Restauraciones, la sala de los tesoros... Un cómic muestra los entresijos del Prado
Por María de la Peña Fernández-Nespral
Las múltiples visitas a la pinacoteca desde que era niña hicieron que la ilustradora Ximena Maier pintara su Cuaderno del Prado, una reedición actualizada de la del 2017 que atrapará a cualquier amante del arte
Sobran los motivos para visitar el Museo del Prado y más con estas temperaturas. Las salas de la pinacoteca son un lugar donde protegernos, no solo del calor, sino del ruido y los sinsabores de lo cotidiano. El arte tiene ese poder de aislarnos. Suele decirse que uno sale mejor de un museo que cuando entró. Lo aseguran los artistas, que buscan en sus paredes la inspiración y también el consuelo. Cuando escasea la motivación, el museo es un acicate para volver al estudio y ponerse a pintar.
Para la ilustradora Ximena Maier (Madrid, 1975), el Museo del Prado ha supuesto algo más que esa chispa que faltaba para rendir delante de la hoja en blanco. En su caso, su “museo favorito” ha dado a luz un Cuaderno del Prado reeditado por Lumen después de una primera edición de 2017. Su nuevo cuaderno, actualizado y esta vez en tapa dura, es una verdadera invitación a visitar el centro expositivo.
Maier estudió Bellas Artes en Sevilla, para terminar después en Inglaterra, especializándose en artes gráficas, en la rama de ilustración, en Leeds Beckett University. Se crió leyendo a Tintín, una suerte de maestro que le atrapó por “su línea limpia, sin ruido visual” y desde entonces empezó a ilustrar libros de texto, cuentos, guías de viaje y prensa en general hasta que le llegó la oportunidad de hacer su primer libro como autora. Pasó una mañana entera dibujando en el museo, rellenando un cuaderno, y pensó lo mucho que le gustaría que de ahí saliera un libro. Fue gracias a una amiga editora, que estaba a punto de lanzar su nueva editorial Nido de Ratones, en 2017, cuando las dos se embarcaron en la aventura de publicar la primera edición de este libro y con él inaugurar esta pequeña editorial. Maier también menciona a la ilustradora estadounidense Maira Kalman, como otra persona que le ayudó a dar el impulso definitivo de pasar de tener un cuaderno secreto a sacarlo a la luz.
Pidió permiso en el Prado para ver cómo se trabajaba. “¡Yo quería ver cómo limpiaban una sala!”, explica. En un principio le entregaron “las llaves del paraíso” para tener un pase como copista. Y, al conocerla y ver sus dibujos del museo, los responsables como José Manuel Matilla, Jefe de Conservación de Dibujos y Estampas, le abrieron las puertas para que pudiera pasear a su antojo por la mayoría de departamentos no transitables, como el taller de Restauración, el Gabinete de Dibujos –”la cueva de los tesoros”-, el búnker, los almacenes o la cafetería del personal del museo. Tal fue la fama que se creó en el museo, que hablaban “del fichaje Maier”.
Cuaderno del Prado capta la vida del museo, su trasiego diario, también el del backstage del que solo puede ser testigo el personal del museo. Es una novela viva del Prado, dibujada, aunque muy bien acompañada por sus ingeniosos apuntes, comentarios llenos de humor, de una suerte de picaresca muy cercana, pues su lenguaje es tanto el de la calle, como el de los maestros antiguos y el de ella misma.
Sus dibujos con acuarela y sus finas líneas de tinta china desvelan tanta información como si fueran óleos que cuelgan en las salas, pero, la paradoja es que están dibujados con unos pocos trazos, austeros pero llenos de vida. Es una mezcla de elegante ilustración en acuarela con el género de cómic. Los personajes que ilustra en su cuaderno están vivos, son visitantes reales junto a los que dibujaba y se inspiraba con sus conversaciones de museo, frente a las obras. Y esos comentarios de cómic son divertidos porque recogen la frescura de una primera visita de un extranjero o de la madrileña que viene por segunda o tercera vez, que opina que ese cuadro “está más visto que el tebeo”. No hay cursilería ni en los dibujos ni en los apuntes que hace de los mismos. Incluso, los que hace Maier, riéndose de sí misma, al comprobar ciertas curiosidades de las obras, aquellas que “colgaría en mi casa” o por el contrario “a las que tengo manía”.
El cuaderno también es una guía de curiosidades que sacian nuestro interés, al ser Maier capaz de contextualizar las obras en nuestro tiempo, añadiendo al lado de sus dibujos anécdotas o detalles que nos trasladan al presente para digerir mejor los siglos pasados, pero sin quitar un ápice de rigor ni historicidad a su información. Da sal y pimienta en sus reflexiones, contando por ejemplo que Ana de Austria era el personaje de los tres mosqueteros o que cuando se pintó Las Meninas, “estaba de moda entre las mujeres comer barro para estar pálidas y delgadas”.
También propone al lector algunos de sus itinerarios favoritos, los de Goya o Velázquez –”Velázquez, mon amour”- y también un itinerario con niños, inspirado en el suyo propio, con sus hijos Pía y Pepe a los que les deja decidir ver una obra por persona, fórmula que escuchó en la radio al sobrino de la reina de Inglaterra. Más allá de rutas por el museo, Maier deja bien claro que “el caso es volver” al Prado que ella visitó sola, por primera vez, con 16 años, con la cámara Nikon que le prestó su padre. A partir de ahí, “lo he visitado sin parar” y encontró en las salas “un trampolín para trabajar”.
Maier ha visto en sus visitas a bambalinas del museo, cuadros como el Triunfo de la muerte de Brueghel “cruzar delante de mis ojos” camino del taller de Restauración o pasar el plumero a Las Meninas. Pero para ella el mejor momento es “cuando te paras y te pierdes delante de algo y te da igual si es barroco, renacentista…’’
El director del Prado, Miguel Falomir, le dijo a Maier que “trabajar en el Prado es tocar el cielo” y ella lo ha tocado. Sus lectores disfrutarán de su diario de artista, íntimo y personalísimo, al que ha aportado una mirada valiosa y muy fresca.