Protagonistas

William Kentridge: “Dejé de intentar predecir si debería hacer películas, teatro o simplemente arte”.

Por Sol G. Moreno
Retrato de William Kentridge
Foto © Marc Shoul

Blanco, sudafricano y anti apartheid. William Kentridge es descendiente de judíos alemanes emigrados al continente e hijo de uno de los abogados de Mandela. Quizá por eso estudió Políticas, aunque lo suyo siempre ha sido el arte: desde el teatro o el cine, al dibujo y la animación. Un trabajo comprometido con la memoria histórica de su país que ahora presenta en la Fundació Sorigué.

Actor, guionista, director de cine, profesor, mimo, dibujante… Los intereses juveniles de William Kentridge (Johannesburgo, 1955) fueron tantos, que durante un tiempo no supo a qué dedicar su vida profesional. Probó prácticamente todas las disciplinas y en todas “fracasó”, según cuenta. Pero aquellas supuestas derrotas le permitieron ser lo que es hoy, un creador total, autor multifacético que aúna en sus obras dibujos, grabados y collages, además de danza y stop motion.

Su trabajo siempre ha girado en torno a la emoción humana, la represión y el apartheid. Puede parecer raro que un blanco trate estas cuestiones raciales, pero su familia le enseñó desde pequeño a valorar la igualdad. Su abuelo paterno era abogado y parlamentario, su abuela materna fue la primera abogada en Sudáfrica y su padre estuvo implicado en procesos como la investigación de la masacre de Sharpeville o el juicio a Nelson Mandela. Con esos mimbres, no es extraño que la vida del artista sudafricano haya transcurrido en paralelo a los derechos de los más desfavorecidos, ni que estudiase Políticas.

En España era completamente desconocido hasta hace 25 años, cuando el MACBA de Barcelona organizó su primera exposición. Después llegó la del CAC de Málaga y su desembarco definitivo en nuestro país de la mano del Reina Sofía en 2017, año en el que le concedieron el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Ahora regresa a España por partida doble. Hace unas semanas viajó desde Sudáfrica hasta Lérida para presentar nueva exposición en la Fundació Sorigué. Y de ahí al Museo Picasso de Málaga, que recibe una de sus piezas como Obra Invitada.

William Kentridge junto a una de sus obras
Foto: Fundació Sorigué

¿Qué podemos ver en la muestra titulada William Kentridge. Fondació Sorigué?

Es una selección de las obras mías que conserva la propia institución, a la que se han añadido algunos préstamos, además de dibujos y películas que he traído desde mi estudio en Johannesburgo. Cubre desde los años noventa hasta mi obra más reciente, Self-Portrait as a Coffee-Pot.

Creo que es una serie donde aborda, con humor, el proceso creativo… ¿Cómo se le ocurrió la metáfora de la cafetera?

Bueno, en el vídeo de presentación cuento que a los tres años quería ser un elefante y no lo conseguí. Después traté de ser actor, pero me di cuenta de que no era lo mío. Así que me vi abocado a ser artista y trabajar en el estudio, un lugar que considero no solo un espacio físico sino también metafórico, porque además de crear obras, se crean significados (aunque nunca los descubro hasta que no termino la obra). De modo que uno piensa que va a hacer un cuadro que represente todo el universo, pero termina con una cafetera.

No es la primera vez que trabaja con Sorigué, que ya exhibe de forma permanente una pieza suya en PLANTA: More Sweetly Play the Dance. ¿Qué quiere expresar con esta instalación?

Es una proyección de ocho pantallas que ocupa casi 40 metros de longitud y se ubica en un hangar construido expresamente para ella, lo que significa que se ve en un muy buen contexto. Representa una danza de la muerte. En nuestro caso, por ejemplo, el Ébola o el COVID podrían llevarse a todos, porque nadie es inmune: el rey, el sacerdote, el granjero, el campesino o el niño… Todos podrían morir, por eso todos ellos están representados. Con esta pieza quiero transmitir la sensación de una procesión de personas en toda su vulnerabilidad.

“Con esta pieza quiero transmitir la sensación de una procesión de personas en toda su vulnerabilidad”

“Con esta pieza quiero transmitir la sensación de una procesión de personas en toda su vulnerabilidad”

Sin embargo, algunos de esos seres bailan con alegría, no parece una escena macabra sobre la muerte…

Porque en la era medieval esta danza también representaba una danza contra la muerte. En algunas zonas, existía la creencia de que si todo el mundo se reunía en la plaza del pueblo y bailaba mientras la plaga estaba presente, la energía colectiva mantendría a la epidemia alejada y saltaría a otro pueblo, de modo que la gente se salvaría. Así que al final es una representación tanto de la vulnerabilidad frente a la muerte como de la resistencia a ella.

