En el madrileño barrio de Tetuán, los vecinos que habitan en las casas bajas se han visto forzados a convivir con dos moles de viviendas de más de 100 metros que les dan sombra y les han quitado las vistas. No serán las únicas, a pocos metros se están terminando las obras de otras dos torres de la misma altura.
Desde la casa de Pedro, ubicada en la calle Alberdi, en el barrio de Tetuán, hace tiempo se podía ver la sierra de Madrid y hasta el Valle de los Caídos. “Los días despejados contemplabas la Bola del Mundo”, nos dice desde la silla que se encuentra justo al lado de su puerta de entrada. Pedro tiene 73 años y vive en la típica vivienda de pueblo de una sola planta, con más años que el sol, que era de sus padres y donde él creció. Esta se encuentra justo enfrente del fronterizo Paseo de la Dirección, un mirador desde el que contemplaba unos idílicos atardeceres rojos y naranjas. Hoy, sin embargo, la silueta de dos gigantescas moles con más de 600 viviendas y 25 plantas se erige imponente delante de su ajada cara.
“Las edificaron en muy poco tiempo. Un día comenzaron a llegar máquinas y cada día eran más altas. Nunca pensé que lo fuesen a hacer. La madre que los parió, ya no vemos nada”, añade resignado.
Pedro dejó el colegio a los 10 años y desde entonces no ha dejado de trabajar. Lo hizo primero en un almacén de La Ventilla, después de botones en un hotel y finalmente en el antiguo cine Candilejas. Desde la plaza de Luca de Tena se volvía caminando todas las noches hasta Tetuán. “En verano los vecinos mirábamos el atardecer y cuando hacía mucho calor sacábamos el colchón fuera. Dormíamos en la calle, donde se estaba más fresco”. Su día a día, ya jubilado, transcurre entre paseos, algunas visitas al Mercadona y, sobre todo, al bar Vista Bella. Llamado así porque también da donde se pone el sol. Esa puesta de sol que ya no ve Pedro ni muchos de sus vecinos.
Vista Bella está presidido por Dori quien, con mucho genio y mano dura, emite sentencias de forma tajante y seca. No habla mucho, pero en cada frase que suelta, sienta cátedra. “Primero nos quitaron el rastro, que se llevaron a la Avenida de Asturias. Después nos dijeron que iban a poner miradores y puentes. Y al final nada. En su lugar nos han colocado una valla en la puerta y un muro en la curva”.
Dori es de Soria, de El Burgo de Osma, allí la conocían como la de la moto “porque en esa época pocas mujeres circulaban”. Hace muchos años que vino al barrio. En la barra desde la que nos habla tiene una máquina de café y un par de platos con churros y porras. También algún que otro litro de leche abierto, sobres de ColaCao y cajas de Fanta y Coca-Cola. Cuando charlamos con ella es mediodía pero hay menos gente que un domingo a las 00:00 en la línea 9 del metro. Hasta no hace tanto, el bar atraía a numerosos clientes que venían a ver el atardecer y volvían a sus casas con andares peculiares. Ahora cierra pronto y el negocio se ciñe a servir desayunos y carajillos antes de la comida. “Antes los vecinos venían a tomar algo, pero con el tiempo han ido desapareciendo. Los de ahora no hacen vida de barrio. Los negocios como este terminarán cerrando. Es lo que quieren. Solo piensan en ganar dinero y en construir edificios. Las personas ya no importamos”.
El dilema de la ciudad del futuro: ¿edificios en altura o infinitas periferias?
Los dos edificios Bext Skyline conforman uno de los residenciales más altos de Madrid y están separados del resto de casas bajas únicamente por una estrecha calle. Huelga decir que esta se pasa prácticamente todo el día a la sombra. El proyecto fue promovido por la inmobiliaria suiza Stoneweg, en colaboración con el fondo de inversión británico M&G, el cual adquirió una de las torres para destinarla exclusivamente a alquiler. Un cartel de desproporcionadas dimensiones anuncia actualmente viviendas de 1 a 3 dormitorios. Entrega inmediata. A pocos metros, en el 103 de Marqués de Viana y el 209 del Paseo de la Dirección, se están terminando las últimas obras de otros dos edificios en altura. En este caso la constructora es Acciona y la promotora también Stoneweg, para AXA Investment Managers. En total suman cerca de 1200 nuevas viviendas —con sus problemas de entradas y salidas— pensadas para hacer la vida dentro de la urbanización, que no fuera, de ahí sus amplias zonas comunes valladas, gimnasios, garajes y piscinas.
