de regeneración urbana cuando es el resultado de una destrucción masiva de la misma –operado recientemente– no deja de ser paradigmático.
Otros ejemplos que China –la mayoría están en Shanghai– se propone enfatizar con la ayuda del ministerio español de vivienda son el Patio Alcanfor (2023) en la provincia de Jiangxi, un antiguo centro de tratamiento de esa hierba medicinal, reacondicionado como hotel de lujo. También es un hotel boutique/youth hostel el Micro Hutong (2016), estructura integrada en las populares redes urbanas tradicionales de Pekín, muchas de las cuales fueron arrasadas para preparar a la ciudad de cara a los Juegos Olímpicos de 2008. La cartelera de la exposición nos dice otra cosa: que este proyecto hotelero de la oficina ZAO / Zhang ke se transformó en equipamiento cultural y creativo este mismo año, 2025, algo que siempre queda mejor que decir que es el interesante diseño de un vector de gentrificación. Por su parte, la página web de los arquitectos no describe su actual uso.
Muchas de las propuestas que vemos en el lado chino y en el español son espacios construidos sobre elementos preexistentes, como antiguas fábricas o instalaciones industriales. O inspirados en ellos. Así, de ejemplo local tenemos el Matadero de Madrid. China, presenta varios, entre ellos el Museo del Horno Imperial, de Zhu Pei, que preserva y amplía con discreción las antiguas infraestructuras. La rehabilitación y puesta en valor de este tipo de construcciones es un acto reflejo común en todo el mundo. Convertirlo en una virtud elevada parece, cuando menos, sobreactuado.
Lo que más encontramos en la exposición es “inspiración”, que los organizadores asimilan a regeneración. Edificios nuevos pero con un aire de época. El nuevo Campus de la Universidad de Yan’an de Zhuang Weimin (2018), se inspira “en las emblemáticas viviendas excavadas en terraza en la región”. El Museo Yuz (Zhu Xiaofeng, 2023), “reinterpreta las tipologías tectónicas tradicionales”. El Centro de Intercambio Cultural de la Minoría Étnica She en Hangzhou se nutre de los biombos tradicionales chinos y “el diseño reinterpreta la sala ampliada de una vivienda tradicional She”. Por su parte, el Centro de Visitantes de Jianamani (Zhang Li , 2013), “tiene forma cuadrada, simbolizando la «tierra» en el budismo tibetano, mientras que sus plataformas de observación giran en espiral en el sentido de las agujas del reloj”.
Para rellenar la parte histórica se nos presenta una maqueta del Pabellón Longmen, una torre de varias plantas que recuerda un templo estilo pagoda. El arquitecto sería Chang Qin y se supone que se inició su construcción en 2021… pero el edificio no existe. No hay referencia visual o material alguna de este proyecto en ningún sitio, pero según la muestra se lleva a cabo “evitando la imitación directa de los componentes o [sic] ornamentos tradicionales”. Quizás cuando el edificio exista, esta afirmación pueda tener verosimilitud.
Lo cierto es que verse obligado a meter de tapadillo una obra inconclusa, si es que está siendo construida, demuestra lo difícil que es encontrar proyectos verdaderamente regenerativos en China. Un país de 1.400 millones de habitantes donde el urbanismo opera con una lógica brutal que combina la extracción masiva de recursos y la contaminación sin control ni responsabilidad social.
Cero voluntad ecologista
China cuenta con más de 3.000 edificios de al menos 150 m de altura. Según diversas fuentes, el gigante asiático –que no participa en las conferencias sobre ecología internacionales como la reciente COP25– representa un 33% de la emisión de CO 2, un tercio del total mundial. Ante estos datos, la exposición de la Casa de la Arquitectura defiende una muestra en la que China aparece como un campeón de la regeneración urbana y arquitectónica: “Estrategia esencial para optimizar recursos, reducir el impacto ambiental y ofrecer nuevas respuestas a las necesidades sociales”.
Para que se hagan una idea de en qué consiste la cosa, el ejemplo ecológico más importante que ha podido presentar China son unas charcas que fueron creadas para la XX Exposición Internacional de jardines en Nanning en 2018. Si bien el terreno original eran unas canteras de piedra y zonas minadas con explosivos que se rehabilitaron, de nuevo la exposición da una información alternativa: se trataría de antiguas “actividades piscícolas”, según los organizadores. De cualquier forma, lo que se nos pretende vender como una actitud de principios ante el urbanismo y la arquitectura tiene el alcance real de clavarle una aguja a un elefante que lo destroza todo y llamarlo acupuntura de contención.
En España no vamos mucho más lejos, aunque es cierto que estamos –por delante– a años luz de China. Basta revisitar el pabellón nacional de la actual Bienal de Arquitectura de Venecia para verlo. Entre las propuestas de Regeneraciones destaca la Casa Consistorial de Valverde de Campos, en Valladolid (2023), por ser mínima, pero de gran impacto social. Es una intervención de Óscar Miguel Ares en un pueblo de poco más de cien habitantes, a veinte kilómetros de la capital. La obra tiene 300m2 y comprime una sucesión de espacios comunitarios: Casa Consistorial, teleclub, cafetería, centro médico y centro de atención a los mayores. Los espacios se conectan con pasillos como calles y los materiales son cálidos: madera y piedra, principalmente. ¿Acaso la misión de la arquitectura y el urbanismo no es otro que la cohesión social y proveer de servicios a la comunidad?
Por otro lado, parece que en el campo expositivo español también hubo que rascar para encontrar proyectos que encajen con la tesis medioambiental de la muestra. Entre las más impropias podemos mencionar el Campus de la escuela de negocios privada IESE, en Pozuelo de Alarcón, de Sancho-Madridejos (2022). ¿Sus méritos regenerativos? Al parecer, no arrasar con los pinos que rodeaban la obra. La instalación, al menos, destaca ese gesto de piedad, así como la magnífica cúpula de piedra que cubre a los estudiantes del centro educativo.
Los proyectos presentados en esta degeneración expositiva parecen que intentan sostener una tesis que se ha impuesto a priori, en lugar de a la inversa: que una serie de iniciativas sólidas puedan constituir una tendencia o unidad. Comparar la ambición de uno y otro país solo puede responder a una voluntad diplomática y propagandística, más que científica o de investigación. Si la arquitectura es el arte de interpretar la luz, desde la Casas de la Arquitectura parece que prefieren jugar con las sombras, con una opacidad ministerial que integra en su programa los intereses políticos –o lobistas– de turno.