María Gimeno le mete el cuchillo a 'LA HISTORIA DEL ARTE' de Gombrich: “Hay que visibilizar a las mujeres artistas”
Por PALOMA PRIMO DE RIVERA GARCIA-LOMAS. LONDRES
Tras su performance Queridas Viejas en el Bloomsbury Theatre, hablamos con la artista María Gimeno en su estudio al sur de Londres, sobre creación artística, feminismo nutritivo y su última exposición.
“Anónimo era una mujer” señalaba Virginia Wolf. En el mismo corazón y teatro del londinense barrio de Bloomsbury, la artista española María Gimeno ha realizado su performance Old Mistresses (Queridas Viejas) –o más bien podríamos denominarla conferencia magistral–, desvelando el nombre y obra de esas artistas mujeres, casi un centenar, hasta entonces llamadas anónimas. Desde la iluminadora española Ende –primera pintora documentada– en el siglo XI, hasta grandes creadoras a comienzos del siglo XX.
Durante casi dos horas de representación sobre el escenario, Gimeno deslumbró a la audiencia londinense. Hace más de diez años, la artista zamorana se percató de que el manual de referencia de estudio del arte más vendido del mundo, La Historia del Arte de E. H. Gombrich, no citaba a ninguna mujer artista. Cuchillo en mano con el lema grabado Pro me et pro ómnibus meis sociis, mientras narra la historia, va haciendo espacio en el lomo del propio libro de Gombrich, incorporando las páginas, perfectamente editadas, con el nombre y obras, de las artistas mujeres que tenían que haber estado en el manual, recuperando y visibilizando el trabajo de grandes creadoras artísticas.
Si Luis Buñuel en su icónica escena en Un perro andaluz (1929) quería con una navaja abrirnos los ojos a una nueva mirada, María Gimeno hoy en día, cuchillo en mano en una performance, a golpe de poética e ironía, pretende mostrarnos una nueva manera de ver y concienciar sobre la visibilidad de las mujeres artistas. Sin eliminar nombres, sin arrancar páginas, más bien subsanando, aportando, incluyendo y nutriendo a la Historia del Arte en mayúsculas. Han pasado más de cincuenta años desde que Linda Nochlin nos lanzara su pregunta.
María Gimeno (Zamora, 1970) es una artista multidisciplinar contemporánea residente en Londres, con creaciones desde prácticas artísticas más clásicas como dibujo, pintura, grabado o escultura, hasta la instalación, video o performance. Tras formarse en Comunicación, Imagen y Sonido (CEV), se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, con estancia en el Lorenzo de Medici Institute de Florencia. Realizó exposiciones nacionales en destacados espacios como Lucas Carreri Art Gallery de Berlín o la Gowen Contemporary de Ginebra; igualmente en París, Guadalajara o Nápoles entre otros. Su obra está presente en prestigiosas instituciones y colecciones como UBS Collection, Massarelos House Collection o el Museo CA2M.
Si bien es cierto que Gimeno es especialmente conocida por su notoria performance Queridas Viejas, que también representó con gran éxito de público en el auditorio del Museo del Prado en 2019 –por la que fue galardonada con el Premio MAV 2020–, se trata de una de las artistas españolas internacionales más significativas y contundentes. Es capaz de jugar con sutil dualidad como hilo conductor en sus obras: radical y amable, irónico y poético, feminista y femenino, personal y universal al mismo tiempo. Propuestas transgresoras difuminadas con enorme sensibilidad, en un juego volátil con sentido del humor y pasión, que invitan al espectador a la reflexión y al disfrute estético.
Su proceso creativo, destacadamente introspectivo, es de cocina a fuego lento, explorando y reflexionando a través de la propia creación. Destaca por una enorme capacidad de trabajo sin atajos, que no deja de sorprender a cada paso en sus diferentes creaciones, a pesar de su temática recurrente en torno a la identidad femenina. Propone creaciones introspectivas y personales pero de valores universales. Obras transgresoras y bellas al mismo tiempo donde el mensaje se expande en figuración o abstracción. Encuentros en lugares comunes. El resultado es una narrativa feminista libre –sin pertenecer a asociaciones o agrupaciones–, al mismo tiempo femenina y comprometida, con un lenguaje rotundo, que en cierto modo nos recuerdan a Louise Bourgeois en su pulsión creadora, introspectiva y sobre todo, muy libre. Sus rasgos duros de semblante castellano se difuminan con un tono amable, respetuoso y un gran sentido del humor.
¿Qué se siente tras meterle el cuchillo al canon de la historia del arte en Londres?
Meterle el cuchillo al canon en Inglaterra ha sido todo un reto. Simbólicamente, mucha presión, teniendo en cuenta que estábamos en el corazón del barrio de Bloomsbury, donde están las instituciones culturales y académicas más potentes del país. Mi performance Queridas Viejas es un canto a la justicia, con un objetivo muy claro: visibilizar el trabajo de las mujeres artistas. La acción de intervenir un libro ajeno e incorporarle páginas es un acto de sabotaje, de guerrilla al canon. Introducir páginas a un libro mediante cortes a cuchillo en su interior supone romper la narrativa normativa con una narrativa feminista cuyo objetivo es mostrar otra realidad posible. He realizado la performance más de treinta veces ya, adaptarla al público británico, me ha mostrado cómo ha influido en mi trabajo el Reino Unido y cuánto sentido tiene haberme subido a un escenario en Londres.
