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La otra Maruja Mallo: la creación artística fuera de los museos

Por Paloma Primo de Rivera García-Lomas

Maruja Mallo transitó por la libertad y la transgresión con una vitalidad visionaria y una curiosidad humanista enérgica, con una personalidad arrolladora y exuberante que convirtió su vida y personaje en una extensión de su creación artística

Querida, ¿esto es afición o ganado?”, preguntaba Maruja Mallo a su amiga la académica y catedrática de arte Estrella de Diego, a las puertas de ese primer ARCO (con obra presente de la artista), en 1982, ante las largas colas de gente agolpada a la entrada. Saldando una deuda histórica, el Museo Reina Sofía ha inaugurado esta semana en Madrid, la exposición Maruja Mallo: Máscara y compás, tras la clausura en el Centro Botín de Santander. Para el día de la inauguración una espectacular y efímera alfombra de conchas de 12 metros, inspirada en la producción artística y la personalidad de esta genial creadora, daba la bienvenida al público.

Maruja Mallo (Vivero 1902-Madrid 1995) es una de las artistas fundamentales de la historia del Arte en el siglo XX español, en la forma, en el fondo y en la pulsión. Hoy en día nuestros creadores contemporáneos se caracterizan por ser multidisciplinares, pero ella fue una artista avant la lettre en tantos campos: feminismo, performance, ecología e incluso mindfulness –intereses de la sociedad actual, pero por los que Maruja Mallo transitaba con toda naturalidad-.

Desde las primeras décadas, en su talentosa y singular producción artística, poetizaba ya su realidad circundante a través de la pintura y el dibujo -sus principales medios- pero igualmente se expandió en cerámicas, collages, murales, figurines, escenografías, performances, decorados, telas o mobiliario, compaginando su creación plástica, con actividades docentes, escritos y conferencias. Desde figuración de realismo de corte mágico, surrealismo, pasión geométrica o arte constructivo, transitó por la libertad y la trasgresión con vitalidad visionaria y una curiosidad humanista enérgica, con una personalidad arrolladora y exuberante.

Es complejo y difícil separar la vida y obra de Maruja Mallo. El historiador del arte y galerista, Guillermo de Osma, figura clave en la recuperación de su obra, señala que “mantuvo siempre su independencia y ejerció su libertad sin ataduras, nunca se casó o tuvo una relación duradera. Se entregó por completo a su obra”. Resulta curioso que en esa construcción de sí misma como una obra de arte, más allá del juego de máscaras o su maquillaje excéntrico en los ochenta, como “simbiosis o analogía entre el personaje y su obra”, como recordaba Antonio Bonet, el único modo que la artista eligió para autorretratarse fuera a través de la fotografía. Son imágenes intervenidas por la artista, performativas, transgresoras y teatralizadas –en una actitud visionaria de lo que llegó décadas más tarde-. La imagen más icónica es la que se realizó en compañía de Pablo Neruda en las playas de Chile en 1945, donde Mallo emerge cubierta por un largo manto de algas, como si de una deidad marina se tratara. ¿O acaso quería autorretratarse como Venus, diosa también de la fertilidad, que nace de la espuma del mar?

A cada paso que daba Maruja Mallo en su trayectoria, hay dos aspectos imprescindibles para entender la magnitud del personaje y de la artista. Por un lado, como en cada etapa de su vida, se codeaba con la vanguardia y mantenía relaciones con lo más destacado de la intelectualidad y los protagonistas artísticos del momento; y por otro lado, como en cada etapa de su creación plástica, lenta y contundente de rotunda calidad, iban acompañados de una sólida y comprometida cimentación teórica, con exhaustivos estudios previos en torno al arte, el pensamiento o la filosofía, con enorme exigencia, como puede apreciarse en la presente exposición. En ambos casos, en lo personal y en su obra, en constante renovación y heterogeneidad.

Una vida repleta de viajes

La vida de Maruja Mallo fue tan fascinante, que bien podría disfrutarse en un relato fílmico o un serial. Su personalidad arrolladora, curiosa, vital, enérgica y transgresora conquistó desde joven a su llegada a Madrid en los años veinte. En la Academia de Bellas Artes se hizo amiga del joven estudiante Salvador Dalí, quien le presentó a sus compañeros de la Residencia de Estudiantes, Federico García Lorca y Luis Buñuel. Los cuatro formaban la llamada Cofradía de la Perdiz, que no solo se juntaban los sábados a comer perdices, sino que recorrían juntos las tertulias literarias, verbenas o cualquier hervidero de cultura y arte del Madrid de entonces. Recordaba Maruja como un día paseando por la calle Alcalá con Margarita Manso, Dalí y Lorca, atravesando la Puerta del Sol, se quitaron el sombrero –“para descongestionar las ideas”- y les lanzaron piedras e insultos, la famosa anécdota que dio nombre al movimiento de emancipación de las mujeres, Las Sinsombrero, característico de la Generación del 27. También Concha Méndez, María Zambrano o Josefina Carabias eran parte de su círculo de amigas.

