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Por qué ves tantos belenes napolitanos en España

Por Pedro García Martín
Nacimiento Anónimo napolitano. Siglo XVIII. Foto: Juan Quintas, 2008

El Palacio Real de Madrid, el Museo de Escultura de Valladolid, el de Salzillo de Murcia o el Diocesano de Vitoria. Son muchos los emplazamientos elegidos para mostrar este tipo de belenes, que se han extendido como una plaga. ¿Por qué?

Las Navidades han llegado como cada año a los países católicos junto a sus costumbres tradicionales. Las casas, las calles y los comercios se engalanan con decoraciones brillantes. Los coros cantan villancicos en iglesias y plazas. Los adultos se dan un atracón de comidas con familiares, compañeros y amigos. Los niños sueñan con los regalos que les traerán los Reyes Magos tras su cabalgata. Y mientras todo esto ocurre, los alcaldes rivalizan para ver quién tiene más árboles y luces artificiales.

Entre los protagonistas de estas fiestas están los belenes. En Madrid, sin ir más lejos, los hallamos en la Plaza Mayor, en el Palacio de Cibeles, la Puerta del Sol, el Museo de San Isidro y otros tantos lugares del callejero. Ahora bien, de un tiempo a esta parte han proliferado los napolitanos como los del Príncipe en el Palacio Real o el llamado Angélicum en la Montaña de los Gatos del Retiro, entre otros. ¿Cuándo y por qué llegaron a España?

La presencia de estos pesepri italianos en ciudades como nuestra capital, el Museo de Escultura de Valladolid, el Museo Salzillo de Murcia y el Museo Diocesano de Vitoria, se debe a la importación de esta moda por los virreyes y aristócratas de la Monarquía Hispánica en el Virreinato de Nápoles. El montaje de estos nacimientos empezó siendo una imitación de las celebraciones pascuales por parte de las familias nobles napolitanas.

Los libros clásicos sobre belenismo repiten que fue Carlos III quien trajo consigo esta tradición a Madrid después de haber sido rey de las Dos Sicilias. Pero, en realidad, la historiografía italiana ha demostrado que su padre, Felipe V de Borbón, ya montaba todos los años un belén napolitano en el Palacio del Buen Retiro. Tras recibir las primeras escenografías y figuras talladas por el maestro Nicola Speruti, les fue añadiendo otras piezas de barro hechas por artesanos españoles y portugueses.

Belén napolitano del Museo Nacional de Escultura de Valladolid
Belén napolitano del Museo Salzillo de Murcia

Lo que sí es cierto es que Carlos III y su esposa María Amalia de Sajonia, por consejo del padre dominico Rocco, difundieron el arte del pesebre en sus residencias de Caserta, San Leucio, Carditello o Portici donde cada año iban pasando las Navidades. También hay que tener en cuenta que habían fundado la fábrica de porcelana de Capodimonte, a la que encargaron figuras de loza que vinieron a enriquecer las de terracota de su pesebre palaciego. Una vez instalados los nuevos reyes en el Palacio Real madrileño en 1759, mandaron hacer un belén con piezas importadas de Nápoles para el príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV. De esa manera, los ejemplares de pesebres napolitanos que conservamos en España han pasado a formar parte de las “joyas de la Corona” de nuestro patrimonio nacional, debido al prestigio estético que rodea a estas auténticas obras de arte.

San Francisco de Asís, el pionero

Los orígenes del belén se vienen atribuyendo a San Francisco de Asís, cuando empezó a celebrar la misa de Navidad en una cueva toscana de Greccio. Así lo plasmó El Giotto en un fresco de la basílica de Asís. En adelante, los franciscanos seguirán montando y escenificando nacimientos con fines didácticos, pues despertaban en los fieles la devoción a la Virgen María y al Niño Jesús.

