Los edificios que nunca existieron
Por Sofía Guardiola
Son estructuras que nunca vieron la luz pero, sin embargo, dejaron tras de sí un rastro de su existencia: desde algunos bocetos iniciales de Le Corbusier o Frank Lloyd Wright a detallados renders de Norman Foster o Zaha Hadid que muestran aquello que pudo haber sido, pero que nunca llegó a materializarse.
En un principio, la diferencia entre existir y no existir parece sencilla, algo que cualquiera puede, a simple vista, reconocer. Sin embargo, si nos ponemos a pensarlo más detenidamente, se plantean ciertos problemas. Los límites entre lo que tiene presencia y lo que no son más difusos de lo que parecía a simple vista. En esto se apoyan, por ejemplo, el cine y la literatura de terror. Pero esta interesante frontera entre ser y no ser puede analizarse casi desde cualquier prisma. La editorial Phaidon lo demuestra con su libro Atlas of Never Built Architecture la obra de Sam Lubell y Greg Goldin que nos revela proyectos de edificios que nunca llegaron a construirse.
En la obra se muestran más de 300 proyectos, abarcando una gran cronología en la que aparecen desde los grandes nombres del siglo pasado –Le Corbusier o Frank Lloyd Wright– hasta arquitectos actuales como Norman Foster o Zaha Hadid.
Muchos de los edificios que componen el volumen son audaces en sus formas y muestran aspectos futuristas, casi de película de ciencia ficción. En el caso de algunos, fue quizá ese carácter demasiado visionario de sus diseñadores lo que los condenó a no construirse nunca. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con las Stone Towers que Zaha Hadid diseñó para Katameya, en Nuevo Cairo, en las que llevaba al máximo exponente su gusto por curvar las líneas, y que acabaron siendo sustituidas por un proyecto de apariencia más mediterránea.


Sin embargo, en la mayoría de proyectos, el motivo por el que nunca llegaron a hacerse realidad es mucho más prosaico: simplemente no alcanzaron la financiación necesaria para llevarse a cabo. Este fue el caso de la propuesta de Chloethiel Woodard que aparece en el atlas. Conocida como una de las mujeres pioneras de la arquitectura estadounidense, Woodard se caracterizó por sus diseños en zonas residenciales de Washington, que determinaron en gran medida el aspecto que tiene hoy en día la ciudad. Washington necesitaba albergar a un número cada vez mayor de ciudadanos, y la arquitecta siempre trató de conseguir soluciones prácticas a este problema que, sin embargo, permitieran que la ciudad no perdiera su carácter. Preservó las viviendas históricas coloniales, y las combinó con sus edificios modernos, pensados para no alterar el paisaje de forma negativa.
Además, también le preocupaban las necesidades de los ciudadanos que habitaban sus edificios, buscando proveerles de lugares destinados al ocio y el comercio próximos a sus residencias. Por ello diseñó el puente Washington Channel, que debía alzarse sobre el río Potomac y que, inspirado en el Ponte Vecchio de Venecia, debía cumplir su función de conectar una orilla con la otra al mismo tiempo que albergara comercios y locales dedicados al ocio en su interior. Aunque la administración pública se vio interesada por el proyecto, este no alcanzó la cantidad necesaria de financiación privada, por lo que nunca abandonó el papel para convertirse en un lugar real.
En Atlas of Never Built Architecture pueden verse todo tipo de construcciones, desde casinos a torres de oficinas pasando por hoteles y hospitales. También abundan los monumentos conmemorativos –como el la Bahía de Cochinos–, las universidades y los edificios públicos, sin olvidar los centros religiosos, todos ellos repartidos por los cinco continentes. Por supuesto, España no podía quedar fuera del volumen.


El sueño futurista de Bofill
Entre los proyectos patrios nunca existentes se encuentran algunos de los grandes de nuestra arquitectura, como Alberto Campo Baeza o Tuñón y Mansilla y, por supuesto, Ricardo Bofill. De este último se detalla la historia de su proyecto frustrado en Moratalaz, la Ciudad en el Espacio, una utopía que nunca llegó a hacerse realidad pero que en los últimos años ha sido redescubierta –a pesar de no haber llegado a existir nunca– y se ha colado en la cultura pop, seguramente por su encanto hippie, empapado del espíritu de mayo del 68 y los aires de cambio que soplaban entonces en Europa.
El proyecto pretendía ser un complejo de viviendas a gran escala, inspirado en la realidad social de la época, capaz de albergar a un gran volumen de ciudadanos que se mudaban a la capital, sin que sus condiciones de vida se viesen perjudicadas. Estos edificios buscaban, sobre todo, la flexibilidad, adaptarse al lugar en el que estarían emplazados y a sus necesidades concretas, por lo que se construían mediante bloques geométricos prediseñados que podían combinarse de múltiples formas, cuya apariencia se nos antojaría ahora como la de colmenas retro-futuristas. En teoría, tendrían múltiples plantas interconectadas entre sí, y el 50% del espacio de cada una estaría destinado a zonas públicas, jardines, lugares de circulación… lo cual favorecería un tejido social, de barrio.


En este caso, fue la política la que propició que no exista hoy la Ciudad del Espacio: Vicente Mortes, tecnócrata y ministro de Vivienda que había concedido a Bofill la parcela en la que se construiría el proyecto en Moratalaz, se encontraba enfrentado al entonces alcalde de Madrid, Arias Navarro, y esto, unido al sabotaje de la constructora de los solares aledaños, hizo que no tengamos hoy, a las afueras de Madrid, un edificio de aspecto utópico y futurista que capte, como la Muralla Roja o Les espacies D’Abraxas, la atención de todos los amantes de la arquitectura y los fotógrafos.