Creo que estudió Políticas, ¿cómo acabó en el arte?

Cuando era adolescente, me pasaba el día pintando. También asistía a clases de dibujo al natural por las tardes y trabajaba en el teatro del instituto. Incluso mientras estudiaba Políticas, seguía dibujando y colaborando en producciones teatrales. Cuando terminé la universidad, seguí con mis clases de arte y trabajé como profesor. Luego decidí que necesitaba concentrarme en una cosa, pero mientras pensaba qué haría, me di cuenta de que tenía 30 años y seguía desempleado. Así que decidí que si iba a hacer algo tendría que estar relacionado con el arte, por eso a partir de esa edad empecé a describirme como artista.

Al principio apostó por su faceta como actor y se marchó a París a probar suerte. ¿Qué tal le fue?

Tuve una crisis de confianza en mi forma de hacer arte, así que pensé que lo mejor sería convertirme en actor. Me fui a la capital francesa a estudiar interpretación, pero entonces descubrí que no era actor y que me interesaba mucho más la parte de la dirección, por eso estudié en la École Jacques Lacombe. Eso me permitió conseguir un trabajo en la industria cinematográfica, donde estuve un par de años.

Si le gustaba tanto la dirección, ¿por qué dio el salto a las artes plásticas?

Porque el tipo de películas en las que estaba trabajando era tan deprimente, que al final estaba de vuelta en el estudio haciendo dibujos. Una vez más, no fue una decisión clara. Fue algo de lo que me di cuenta: estaba pasando más tiempo en el taller. A partir de entonces, dejé de intentar predecir si debía hacer películas, teatro o simplemente arte y permití que todo hirviera en torno a mí.

Imágenes de sala de la exposición que puede verse actualmente en Lérida
© Fundació Sorigué

Sus obras siempre parten de papel y carboncillo para mostrar las emociones humanas, especialmente las que se refieren a uno de los capítulos más oscuros de Sudáfrica. Sobre eso le he escuchado decir que “dibujar algo es una forma de controlarlo”, ¿cómo una especie de terapia?

No recuerdo si dije exactamente eso, pero sin duda es una manera de relacionarse con ello. Hay una forma en la que el mundo –sea cual sea el tema, doloroso o no– entra en el estudio mientras estás ocupado dibujando, entonces la herida se vuelve impotente, por así decirlo; y se reduce al mismo estatus que un jarrón de flores en el taller. De modo que es solo una cuestión de carboncillo, tinta, papel y movimiento de los brazos para permitir que surja la conversación entre uno mismo y la imagen. Cuando todo termina, uno espera que se reconecte con el primer impulso, que puede ser de ira, pena o deseo. Por lo tanto, no es exactamente lo mismo que una terapia, pero sí es terapéutico.

Hay gente que prefiere el olvido, pero usted quiere recordar…

Creo que hay un consuelo, casi físico, en esa actividad dentro del estudio. Aunque siempre hay un peligro que a menudo preocupa a los artistas: ¿Es este trabajo en solitario una especie de terapia o tiene conexión real con el mundo exterior? Es decir, ¿tiene algún vínculo con alguien más que lo mira?

En ese esfuerzo por recuperar la dolorosa historia de su país y conectar con el público, ha creado personajes como Soho o Felix. ¿De dónde los ha sacado?

No los encuentro tanto yo a ellos como ellos a mí. Cuando comencé la primera animación, había dos personajes: Soho Eckstein y Felix Teitelbaum; un señor con traje que representaba al típico hombre de negocios de los últimos 150 años, y otro desnudo. La verdad es que no tenía ni idea de que se quedarían y aparecerían en tantas otras obras, pero lo han hecho.

¿Algún otro personaje recurrente?

También están Ubu y Zeno, que vinieron para un solo proyecto, pero se han quedado. Igual que Rinoceronte, que ha aparecido bajo muchas apariencias en diferentes películas. Todos son como un grupo de actores de la commedia dell' arte, personajes estereotipados esperando representar diferentes historias y ser llamados al escenario mientras se cuentan otros relatos.

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