Podía haber sido un catálogo de obras arquitectónicas, pero Agustín Ferrer Casas prefirió viajar —con sus luces y sus sombras— de la mano de la agitada vida del arquitecto a través de los momentos más importantes de la historia del siglo XX. Quizá así se explica por qué esta biografía incombustible sigue sumando ediciones y lectores.
Malo, miserable, asqueroso, chungo, piojoso incluso… Todo esto significa “mies” en alemán y lo recordaba hace no mucho en X el traductor André Höchemer. Está especializado en cómics y se ha encargado de verter a esa lengua MIES, la incombustible biografía de Mies Van Der Rohe que firma Agustín Ferrer Casas y está editada en Grafito.
En España el libro ha recibido premios (Mejor Obra Nacional en los Premios del Cómic Aragonés, Mejor álbum nacional por el Festival del Cómic de la Comunidad Valenciana Splash), va por su quinta edición y en Alemania por la séptima: o sea, va a toda máquina y navegando en dirección contraria a lo que, en versión adjetiva, indica su título. Como nombre, Mies es Mies y solo puede ser Mies Van Der Rohe, aquel sin el que es imposible entender la arquitectura de los dos últimos siglos. Guste o no, hay que pasar por ese aro, de modo que hay razones de sobra para conocerlo un poco mejor.
Eso debieron pensar los responsables editoriales al aceptar finalmente la propuesta de contar la vida de Mies en una novela gráfica. Pero, ¿hay acción, tiros, rivalidades, amoríos? Por si no fuera suficiente la huella y el salto que Mies Van Der Rohe supuso para la historia de la arquitectura, sí, de todo aquello hubo, y en altas dosis, en la vida de alguien que nació en Aquisgrán a finales del siglo XIX, vivió la Gran Guerra, surfeó la ola del nazismo, marchó al exilio para esquivar la II Guerra Mundial… ¿Sería suficiente algo así? A cada paso, en cada destino, se reinventó o mudó de piel, rompió con todo y con todas: abandonó a compañeras, se enamoró de otras y si a algo se mantuvo fiel fue a su enemistad/rivalidad con Walter Gropius, pese a colaborar con él en algunas ocasiones…
La arquitectura como telón de fondo
Sí, definitivamente estaban los mimbres para presentar una biografía en cómic de Mies para un público general y así lo explica Agustín Ferrer Casas: “A lectores relacionados con la arquitectura y el diseño no había que convencerlos de las bondades de un libro sobre Mies, aunque se tratase de una novela gráfica. Además, muchos de estos son lectores habituales de estos formatos. Y puede que al público generalista le haya picado la curiosidad. No es corriente, aunque los hay, encontrar un título de cómic relacionado con la arquitectura: puede resultar un tema un poco ‘indigesto’. Pero realmente, al tratar el libro sobre la vida de un arquitecto y dejar la arquitectura como fondo, tal vez el concepto resulte más atrayente para el lector común. Y más tratándose de la vida de Mies Van Der Rohe, que es de todo menos aburrida. Una historia que abarca el periodo de entreguerras —con el ascenso del nazismo en Alemania y la ‘particular’ relación del arquitecto con ese régimen— y que pasa por la Guerra Fría y el comienzo de la de Vietnam… Épocas convulsas que modelaron la figura de Mies y, por ende, su arquitectura”.
El autor presenta de esa manera su obra, pero él mismo necesita también presentación. Porque Ferrer Casas estudió los cuatro primeros años de la carrera de arquitectura para acabar titulándose como aparejador. Durante más de una década, hasta 2011, trabajó en el despacho pamplonés Capilla Vallejo Arquitectos. Y abandonó ese camino para dedicarse a dibujar. Y no lo hacía como los demás… Un día, tras dos títulos publicados, un lector arquitecto, viendo cómo dibujaba los edificios en los fondos de las viñetas, le sugirió la idea de contar en formato cómic la vida de algún arquitecto. Y esa sugerencia prendió algo… “Podía haber hecho un libro a la manera de un catálogo de la arquitectura de Mies, cosa que hubiese funcionado entre los amantes de este arte, pero lo que yo quería era contar la vida artística y personal del arquitecto, la que dio lugar a esa arquitectura que sirve de telón de fondo a la historia que cuento como un protagonista más”.
La historia comienza en 1965, en el interior de un avión donde un Mies con tantos achaques como prestigio viaja con su nieto, el también arquitecto Dirk Lohan, a Berlín Occidental, para acudir a la colocación de la primera piedra de la Galería Nacional, porque “Alemania no podía permitirse ser el país de nacimiento del más insigne arquitecto alemán de este siglo y no poseer en su suelo un edificio suyo”, se lee en el libro en boca de uno de los oficiantes de la ceremonia. Pero hasta llegar a ese viaje de regreso muchas cosas han pasado en la arquitectura, en el mundo y en la vida de aquel hijo de un humilde cantero que sin estudios de arquitectura, pero con hambre de construir, acabó firmando obras inmortales como la casa Tugendhat, el Pabellón alemán para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, el Crown Hall del Instituto de Tecnología de Illinois o el emblemático Seagram, uno de los rascacielos que define el skyline de Manhattan.
