Las 2.000 obras de Jorge Demirjian que no aparecen en los museos
Por Diana Arrastia
Rodrigo Demirjian desmantela el taller de su padre en la película El legado y construye un retrato en el que aborda el duelo, las relaciones padre e hijo y la inmensa e interesante obra de un pintor que dedicó su vida al arte.
“Mi padre iba a su taller seis días a la semana, ocho horas diarias, y comenzó a pintar a los 20 años. Fueron 64 años de pintar sin parar por afán de autosuperación y porque daba sentido a su vida, que no es poco”, afina Rodrigo Demirjian sobre el artista que fue su padre y que, con su fallecimiento, dejaba en su taller del barrio de San Telmo, en Buenos Aires, cerca de 2.000 obras entre lienzos y dibujos.
Esto ocurría en 2018 y se convertía en la premisa de una película que, tras su exitoso paso por los festivales Hot Docs y BAFICI, ha sido estrenada en España y podrá verse los próximos 25 y 26 de octubre en la Sala Berlanga de Madrid. El legado, que firma el polifacético artista Rodrigo Demirjian, aborda el desmantelamiento del taller del pintor Jorge Demirjian (Buenos Aires, 1932 - 2018), quien abrazó una pintura figurativa que muchos vinculan con la neofiguración.
“Fue algo bastante difícil de afrontar. Llevaba muchos años sin ir a Buenos Aires y, cada vez que lo hacía, mi relación con mi padre se volvía a torcer. Al encontrarme con la inevitable situación de desmantelar su taller, decidí hacerlo con la cámara y unas muy escuetas secuencias escritas de las cuales quedaron dos o tres en el corte final. Rodé para que no solo fuera un mero proceso de desmantelación y huida, sino también un reencuentro con su figura ausente. Me sirvió para revertir una situación negativa en algo positivo y constructivo. De algún modo, agenciarme el lugar que mi padre no había sabido / podido darme”, detalla el videoartista afincado en Madrid desde 2004.
¿Por qué no está su obra en las pinacotecas?
Son muchas las preguntas que surgen cuando un creador se va y deja una obra inmensa. La primera: ¿qué se hace con todo esto? “De momento, protegerlo para que no termine mal vendido ni en espacios de exhibición inadecuados”, dice el director. La segunda: ¿por qué esta obra no está donde tendría que estar? Aquí, la respuesta se alarga.
“Los museos suelen tener una cantidad exorbitante de obra en los depósitos sin ser exhibida y un porcentaje bajísimo para la exposición en sala. Mi padre tiene obras en los más reconocidos museos de Argentina, pero son exhibidas de manera muy esporádica por la falta de espacio. También hay que decir que él no se dedicó a hacer mucho lobby en los últimos años, prefería pintar. Además, hay pocos países que se arriesgan económicamente a apoyar a sus artistas para que salgan al mercado. Ni Argentina ni España son famosos por ello. Esto tendría que ser un trabajo del estado y de inversores privados, no tanto del artista y menos de la familia”, reivindica.
Lejos de ser una película biográfica sobre la figura de un pintor, El legado nos acerca a la persona que fue Jorge Demirjian. “No quería hacer un biopic, ni un tributo, ni una catarsis con la figura de mi padre. Ahora que el documental ya está terminado, puedo decirte que, inconscientemente, mi intención fue hacer mi película y darle un espacio a mi padre”, confiesa el director.
Que Jorge Demirjian se formó con los grandes maestros Emilio Pettoruti y Horacio Butler no nos lo cuenta Rodrigo Demirjian en su película. Tampoco que la carrera de su padre se forjó sobre un largo periplo europeo. En 1960 recibió una beca del Fondo Nacional de las Artes y se estableció en Milán. Entre 1964 y 1966, se mudó a París y de allí viajó a Nueva York. En 1968, de vuelta a Buenos Aires, formó parte de la emblemática generación artística del Instituto Di Tella. De 1970 a 1972 se trasladó a Londres para hacer un posgrado en la prestigiosa Slade School of Fine Art. Entre 1976 y 1980, pasó otros cuatro años en París, donde conoció a Francis Bacon. En todos estos lugares, Jorge Dermijian exhibió su obra hasta que, en 1980, decidió volver a Argentina donde, además de pintar y dibujar, fue profesor de la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto De La Cárcova (hoy, parte de la Universidad Nacional de las Artes).