En su estancia en París donde estuvo entre 1931 y 1932, entró en contacto con la vanguardia parisina: Breton, Éluard, Magritte, De Chirico, Picasso, Miró, etc. A su regreso a Madrid, entabló amistad y cercanías artísticas con Joaquín Torres García, Benjamín Palencia o Alberto Sánchez de la llamada Escuela de Vallecas. Con el estallido de la guerra, logró salir al exilio con la ayuda de su amiga la poeta, premio nobel y diplomática Gabriela Mistral. Sus años en el exilio en Argentina continuaron esas fértiles y fructíferas relaciones con figuras tan relevantes como Pablo Neruda, Jorge Oteiza o Ramón Gómez de la Serna, quien decía que “era la única bruja joven que había conocido”.

Cuando regresó a Madrid a finales de los setenta tras años de exilio, se convirtió en cierta manera, en musa/icono moderno de los jóvenes de la escena artística del momento (Pérez Villalta, Quico Rivas, Pérez de Ayala, etc) con quien mantuvo larguísimas y fructíferas conversaciones que influyeron en la recuperación de la figura de la creadora gallega. En esos años de la Movida Madrileña, con su fascinante y excéntrica personalidad, se convirtió en figura de culto por representar al artista libre y de modernidad transgresora, siendo entrevistada en el famoso programa de la periodista Paloma Chamorro.

Andy Warhol en su visita a Madrid en 1983 para inaugurar su exposición, también quiso conocer a la artista. Desde esos años, la admiración de Pedro Almodóvar por la obra de Maruja Mallo fue tal que sus obras formaron parte de su colección personal, y a modo de homenaje, aparecieron en películas como Dolor y Gloria o en La habitación de al lado.

Le gustaba denominarse Marúnica, y sin duda fue su talento artístico lo que hizo que dos figuras claves de la Historia en mayúsculas se fijaran en su obra. El filósofo José Ortega y Gasset invitó a la artista a colaborar con la Revista de Occidente en la realización de numerosas portadas (colaboración retomada en los setenta) y le organizó en 1928, su primera muestra individual donde se expusieron sus lienzos de la serie de Verbenas. Esta fue también la primera y única exposición en las salas de la revista. Durante su estancia en París, expuso en la galería Pierre la serie Cloacas y Campanarios, y el mismísimo Pope del surrealismo André Bretón, adquirió el cuadro El Espantapájaros, que permaneció en la colección particular del poeta hasta su fallecimiento. La década de los cuarenta fueron también únicos en la producción artística de Mallo. Se inauguró en Buenos Aires en el nuevo cine Los Ángeles con sus primeros sorprendentes murales. A finales de los cuarenta en Nueva York, ganó un señalado premio de pintura con Cabeza de mujer (cabeza de negra) y expuso en la galería Carroll Carstairs conquistando a los coleccionistas norteamericanos vendiendo casi la totalidad de las obras expuestas.

Pero si las conquistas plásticas fueron desmesuradas, sus relaciones con el mundo de la literatura casi lo fueron más. Amores y colaboraciones recíprocas con Rafael Alberti -escenografías para obras teatrales e ilustraciones en La Gaceta Literaria y ABC-. Caminatas por los campos de Castilla, amores e influencias mutuas con el joven entonces poeta Miguel Hérnandez, del Rayo que no cesa a Sorpresa del trigo. Decía su amigo Salvador Dalí que Maruja era “mitad ángel, mitad marisco”. Expansiva en lo artístico y lo social, pero tremendamente reservada en lo personal y protectora de su intimidad. Su maquillaje ochentero y excesivo como extensión de su famosa serie de máscaras y medio de protección. A pesar de cultivar con destreza el arte de narrarse a sí misma, no solo no quiso dejar testimonios de sus relaciones íntimas, sino que en las entrevistas, siempre eludía preguntas o contestaba con evasivas.

Maruja Mallo con Josefina Carabias, apoyada sobre su óleo ‘Antro de fósiles’, 1931. Guillermo de Osma, Madrid.

Rafael Alberti quien silenció deliberadamente el nombre de Maruja Mallo de todas las páginas de su libro de memorias, La arboleda perdida, al final de sus días, saldando igualmente una deuda histórica, escribió el famoso artículo Las hojas que faltan, reivindicando la figura de Maruja Mallo, donde decía el poeta: dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas. / Aclárame estas dudas que tengo sobre los paisajes. / Despiértame.

Sus últimos ciclos plásticos Los moradores del vacío (años 70) y los Viajeros del éter (1982) parecen la culminación de su insaciable curiosidad humanista, como si fuera un intento poético de alcanzar lo sublime y el cosmos en sus últimas décadas. Algunas de estas obras estaban presentes esa primera Feria de Arte Contemporáneo en el stand de la Galería Montenegro. Allí concedió una de sus últimas entrevistas al micrófono de Tino Calabuig: “Son los moradores del espacio infinito del todo. Lo no visto, pero si previsto. Trato de hacer una representación de la levitación, de estar fuera de las leyes de la gravedad. Después de la teoría de la relatividad, vamos hacia la cuarta, la quinta, sexta dimensión…al espacio infinito del todo, que es la realidad. Ahora … hay quien no lo siente…”

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