‘Recuerda que morirás’: radiografía de una danza de la muerte, según William Kentridge
Por Pilar Gómez Rodríguez
Una danza de la muerte contemporánea, una oda a los que se ponen en pie y tiran para adelante, un recuerdo de que todo pasa y nosotros también… La emblemática pieza More Sweetly Play the Dance de William Kentridge, una de las joyas del proyecto PLANTA de la Fundación Sorigué, se podrá ver desde el 21 de noviembre en el Museo Picasso Málaga.
Ya sea aquella pareja mítica que con la vergüenza que les había procurado la conciencia de estar desnudos y poco más tuvieron que marchar del paraíso o los más antiguos antepasados del ser humano buscando alimento y refugio, la historia de la humanidad es la historia de sus movimientos, de sus expulsiones, de sus migraciones. La imagen es tan antigua como rabiosamente contemporánea: alguien recoge lo poco o lo mucho que tiene y se pone en marcha a la búsqueda de su destino. El destino, claro, se echa unas risas. Primero porque no es algo que se encuentra, sino que viaja a la espalda de cada cual, agazapado entre las demás pertenencias. Después porque ya se sabe: la vida es esa peli que siempre acaba igual.
Durante tres décadas, en las paredes del estudio del artista sudafricano William Kentridge había unas líneas que hablaban de destino y de camino. Un proverbio africano de origen desconocido que decía:
El que huyó de su destino: un viaje de sesenta años. Mientras se iba, lo esperaba, sentado a un lado, en la cuneta. Y decía: “¡Ven a comer, mi querido amigo!”
Y cuando le preguntó: “¿Quién eres?”
Dijo: “¿Acaso no soy tu destino?”
Una procesión de distintos grupos de personas avanza recorriendo los ocho paneles de una instalación videográfica, un friso de casi cuarenta metros, al son de una música hipnótica. Allí, en ese camino y en ese friso —que es el friso de la vida— está todo y están todos: los que mandan, las que siegan, los que vocean, las que doblan el lomo, los que bailan, las que tocan, los que enferman, las que anuncian, los que llevan la bandera, las que pelean con palos, los que juegan con palos, las que alzan sus palmas, sus ídolos, sus pertenencias, los que arrastran y tiran del carro. Y luego está el que gira saltando y va a la contra y el que es capaz de danzar con sus puntas… y su fusil. Todos salen, todos llegan. Porque ya sea arrastrando los pies o haciendo piruetas imposibles, la procesión tiene un comienzo y un final inesquivable. Entre medias, ahí están —y aquí estamos— marchando hasta que un día desfilamos.
El título que recibe esta obra es More Sweetly Play the Dance. Salió de la cabeza de William Kentridge, de un montón de ideas que bullían, de estímulos y propuestas que le fueron llegando, de su pasado, de su experiencia y de la energía de un estudio lleno de gente. La pieza se puede ver de forma permanente en PLANTA, el singular proyecto artístico que la Fundación Sorigué tiene en un complejo industrial dedicado a los áridos –en funcionamiento y abierto al público un sábado por la mañana al mes– en Balaguer, cerca de Lleida, donde Kentridge comparte cartel con artistas de la talla de Juan Muñoz, Anselm Kiefer, Chiharu Shiota o Bill Viola. Su instalación ocupa una nave entera.
Ahora que la Fundación Sorigué le dedica una exposición al proceso creativo de William Kentridge, esta emblemática pieza hace las maletas y se marcha al sur: desde el 21 de noviembre será la obra invitada en el Museo Picasso Málaga.

Alors on danse
Recuerda Montaigne en sus Ensayos que los egipcios, en medio de sus festines, sentaban a la mesa a un esqueleto para que sirviese de advertencia a los convidados. Es una clara escena de memento mori, esa expresión latina, traducida a menudo como “Recuerda que morirás”, que tantas veces ha sido tratada en la historia del arte. En su origen están también los jubilosos desfiles militares de la Antigua Roma. Detrás del orgulloso militar triunfante iba un siervo susurrándole esa frase… u otra parecida que según Tertuliano era: Respice post te! Hominem te esse memento! (¡Mira detrás de ti! Recuerda que eres hombre).
Heredero directo de esta tradición, el arte fúnebre de la Edad Media produjo distintas formas arquetípicas de recordar el destino inevitable del ser humano. Una de ellas es la danza de la muerte, composiciones en las que un conjunto de personas bailan con un esqueleto o es el propio esqueleto el que toca la música. La enseñanza tiene dos partes: la primera es el ya anunciado recuerda que eres mortal; la segunda, aprovecha el momento, vive con intensidad. Todo esto está presente en la gestación de More Sweetly Play the Dance, una pieza con tanta historia, trasfondo y tantas interpretaciones posible que cuenta con su propio catálogo. Una producción de PLANTA, CCCB y el Eye Filmmuseum de Ámsterdam, editado por nai010.
La danza macabra se mezcla en ese magma inicial con las pinturas de procesiones (y muy concretamente con algunas representaciones de Goya) y con el baile de esqueletos de Disney de 1929 y con algunas pruebas técnicas de un ordenador que recoge los movimientos de una figura y con los movimientos de la bailarina sudafricana Dada Masilo más buenas dosis del teatro de sombras. Se añade una pizca de la ópera de Alban Berg Lulú, basada en el teatro de Wedekind y el poema Fuga de Muerte de Paul Celan porque ustedes claven hondo con las palas los otros / continúen tocando hasta bailar y porque, además de esos versos, el título de la obra de Kentridge no puede negar el eco del que dice: toquen más dulcemente la muerte.
Todos esos elementos están presentes, desfilan de manera implícita o explícita en la parada de Kentridge. En concreto, tres esqueletos aparecen en un lugar central, hacia el minuto nueve, después de que una de esas personas sin nombre que tiran del carro del mundo haya pasado arrastrando la plataforma donde se dan discursos y se toma nota de esos mismos discursos. Es entonces cuando los esqueletos danzarines entran en escena para recordar que la muerte es patrimonio común: nadie deja de pasar por ese aro. Alors on danse.