En ese viaje el viejo Mies rememora. Ferrer Casas explica: “Supongo que los tiempos que le tocó vivir influyeron en su persona. Recordemos que acabada la Primera Guerra Mundial nacieron todo tipo de movimientos artísticos que querían romper con una época que consideraban ya obsoleta y viciada. Mies fue uno de los partícipes de estas vanguardias desde su posición como arquitecto, desechando aquellos proyectos anteriores que consideró adocenados. Es decir, la época modeló al personaje y este a su obra”.
Así es, menos conocida que las demás, la primera construcción de Mies, la casa para el catedrático de filosofía Alois Riehl, que terminó con apenas veinte años, seguía el gusto de la época con algunos destellos. De las buenas relaciones con su cliente surgieron no solo buenos contactos, sino su primera mujer, la madre de sus tres hijos: Ada Bruhn. Pero, superada la guerra, los años 20, las vanguardias y los ismos lo cambiaron todo. Y a Mies también. Fracasado su matrimonio y separado de su mujer, establecido por su cuenta y con un nuevo nombre, por el que le conocerá la posteridad, se iba a dedicar a perseguir con ahínco su único objetivo: construir.
“Suelo decir —comenta el autor del libro— que Mies era un lector voraz, amante sobre todo de la filosofía, pero que en su trayectoria personal era poco ético. Me refiero a su voluntad de construir a cualquier precio, ya sea flirteando con los nazis, hasta que comprendió que estos no apreciaban su arquitectura; o demoliendo edificios e incluso barrios enteros para crear nuevas soluciones más dignas; o tratando a sus clientes como a niños que había que educar. Por no hablar de las relaciones con sus parejas: la separación de su esposa Ada Bruhn y sus tres hijas, el abandono en la Alemania nazi de su socia y compañera sentimental Lilly Reich o su relación abierta y etílica con Lora Marx, por no hablar de sus affaires con algunas de sus clientas, véase el caso de Edith Farnsworth y su famosa casa”.
Menos es más… ¿también en lo personal?
Las mujeres que convivieron con el arquitecto, que colaboraron (o directamente idearon) algunas de sus piezas más famosas o que fueron clientas y amantes tienen una presencia muy destacada en esta obra. Ferrer Casas explica sus razones: “Quería dar voz en la novela gráfica a todas esas mujeres que convivieron con Mies Van Der Rohe. Deseaba darles espacio como parte fundamental en la vida del arquitecto, aunque este terminase por alejarlas de su lado. Ada Bruhn le dio tres hijas y su juventud. Mies la dejó a un lado por considerarla no tan abierta a los cambios que había iniciado al sumarse a las vanguardias tras la Gran Guerra. La ruptura no afectó a su relación con sus hijas, con las que siguió teniendo trato como padre. Más flagrante es el caso de Lilly Reich, su socia y compañera sentimental, pieza fundamental en la organización de la Bauhaus y en la creación del mobiliario que le hizo famoso”.
Piezas icónicas como la silla Brno, diseñada para la casa de los Tugendhat en esa localidad checa, o la Barcelona para la mencionada exposición de esa ciudad llevan su firma, como mínimo en la coautoría. Ferrer Casas apuesta por esto último: “De hecho, tras la separación de Reich, al arquitecto no se le conocen más muebles que un banco corrido en la capilla del campus del IIT y una encimera en su apartamento de Chicago. En definitiva, puede decirse sin asomo de duda que Lilly Reich fue la verdadera creadora del mobiliario que Mies patentó. El distanciamiento seguramente se debió a que el arquitecto no soportaba el talento organizativo de su socia y compañera. De hecho podía haberla llevado con él en su aventura norteamericana, más teniendo en cuenta que ella hablaba inglés y él no. Lo peor es que Reich tuvo que sufrir la Segunda Guerra Mundial en el mismo Berlín, muriendo de cáncer pocos años después. El tema de Lora Marx también tiene su miga. Catorce años más joven que él, deslumbrada por la figura del arquitecto, participa tanto de su vida social que acaba alcoholizada. Pese a ello, continúa junto a él, leyéndole cuando su estrabismo se lo impide y cuidándole sus múltiples ‘goteras’ hasta su muerte. En definitiva, mujeres que a la sombra de un genio quedaron relegadas a un segundo plano y que deben reivindicarse”.
Para adentrarse en su vida íntima, Ferrer cita como referencia la biografía de Franz Schulze. En su novela no hay nada que no se supiera, pero sí se añaden los rostros, las sensaciones, las palabras que casi nunca pensamos en boca de las grandes personalidades y que tanto nos las acercan; una de las características que hacen posible la magia del cómic. Hablando de palabras, Mies Van Der Rohe, en su contundencia, cuenta cómo el autor de una serie de máximas que hicieron fortuna, pese existir buenas dudas en cuanto a su autoría originaria. Una de ellas es la de “Dios está en los detalles”, a la que se dedican las páginas finales de MIES. Otra es la de “menos es más”, que Ferrer Casas aplica incluso, en una curiosa teoría, a su vida personal: “Esa expresión se atribuye a Mies como expresión del minimalismo arquitectónico del que él era adalid, aunque el primero que la citó fuese el artista Ad Reinhardt. Si él otorgaba a la pureza de los materiales valor estético suficiente como para desechar cualquier elemento decorativo superfluo —la ligereza del acero, la transparencia y luminosidad del vidrio o la textura y dibujos de la piedra— tal vez llevó ese quedarse con lo mínimo también a su vida personal. Todo en beneficio de una pretendida libertad creativa”.