Como ambos proyectos han sido obra de Touza Arquitectos, hablamos con Julio Touza quien, al igual que otros especialistas como Rubio Carvajal, es un firme defensor de este tipo de estructura vertical. “Estamos viviendo una de las épocas de mayor crecimiento urbano de la historia —nos explica nada más descolgar el teléfono—. Frente a este fenómeno, las grandes ciudades tienen dos opciones: crecer en densidad o hacerlo hacia las afueras. En mi opinión, la arquitectura vertical concentra servicios y hace posible la ciudad de los 15 minutos. Extendernos hacia la periferia implica crear más barrios satélite desconectados del centro”.
"Estamos construyendo edificios altos en sitios que no están pensados para ello" Sigfrido Herráez, Decano del Colegio de Arquitectos de Madrid.
—Sin embargo, todavía hay mucho espacio entre la M-30 y la M-40 —contraataco—. Mire Isla Chamartín por ejemplo, que a mi particularmente no me gusta pero es una isla rodeada de asfalto que a nadie molesta. Algo que en Tetuán no parece estar ocurriendo…
“En el barrio de Tetuán se daban las circunstancias óptimas para edificar en altura. El Paseo de la Dirección no estaba completo. Por otra parte, en muchas ciudades nadie se cuestiona que abras la ventana y te encuentres con otra casa. Si yo hubiese construido un edificio de siete plantas también habría quitado las vistas a los vecinos. Las torres de 100 metros son razonables: respiran porque están separadas, se encuentran próximas a dos ejes principales y revalorizarán el barrio como lo hizo Riverside en Madrid Río. La ciudad del futuro pasa por que los ciudadanos se acostumbren a vivir entre estructuras heterogéneas. Al principio les choca, es normal. Llevan toda la vida viendo algo y de repente cambia. A todos nos pasa. Con el tiempo, sin embargo, muchos proyectos terminan siendo abrazados por la mayoría”.
Sigfrido Herráez, decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM), tiene otra visión ligeramente distinta. Él es de la opinión de que “estamos olvidándonos de ciertos principios básicos del urbanismo y construyendo edificios altos en sitios que no están pensados para ello. Creando estructuras que dan sombra y quitan visión a los ciudadanos”. En su libro Life between buildings, el arquitecto Jan Gehl también expuso su idea de por qué los edificios residenciales altos no son convenientes. En líneas generales, pensaba que las personas necesitan espacios públicos luminosos en los que poder caminar y estar con más gente, y no calles a la sombra.
Las vecinas felices de la calle Crotón
A día de hoy, los vecinos del Paseo de la Dirección que quieren ir a Bravo Murillo tienen que coger el 11, un autobús que, según nos relata otra mujer que vive en la calle de Carmen Portones, enfrente de las nuevas torres, va siempre lleno. “Si quieres ir en bus te toca esperar la fila. ¿Qué ocurrirá cuando lleguen todos estos nuevos vecinos? Estos edificios son un atentado contra el barrio. No solo nos han quitado las vistas, también la brisa tan necesaria en verano”.
Pero no piensen que están todos descontentos.
La calle Crotón es una pequeña vía sin salida que cuenta únicamente con dos casas de una sola planta. En esta desapercibida arteria en la que, en ocasiones, se olvida de pasar hasta el camión de la basura, vive María en una de las viviendas, y en la otra, Irene y su hija María del Carmen. Las únicas vecinas que están contentas con las torres, eso sí, porque ya no tenían vistas. “Como hace tiempo nos construyeron otra casa delante, ya no veíamos la sierra. Además, las nuevas nos quitan el calor en verano porque nos pasamos el día a la sombra. Y hasta nos gustan sus luces de noche”, reconocen no sin cierta sorna.
—¿No os recuerdan a la puerta de la Feria de Abril? —con más sorna—.
—A mi me alegran —añade Irene, la más mayor de todas—. Nos iluminan la calle, que falta nos hace.
Irene nos dice que hace muchos años compró la casa por 250 pesetas, y que por aquel entonces iban los traperos a recoger la basura. “Venían más antes que ahora. La calle la tenemos que limpiar nosotras porque siempre se les olvida que existimos”. Tampoco viene nadie a cuidar el único árbol que tienen, así que nos pide mandar un mensaje a nuestro querido Ayuntamiento: las raíces están empezando a campar a sus anchas y tampoco le vendría mal una buena poda. Estas tres mujeres les estarían muy agradecidas.
Y cuando les preguntamos si podemos hacerles un par de fotografías, nos mandan al mismo sitio que lo hizo Pedro. Debe ser algo contagioso en el barrio.
Hace tiempo, Benito Pérez Galdós compartió cierta preocupación en su Fortunata y Jacinta por las nuevas edificaciones que se estaban propiciando en la calle de Santa Engracia: “Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una línea del paisaje; parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que borraban. De abajo a arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo que se anega”. ¿Cómo queremos que sean nuestras urbes dentro de 50 años? Quizás la respuesta a esta pregunta la encontremos en otra aún más importante que se han de hacer los arquitectos modernos: si con su actuación el lugar mejora.