Elogio de las sombras
Hijo de padres abogados especializados en víctimas del apartheid –su padre llegó a representar a Nelson Mandela en el Treason Trial–, la relación de Kentridge con la cultura europea siempre ha sido ambivalente. En su arte, como se ha visto, confluyen profundas y personales raíces alemanas, lituanas y judías que, al roce con sus vivencias y experiencia políticas, quedan subvertidas, proyectadas, resignificadas…
Tomemos al santo patrón de la filosofía en Occidente, Platón. Nos fijamos en el mito de la caverna, esa “vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello”. Detrás de ellos, un muro por detrás del cual se despliega el trasiego del mundo. Las personas van y vienen por allí portando todo tipo de objetos cuyas sombras, gracias a la iluminación, se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver. El resultado es que los encadenados considerarán como verdaderos aquellas sombras sin saber, ni intuir jamás nada de lo que sucede a sus espaldas. Ha de venir alguien, un libertador, a decirles que no, que las sombras no son la realidad, sino un fake y que más arriba se encuentran las verdaderas cosas.
En esta pieza, Kentridge trabaja con las sombras y les rinde un homenaje entregado. Las matiza, sus figuras tienen reflejos coloridos, no son planas. En el catálogo se lee: “Platón escribe sobre las sombras de las cosas que se proyectan contra la pared. Pero en la procesión trabajamos con siluetas de personajes. Si uno quita toda la luz a los actores y la dirigimos a la pared del fondo, los personajes parecen sombras; vacíos de sustancia, un rastro de algo diferente. Más si ponemos una luz lateral al final de la larga pasarela, emergen rastros de colores en sus disfraces”. Esos colores, lo explica a continuación, los consigue con láminas de plástico. De ese modo saca ligeramente a sus figuras de la penumbra vacía y convierte así a las sombras ligeramente coloreadas en las protagonistas. No necesitan avisadores, no quieren iluminadores. William Kentridge se atreve en More Sweetly Play the Dance a enmendarle la plana al mismísimo Platón. No hay otra vida más allá de las sombras: las sombras son la nueva luz.

Política sin manifiestos
En la torrencial avalancha de significados de la obra no falta tampoco una lectura política. Aparte de subvertir el mito de la caverna, como subraya en el catálogo el director de exposiciones y comisario del Eye Filmmuseum Jaap Guldemond, Kentridge propone aquí también en entredicho el concepto de la Ilustración y cierto cariz redentorista de la época de las luces. Alude al proyecto colonizador del siglo XIX en África para concluir que “el pretexto de traer luz al continente negro es una elaboración según Kentridge espeluznante de la pulsión de la caverna de Platón. En otras palabras, la iluminación que proviene del mito de la caverna de Platón conduce, en sentido figurado, a sombras oscuras”.
La manera de ser político del arte de Kentridge es muy interesante. Nada de apriorismos, nada de objetivos. Político puede ser el resultado de una obra, pero para empezar hay que desterrar toda evidencia: “Empezar con un manifiesto político es muy mala manera de abordar el arte”, dijo en unas declaraciones que recoge el artículo de Guldemond. La forma de ser político de su arte es a través “de la ambigüedad, contradicción, gestos incompletos y finales inciertos”. Además de política, esta apuesta tan personal de Kentridge lleva adherida otra condición: la necesidad de que el espectador haga su trabajo.
William Kentridge cuenta con los espectadores para que su obra tenga sentido. Es una transferencia muy poderosa y se pone en marcha cuando se inicia la proyección. La obra cobra vida, marcha, avanza, mientras que el espectador permanece sentado, quieto, a menudo sobrecogido por la potencia de las imágenes, abrumado ante tanta información y rendido ante la amalgama de los contrastes. Casi quince minutos de visión y reflexión sin gravedad, sin sermones, solo con la mística de la yuxtaposición al son de una música –la banda Immanuel Essemblies Brass Band fue invitada al estudio para formar parte de la obra y participar en el desfile– evocan el gran carnaval que es el mundo y lo efímero de la vida.
De modo que uno es responsable del resultado final de More Sweetly Play the Dance. Por eso es inolvidable. Casi nunca se sale de un cara a cara con la muerte tarareando una cancioncilla. ¿Ironía? “Hay ironía, por supuesto, en un baile tanto a favor como en contra de la muerte. La muerte cual bailarina guiando a sus compañeros hasta su fin, y la idea medieval de que, si uno bailaba lo bastante frenéticamente, si se liberaba la suficiente energía en la realización del baile, uno podía mantener a raya la muerte”, escribe William Kentridge en sus notas al proyecto. Alors on danse…



