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Una empresaria italiana, cuatro herederos y dos genios españoles: la historia oculta tras la resurrección de Corto Maltés

Por Alberto G. Luna

Hugo Pratt, 1966. Foto: Camerapohoto Epoche / ©Vittorio Pavan

Las ventas de Corto Maltés han repuntado en el mercado del cómic después de muchos años olvidado tras el fallecimiento de su creador, Hugo Pratt. Detrás del renacimiento de este célebre personaje que acaba de presentar un nuevo número en España, se esconde una trama digna de una serie de televisión: una aprendiz del dibujante que terminó heredando su obra, cuatro hijos no muy contentos, un juicio interminable y dos genios españoles.

El 20 de agosto de 1995 Hugo Pratt falleció en Pully, Suiza. Hacía mucho ya que había publicado Mû, el continente perdido, la que finalmente sería la última entrega de Corto Maltés. No obstante, los años y una enfermedad le habían convencido de pasar el tiempo que le quedaba tranquilo.

Una duda sobrevolaba, sin embargo, el legado del dibujante y escritor italiano: ¿quién sería el encargado de continuar con las historias de su célebre personaje? En una entrevista realizada en 1988, Pratt vaticinó que habría un final para Corto pero que no pensaba hacerlo él "porque Corto Maltés encontrará otro dibujante que le dé vida”. Algunas fuentes aseguran que se lo llegó a comentar a su amigo y también dibujante Milo Manara, aunque justo antes de morir se arrepintió y no se lo volvió a decir. Otros juran y perjuran que fue Milo quien lo rechazó, porque versionar a Corto no es como versionar a Astérix. Corto es Pratt. Ambas vidas, la de ficción y la real, están unidas.

Fuera como fuese, lo cierto es que el único que pudo haber enterrado a Corto para siempre —como hiciera Hergé con Tintín—, o al menos aclarado su futuro, lo dejó en el aire. ¿Algo realmente sorprendente? Ni mucho menos, Hugo Pratt era tan libertario como su mítico marino. Tuvieron que pasar 20 años para que una empresaria italiana decidiera resucitarlo al mismo tiempo en Italia, Francia y España en una carambola editorial europea insólita hasta la fecha.

Hugo Pratt. Foto:  CONG Sa

Patrizia Zanotti conoció a Hugo Pratt en los años 60 porque este frecuentaba el restaurante de su familia, que estaba en Milán. Resulta que al dibujante le gustaba tanto comer allí que se hizo amigo íntimo del padre, hasta el punto de ir los domingos a su casa. Un día cualquiera, le ofreció a su hija su primer trabajo de colorista, más por hacer un favor a un amigo que por otra cosa. Patrizia tenía 17 años y por aquel entonces pensó que ese primer empleo solo le duraría unos meses, pero con el tiempo pasó de colorear a ocuparse del acabado gráfico, la impresión y hasta las relaciones con las editoriales. Hoy, es la directora general de CONG S.A. y gestiona todos los derechos del dibujante en el mundo.

La explicación de esta distopía laboral que debería aparecer en todos los casos de éxito del clásico manual de recursos humanos que se precie, la pueden encontrar en que Pratt decidió traspasar a esta sociedad la propiedad y exclusividad de los derechos de autor de toda su producción, pasada y futura, dándole plena disponibilidad y control de su obra. Es decir, que Zanotti se convirtió en la legataria universal.

Desde entonces, la compañía ha explotado la concesión de licencias, el merchandising y los derechos audiovisuales de multitud de sus obras menores como Capitán Cormorant, Sandokán o Billy James, y, por descontado, también la de su obra maestra: en 2015, Patrizia logró poner de acuerdo a Casterman, Rizzoli y Norma Editorial para recuperar a Corto Maltés. Pero no lo tuvo fácil porque, como se podrán imaginar, nada de todo esto agradó lo más mínimo a los herederos del artista.

El misterio de las obras perdidas

Tras morir Pratt, sus hijos Lucas y Marina, nacidos de su primer matrimonio con Gucky Woroger, además de Silvina y Jonas, del segundo con Anna Fragner, interpusieron una demanda contra CONG S.A. al considerar que cientos de dibujos, bocetos, acuarelas y tiras originales no publicados habían desaparecido. Entre estas obras estaría el original del primer número de Corto Maltés, Una balada del mar salado, además de otros números de los Escorpiones del desierto, de un valor incalculable.

Portada de ‘La balada del mar salado’, 1967

El abogado de la familia llegó a hacer un cálculo aproximado del coste de las piezas desaparecidas: "Sabemos que una acuarela original de Hugo Pratt puede llegar a valer 20.000 euros. Si, como sostenemos, realmente han desaparecido tantos dibujos, es fácil calcular el importe de los daños". En cambio, la respuesta de la empresa siempre ha sido la misma: que aquellas obras nunca estuvieron en su poder y que Pratt las regaló en vida.

En todos estos años de juicios, se han publicado libros y artículos con testimonios de colaboradores y amigos del artista que afirman que Pratt siempre se negó a vender los originales en vida. Silvina Pratt de hecho, la única de los cuatro que ha continuado litigando con el transcurso del tiempo, creó incluso un comité de apoyo a los hijos de Hugo Pratt para arrojar luz sobre este misterio y, de paso, recaudar fondos con los que pagar a los abogados. En su blog, también llegó a denunciar que “a pesar de ser accionista de CONG S.A., ninguno de sus hijos ha recibido ningún tipo de ingreso o información acerca de las decisiones tomadas en relación con la obra de su padre”.

