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El Reina Sofía sucumbe a la moda de Maruja Mallo y adquiere un cuadro suyo por la desorbitada cifra de 300.000 €

Por Sol G. Moreno
 Héctor Serrano

Joven negra es, de momento, la obra más cara del año comprada por Cultura y eso que hasta hace solo seis meses el nombre de Maruja Mallo apenas sonaba al gran público. La retrospectiva presentada en el Centro Botín que ahora llega al museo madrileño ha situado a la artista en el punto de mira, desatando una euforia que ha culminado con esta insólita adquisición

Ni es inédita ni posee grandes dimensiones, pero tiene una fuerza tremenda. Joven negra es un óleo sobre lienzo de Maruja Mallo relativamente conocido por haber participado en varias exposiciones –en 2017 ya pudimos verlo en Guillermo de Osma y más recientemente en el Centro Botín–. Sin embargo, y a pesar de su innegable belleza, la pintura de apenas medio metro de alto habría pasado inadvertida de no ser por todas las connotaciones que encierra con respecto a la raza y la identidad, un discurso muy en la línea de lo que está defendiendo ahora mismo el director del Reina Sofía, Manuel Segade.

Quizá por eso, y por los esfuerzos que se han hecho en los últimos meses por rescatar a esta artista gallega del olvido, el museo ha aceptado pagar 300.000 euros por la obra, una cifra del todo inusual si tenemos en cuenta su cotización. Es cierto que sus trabajos apenas salen al mercado, pero también lo es que las ocasiones en las que lo ha hecho, rara vez han superado las cinco cifras. ¿Por qué ha sido tan caro entonces este óleo? Probablemente porque pertenece a la autora de moda, por su temática y porque es muy diferente a todo lo que ya tenía el Reina Sofía de la artista, protagonista y musa de la Generación del 27.

El óleo recién adquirido por el museo madrileño está fechado en agosto 1948, cuando la autora ya se había exiliado a Argentina, tras una primera parada en Lisboa al amparo de Gabriela Mistral. No tiene nada que ver con las escenas surrealistas ni con las vívidas composiciones de verbenas con las que triunfó en la década de los treinta. Tampoco con sus composiciones abstractas geométricas de los años ochenta. Muestra un busto de perfil de una mujer negra mirando a la izquierda en un primer plano tan potente, que acentúa su carácter escultórico, como si de un tótem femenino se tratase.

Pertenece a la época en la que la artista afincada en Buenos Aires pintó una serie de retratos idiosincráticos realistas que le acercan a la cultura helénica, pero también a las figuras indígenas locales, como sucede con La cierva humana. Se trata de un potente rostro que condensa prácticamente todo el empoderamiento femenino que Mallo retrató en sus cuadros. Ni sus Acróbatas macro ni su Canto de las espigas tienen la fuerza expresiva de esta joven de perfil que mira con actitud severa, casi desafiante, fuera de la escena.

Maruja Mallo en su estudio en Madrid, 1936.Maruja Mallo, VEGAP, Santander, 2024
Maruja Mallo en su estudio en Madrid, 1936.Maruja Mallo, VEGAP, Santander, 2024

El nuevo cuadro viene a sumarse a la veintena de obras que el Museo Reina Sofía ya tenía de la artista, incluidos los dos dibujos de su serie Razas –dos rostros también negros– y su inefable Antro de fósiles (1930), una tétrica escena poblada de esqueletos humanos que representa “las cloacas empujadas por los vientos, los campanarios atropellados por los temporales y el mundo de las cosas que transitan”, según la propia artista.

Prácticamente todas estas piezas ingresaron en las colecciones madrileñas en 1988, cuando la autora aún estaba viva y se procedió a la ordenación de fondos del Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), salvo la mencionada Antro de fósiles, que fue adquirida en 2014. Entonces se pagaron 200.000 euros por este gran lienzo, cuyas dimensiones son mucho mayores que la obra actual. Quizá por eso, es una de las seis pinturas afortunadas que se exhiben en sala a ojos del público, frente a las otras 16 que habitualmente están condenadas a los almacenes. Hasta ahora, que se han desempolvado para la gran exposición de Maruja Mallo.

Nuevo récord de la artista

Ya el pasado mes de abril, el propio Segade defendía la necesidad de recuperar esta figura olvidada de nuestro arte español cuando se inauguró la exposición coorganizada con el Centro Botín que ahora llega a Madrid: Máscara y compás. Una “deuda histórica” que parece haberse saldado no solo gracias a la reunión inédita de gran parte de su legado disperso entre España, Europa y Argentina, sino también a esta nueva compra que supone un récord para la artista.

La última vez que alguien pagó una suma inédita por una obra suya fue en 2003 y no se trataba de una obra cualquiera. Era Espantapájaros, un óleo epítome del surrealismo que en su día perteneció a André Breton por el que un coleccionista desembolsó nada menos que 260.000 euros. 22 años después esa cifra se ha elevado hasta los 300.000 euros, estableciendo una nueva marca personal para la autora.

Antro de Fósiles, Maruja Mallo. 1930. Óleo sobre lienzo. 135 x 194 cm. Museo Reina Sofía, Madrid.
El espantapájaros, Maruja Mallo. 1931.

Lo cierto es que Joven negra no solo establece un récord de artista, sino también de adquisición pública, pues se trata –hasta el momento– de la obra más cara comprada por el Ministerio de Cultura en lo que va de año. Si bien todavía queda un trimestre para que le arrebaten el título, especialmente este 2025 ausente de anuncios de grandes piezas (la segunda posición del ranking sería para El arcángel san Miguel venciendo al demonio de Angelino Medoro, comprada para el Museo de América por 183.200 euros, seguida de la recentísima adquisición de Carnaval en las ventas de José Gutiérrez Solana adquirida en Ansorena por 159.900 euros).

Ana María González González (1902-1995), más conocida como Maruja Mallo, nació en Viveiros y fue una pintora republicana que huyó de España para exiliarse a Argentina. Se codeó con Dalí, García Lorca y Rafael Alberti. Sedujo con su arte a Ortega y Gasset, quien la apadrinó en los salones de la Revista de Occidente. Desafió las normas con su arte, su actitud siempre libre y con actos aparentemente anecdóticos como quitarse el sombrero en público en la Puerta del Sol en el Madrid de los años veinte; una acción por la que le apedrearon y que además le valió el apodo de Sinsombrero junto a otras creadoras transgresoras como Margarita Manso, Remedios Varo o Rosario de Velasco.

Pasó medio año oculta al estallar la guerra en 1936, antes de saltar a Tuy, Lisboa y finalmente Buenos Aires. Se exilió a Argentina durante 25 años y regresó a su país natal en 1962, aún a tiempo para recibir en vida los reconocimientos y las exposiciones que el franquismo le había arrebatado. Esperemos que el renacer de esta pintora no sea solo una moda pasajera y que la nueva incorporación a los fondos del Reina Sofía no acabe en los almacenes.

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