Apolítico en tiempos de hiperpolitización
Al igual que su comportamiento con las mujeres, también la posición política de Mies ha sido objeto de controversia. Seguramente él refutaría incluso la expresión “posición política” referida a él mismo y negaría tenerla. Su biografía habla de vaivenes, titubeos y mucho nadar entre dos aguas. No es muy conocido, por ejemplo, que Mies es el autor de un monumento conmemorativo a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht que erigió el Partido Comunista y cuyo proyecto le llegó y le hizo exclamar (en el cómic); “¡¿Pero qué mierda es esta?! ¡Si hasta tiene columnas! ¡Ja, ja, ja! ¡Sería perfecto para un banquero!”
Lo que está claro es que el proyecto de Mies era perfecto para aquellos activistas políticos: “un muro desnudo de tosco ladrillo, un paredón figurado descompuesto en volúmenes superpuestos…” donde eran bien visibles la hoz y el martillo. Hitler demolió el edificio erigido en honor de los dirigentes comunistas asesinados en 1919. A Mies siempre lo tuvo en el radar, pese a las intentonas de congraciarse, de alguna manera, con el régimen, y seguir construyendo. En ese continuar a pesar de todo (todo = nazismo) se enmarca la decisión de despolitizar la Bauhaus en su sede de Dessau. De allí fueron expulsados los alumnos “rebeldes” o más explícitos políticamente hablando, se prohibió cualquier manifestación ideológica… Fue en vano. La escuela tuvo que trasladarse a Berlín como institución privada y enfrentarse allí finalmente a la dicotomía de ser gobernada en la sombra por consignas al dictado del régimen nazi o cerrar. La Bauhaus se cerró y Mies emigró.
Se le reprocha haber sido el último en hacerlo después, quizá, de haber intentado por todos los medios y sin éxito conseguir el beneplácito de los jerarcas nazis para continuar su labor y poder seguir trabajando. “En la novela gráfica Mies hace todo lo posible por mantenerse al margen de la política —explica el autor— pese a vivir una época realmente polarizada y violenta entre el partido Nazi y el Frente Rojo durante la República de Weimar. Por su voluntad de hacer realidad sus proyectos navegó entre dos aguas, e incluso se hizo cargo como tercer director de la hoy mítica escuela de diseño Bauhaus, depurando su alumnado de elementos izquierdistas bajo la atenta mirada de los nazis”. Años después, instalado en Estados Unidos, tampoco se posicionó ante las protestas contra la guerra de Vietnam. “Parece que a Mies solo le interesaba su arquitectura”, concluye Ferrer. Le preguntamos por su opinión personal: “Mucha gente dice estar alejada del tema político, quizá por desencanto, aburrimiento o hartazgo. Y seguramente sea más por los políticos y lo que les rodea, que contribuye y mucho a la degradación de la política. Pero es que TODO es política. No podemos mantenernos al margen de ella porque de lo contrario otros decidirán por nosotros. Y no será para bien. Yo, personalmente, pienso que es imposible abstraerse de ella. No digo ya participar activamente, pero sí al menos opinar, ser críticos con el dogmatismo y, por supuesto, votar. La democracia se defiende así”.
El autor hace una distinción interesante. El comportamiento de Mies puede ser “moral pero poco ético. Aunque casos como el de Mies Van Der Rohe proliferan en todos los campos de la vida. Quizá duela un poco más por el siempre manido tema de si debemos separar la vida del artista de su obra. Yo no lo sé. Prefiero conocer el conjunto e interpretar como creo que lo he hecho en mi libro”.
El libro es singular tanto por su contenido como por su factura. A su autor, amante de la línea clara y las historias oscuras —como dice su presentación en la web de Grafito— le llevó tres años de trabajo, 160 páginas dibujadas y pintadas a mano. “Todo el libro está dibujado con acuarelas. Página a página, todas pintadas a mano con los colores que brindan las acuarelas, las pinturas acrílicas y el trazo de la tinta de rotuladores calibrados. No trabajo en formato digital —lo más usado por los autores en nuestros días— salvo para la introducción de los bocadillos y sus textos”. Así las cosas, el libro es un compendio de obras de arte. “Podría decirse que soy un dinosaurio al que le gusta trabajar hasta el último trazo sobre papel por comodidad y por el placer que confiere la ‘aleatoriedad de la mancha’ de las acuarelas. Un dinosaurio que ve con preocupación cómo se aproxima el meteorito de las IAs asociadas al ámbito gráfico”. Mientras llega el meteorito que acabe con todo se puede seguir disfrutando de obras como esta que incluso un premio Pritzker como Norman Foster califica de “excelente” en las muy elogiosas palabras que recoge el prólogo.