De nada le ha servido. Todavía hoy nadie sabe dónde están esos cientos de obras, aunque los hijos aseguran que cada poco aparecen en subastas privadas de todo el mundo. En Artcurial por ejemplo, han aparecido algunas de esas ventas. La portada de Ethiopiques sin ir más lejos, fue comprada por 370.000 euros.

Los dos genios españoles

Este mes de diciembre se ha presentado el quinto volumen de la nueva saga de Corto Maltés en España, y parece que habrá muchos más porque las cifras de momento acompañan. Patrizia Zanotti nos reconoce por teléfono que “cuando salió el primero se vendieron más de 350 mil copias, lo que supuso un incremento del 40% de las ventas de nuestro fondo. Entre Italia, Francia y España ya rondamos las 120 mil copias al año solo con esta serie”.

—Y todo esto con dos españoles para un cómic italiano.

—En mi cabeza no existen las nacionalidades. Ni Pratt ni Corto creían en ellas —responde sin ningún atisbo de duda—.

Y es verdad. Pero también, que cuando uno habla con Patrizia le da la sensación de escuchar al propio Hugo Pratt. Hasta la forma de contar la historia del renacimiento de su hijo predilecto.

Patrizia Zanotti y Juan Díaz Canales se conocieron cuando el guionista español publicó en Italia su obra maestra, Blacksad, con la editorial Lizard —hoy Rizzoli—. Se llevaron tan bien que, un día, en una conversación cualquiera, ella le ofreció resucitarlo.

—Le dije que los diálogos eran muy importantes para Hugo y que él se desenvolvía fantásticamente en ese tipo de situaciones.

El español le respondió que conocía de sobra la obra de Pratt y que era un admirador suyo. Después, fue él quien eligió a Rubén Pellejero como dibujante porque venía de la escuela de Pratt y se manejaba como pez en el agua en este tipo de historietas.

—¿Qué le dijo Hugo Pratt sobre qué debería de ocurrir con Corto cuando él ya no estuviera?

—Hugo Pratt siempre decía que necesitaba abandonar periódicamente a Corto y dedicarse a otras historias para no dejarse absorber por el fenómeno. En este sentido, le encantaban Fort Wheeling y Los escorpiones del desierto. Son sus otras dos obras favoritas. También decía que Corto tenía que vivir después de que él falleciera. Teníamos esa responsabilidad moral. Un día, me dibujó una salamandra sobre un papel porque quería montar su propia empresa. "Es un animal que da suerte", me dijo.

—¿Y los hijos qué opinaron al respecto?

—Nunca se puso en cuestión continuar con el nuevo Corto. Sí existieron problemas de herencia.

Hugo Pratt decía que Corto Maltés tenía que vivir después de que él falleciera. Teníamos esa responsabilidad moral

"Hugo Pratt decía que Corto Maltés tenía que vivir después de que él falleciera. Teníamos esa responsabilidad moral"

Peleas sucesorias al margen, la única verdad es que Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero han logrado una versión asombrosamente original y bella del nuevo Corto. Algo que no era sencillo porque Hugo Pratt fue un hombre profundamente marcado por los libros y los viajes, y había creado una de las novelas gráficas más intelectuales de la época, con multitud de referencias literarias. Para que nos entendamos: Corto conoce a Jack London y James Joyce, cita a Rimbaud y su libro favorito es Utopía de Tomás Moro.

Canales, que además de un guionista extraordinario es un gran estudioso, ha tenido que hacer malabarismos para situar las nuevas aventuras en los espacios temporales que dejaron las antiguas. Por este motivo, cada número cuenta con un momento histórico concreto: en este último —La línea de la vida—, la revuelta de los Cristeros en México. En Bajo el sol de medianoche, sin embargo, firma un mix entre Joseph Conrad y Robert Louis Stevenson. Una historia llena de batallas y traiciones, salpicada de libros y versos con el telón de fondo de un tesoro misterioso. Al mismo tiempo, el personaje principal se sigue cruzando con otros reales que marcaron su extenso universo ficticio.

Por su parte, el dibujo de Pellejero llama la atención por su extrema belleza, y su línea rápida y arriesgada, similar a la del autor original. Sin distracciones ni grandes alardes. El italiano consideraba que el dibujo muy detallado hacía perder el interés al lector, por eso prefería ajustarlo al guión para ayudarlo a seguir la narración gráfica. Algo que ha tomado al pie de la letra el español, añadiendo su estilo propio tan característico.

Juan Díaz Canales (al fondo) y Rubén Pellejero durante la presentación del último número de Corto Maltés en Madrid.

Corto Maltés, nacido en La Valeta, Malta, de un marinero inglés y de una gitana andaluza, apareció por primera vez en 1967, en una sociedad que necesitaba héroes contestatarios y libertarios. Curiosamente, la última referencia que dejó escrita Hugo Pratt sobre su personaje más ilustre la encontramos en un breve diálogo que aparece en otra de sus famosas sagas, Los escorpiones del desierto, donde un soldado abisinio amigo de Corto afirma que se le perdió la pista durante la Guerra Civil Española, sin especificar si había muerto o no durante una batalla.

Obviamente no puedo evitar preguntar a Patrizia si sus ojos verán morir a Corto, a lo que me responde que “no va a morir nunca. Podrá desaparecer, podremos desconocer dónde está, pero no se morirá. Es algo que nunca habría querido Hugo”. Y creo que tiene razón, porque como decía Pratt, “para el desarrollo de una buena historia siempre es esencial encontrar un buen final”.