De esta forma, los belenes salieron de los retablos góticos y de las representaciones teatrales para convertirse en escenarios de Tierra Santa mediante paisajes pintorescos y figurillas costumbristas. En 1534, san Cayetano de Thiene trajo a Nápoles el modelo de pesebre que se exponía en la basílica Santa María la Mayor de Roma, popularizándolo en iglesias y casas particulares. Los decretos del Concilio de Trento para fomentar imágenes devotas y el gusto católico por extremar las poses para despertar los afectos se aplicaron al belén napolitano.

De manera que en los llamados presepi del Barroco se fijó el modelo clásico. Las figuras rígidas fueron cambiadas por maniquíes articulados de madera vestidos con telas llamativas. El tamaño de los mismos se unificó en torno a 35 centímetros, la anatomía se hizo en alambre dulce para darle movimiento, la cabeza en barro cocido, los ojos de cristal, las extremidades de madera, las arquitecturas en papel maché y el conjunto era pintado por vivos colores. El resultado del belén es un teatro a escala

Belén napolitano del Palacio Real de Madrid
                      © Patrimonio Nacional

El día que la realeza se encaprichó con los belenes

La Edad de Oro de los belenes napolitanos fue, sin embargo, el siglo XVIII. Por entonces, salieron de las iglesias para entrar en los palacios de la realeza y la aristocracia, pasando a combinar figuras religiosas con otras profanas. Asimismo, los paisajes palestinos se convirtieron en italianos. La arquitectura copió los edificios romanos de Pompeya y Herculano. Del mismo modo, los judíos coetáneos de Jesús pasaron a ser tipos populares napolitanos, como Benino el pastor que sueña y El Maravilla que se asombra.

También se incorporaron los sueños del orientalismo, sobre todo en el cortejo de los Reyes Magos, pues desde sus majestades a los pajes, músicos y esclavos negros lucían ropajes lujosos y joyas preciosas. Al tiempo que los animales asiáticos y africanos, del tenor de camellos, elefantes y aves rapaces, conviven con los perros, ovejas y vacas domésticas. En ello influyó el hecho de que acababa de traducirse Las mil y una noches y que los motivos orientales decoraban los salones de porcelanas de los palacios reales.

El belén popular fue, por lo tanto, adoptado por la realeza, la aristocracia y la burguesía como un arte refinado para rivalizar con sus iguales. El diseño de los presepri se encargó a los mejores escultores como Domenico Vaccaro y Nicola Vassallo, pintores como el gran Giuseppe Sammartino -autor del famoso Cristo Velado- y Angelo Viva, arquitectos y escenógrafos. Algunos de los pesebres más famosos fueron el del príncipe de Ischietella que superó sus apuros económicos con solo vender las joyas de sus pastores. El del duque de Diana, el de la princesa Pignatelli, el de los señores de Catalano, el del cura Mainetti y el de los hermanos Terres eran visitados regularmente por la familia real. También destaca el que se montaba en la sala Elíptica del Palacio Real de Caserta. Unos nobles se hicieron retratar en el rostro de los Magos de Oriente y otros colocaron una marca en el dorso de algunas de las figuras más logradas para que les reconociera el público que lo contemplara.

‘Angel’, Angelo Viva
‘Angel’, Guiseppe Sanmartino
© The Metropolitan Museum of Art

En suma, los pesebres pasaron a formar parte del capital simbólico de los privilegiados, esto es, el que medía su apariencia majestuosa a través de sus palacios, trajes, joyas, obras de arte, coches, caballos y un mayor número de criados que los de otras casas nobiliarias. La vida palaciega de una familia noble reflejaba la corte en miniatura de la familia real. Lo prueba el hecho de que los inventarios de los testamentos de nobles hechos ante notario dan cuenta de los ricos pesebres que dejaban en herencia. Del mismo modo que las fuentes judiciales demuestran hasta qué extremo llegaban las casas nobiliarias en su pasión por el pesebre más fastuoso, pues en unos casos se endeudaban adquiriendo nuevas piezas, mientras que en otros de insolvencia algunos de los bienes secuestrados eran lujosos belenes.

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