En El legado, Rodrigo Dermijian tampoco presume de que su padre representó a Argentina en la Bienal de Venecia de 1972. Ni de que prestigiosos museos repartidos por el mundo exponen su obra: el Museo de Arte Moderno (Buenos Aires), el Museum of Modern Art (New York) o la Fond National d’Art Contemporain (París), entre ellos. Su intención es otra.
‘Cabeza con quijada blanca’, 1964, Jorge Demirjian
‘Diálogo insólito’, 2011, Jorge Demirjian
‘Amor - Temor’, 1964, Jorge Demirjian
‘De la pata del caballo’, 1967, Jorge Demirjian
‘Dos personajes’, 1996, Jorge Demirjian
La persona, no el pintor
Una cámara fija asiste al movimiento que se da en un taller de pintura que está siendo desmantelado. A veces, está muy presente. Otras, parece olvidada. Por delante de ella desfilan sus protagonistas. Desde Rodrigo Demirjian, artífice de la hazaña de sacar hasta 2.000 obras de un espacio lleno de recuerdos de tres generaciones, hasta su hermana y su madre, y también artistas amigos y colaboradores de su padre. “Le retrato como persona y no como pintor. Prácticamente, no sabemos nada de su carrera como artista y, a pesar de que no se le ve en la película, sí nos podemos hacernos una idea de cómo era”, cuenta.
“Qué importa la posteridad, lo importante es hacerlo (pintar)”
El audio de diferentes conversaciones telefónicas mantenidas entre padre e hijo, en la distancia Buenos Aires-Madrid, durante la etapa final de vida del artista, se intercala en el relato audiovisual. “Qué importa la posteridad, lo importante es hacerlo (pintar)”, dice Jorge Demirjian en una de ellas en relación a la fama póstuma. Ahora, su hijo le otorga una muy especial en forma de película.
Transitar el duelo junto a su familia y gestionar la obra de su padre ausente no fue tarea fácil para el hijo y director. Hasta el punto de que ese reencuentro le llevó a replantearse su futura paternidad, algo que también recoge el documental. “Fue una coincidencia que no quise dejar pasar. Me estaba reconciliando con la figura de mi padre y, a la vez, me transformaba en padre”.
Dice Rodrigo Demirjian que, en ocasiones, le ha venido a la memoria una charla que mantuvo con su padre poco antes de su marcha. “Llegué a la conclusión de que, en cierto punto, mi manera de hacer cine tiene una similitud con su manera de pintar. Él no quería ser anecdótico con los temas que escogía. No quería ser literal. Sus cuadros no cuentan nada, es la pintura la que manda, no lo que sucede en la imagen. Y a mí tampoco me gusta hacer un cine que cuenta una historia, sino un cine que toca ciertos temas. No dejarlos todos cerrados y, menos aún, mascados”.
Han pasado seis años desde que Rodrigo Demirjian desmontara el taller de su padre durante un mes y medio, sin prisa, y grabara más de 120 horas de material. ¿A dónde ha ido a parar el legado? “Algunas obras se encuentran en algunos museos de Argentina y del extranjero. El resto está en un depósito para su conservación. Esperando su turno”, cuenta.
De la inmensa obra de su padre, él solo conserva una pequeña obra de los años 60. Ahora la tiene su ex mujer, que vive con su hijo. “Prefiero que la vea él, yo ya la tengo muy vista. No es fácil sacar obra del país, pero me gustaría tener un cuadro más importante de mi padre en mi casa. Algún día”.