¿Qué tienen las mujeres con los cuchillos? Pregunta en su performance…
El cuchillo es la herramienta que utilizas a diario en la cocina y además, es la única arma presente en la mesa a la hora de comer. ¿Quién no tiene uno? Creo que el cuchillo me viene, de cuando en mi infancia en el pueblo en Zamora íbamos a la matanza, donde las mujeres y los niños nunca estábamos presentes cuando se mataba el cerdo, nosotros llegábamos con el cerdo muerto y despiezado. Eran los hombres los que lo mataban con el cuchillo, que inevitablemente se convertía en un arma de poder masculino. La pintora Clara Peeters, primera mujer en la historia a la que el Museo del Prado dedica una gran exposición, firmaba muchos cuadros con su nombre grabado en la empuñadura de un cuchillo de plata. La pintora barroca italiana Fede Galizia también firma el cuadro Judith con la cabeza de Holofernes en la empuñadura del cuchillo que acaba de degollar al general asirio. En mi performance, el cuchillo, empiezo a pensar que va vinculado a la ropa masculina con la que me visto, con traje, chaqueta y corbata, parece que me autoriza a utilizarlo.
Su pieza QV (2019), escultura-cuchillo de sus performances, ya presente en varias colecciones, con el tiempo se convertirá en una pieza de culto. Háblenos de cómo surgió la idea.
El primer cuchillo lo encontré en un mercadillo de pueblo, y me pareció bellísimo. En él grabé mi propio lema en latín: Pro me et pro ómnibus meis sociis, que quiere decir “Por mí y por todas mis compañeras”. Está inspirado en un bordado alucinante de la reina María de Escocia, en que su lema es: “La virtud florece mediante la herida”. Para mí estos lemas son Queridas Viejas. Lo curioso, es que en latín no existe la palabra compañeras en femenino, existe solo en masculino…, así que opté por grabar la palabra socia, que es lo más parecido a compañera.
Pero a pesar del cuchillo, en cierto modo usted realiza un ejercicio de reparación en su performance. ¿Realiza un ritual de abrir – sanar – sumar?
Todos conocemos pequeños retazos de la historia, y gracias a la intervención del cuchillo, que tiene ese poder de hacer un hueco en una historia donde falta información, crear ese surco en el libro para meter una nueva información es como abrir un tesoro.
¿Cuántos años de investigación le ha supuesto rescatar del olvido a tantas artistas enriqueciendo la mirada del espectador?
Llevo trabajando diez años en este proyecto. Empecé a gestar la idea antes de ser consciente de que no había mujeres en la Historia del Arte de Gombrich. Comencé a cuestionarme dónde estaban las mujeres en la historia de manera genérica. ¿Cómo podía ser que la mitad de la población del mundo estuviese totalmente silenciada, como si no hubiésemos existido? Entonces realicé una pieza con bordado Mujeres en el paisaje (2012), donde la mujer ocupaba todo el paisaje pero no se veía. Esa obra me preparó para ser consciente y leer todos los textos y poder ver bien la letra pequeña.
¿Muchas de sus obras están realizadas con la técnica del bordado, como la que se expuso en el Museo del Prado. ¿Es para reivindicar un método de trabajo de ámbito femenino?
Mi aproximación al tejido fue por un motivo terapéutico. La primera vez que hice algo con hilo fue ganchillo, para sacarme conceptualmente más allá del dibujo. Realicé una pieza muy grande en espiral, Tejido Continuo (2008), que luego deshice en una performance, y mantengo el gran ovillo resultante en mi estudio. Ahí me di cuenta del gran poder que tiene el hilo. Fue acabar esa pieza y entrar en contacto con el feminismo y entender mi interés por los temas de género. Pero también lo curioso es que la técnica del bordado y coser no la aprendí en el colegio con las monjas. Con ocho años, un verano en San Juan de Luz, entramos en una mercería y flipé de los diseños para bordados. Al llegar a casa, mi padre, aunque es arquitecto, fue quien me enseñó cómo era la técnica y me animó a hacer mi primer petit-point. Cuando realicé la pieza Sakineh (2009), sobre la mujer iraní condenada a morir lapidada, me di cuenta del poder que tenía el bordado que, aunque son piezas pequeñas, la calidez se parece a la textura de la propia piel del rostro representado, esto no podía lograrlo con pintura. Descubrí lo poderoso que podía ser el mensaje con algo tan pequeño.
¿Qué significó para usted tener obra colgada en el mismísimo Museo del Prado?
Emocionante, pues para mí el Museo del Prado es mi museo de referencia, no hay otro. Quise hacer algo pequeño, subversivo y retador, pero ambicioso. Para la exposición de Sofonisba Anguisola y Lavinia Fontana, realicé Habitando ausencias (2019), una instalación de dos piezas en bordado de sus retratos, con juegos de espejos que cerraban la exposición. Expuse bordado, que también es arte, en el templo de la pintura, para reivindicar el trabajo de las mujeres. Se completaba con un juego de espejo, para acercar al espectador a ver y a mirar más allá. De lo contrario, se reducía a la parte de atrás de un bordado, como a la negación de un trabajo. Me interesaba cómo el espectador, con su mirada, tenía que activar la pieza para verla. Tenía que buscar para encontrar. Ahí entraba la parte performativa del espectador. Era una metáfora de cómo yo también había hecho un esfuerzo para encontrar la obra de artistas mujeres. Ahora le tocaba al espectador hacer un gesto para descubrirlas.
¿Considera el trabajo artístico una declaración política o debe ir más allá?
Ambas cosas. Un aspecto es la intención con la que uno crea, y otro es lo que el público percibe hoy, o dentro de tres décadas. Las obras de arte adquieren su vida propia. En un momento en el tiempo, puede tener un sentido político; décadas después puede perderlo, o más tarde volver a ganarlo.
¿Se está produciendo realmente un cambio de paradigma en los museos e instituciones, dando visibilidad y espacio a las mujeres creadoras?
Hay una demanda social real, pero vamos tarde. Las instituciones van muy lentas y se están intentando poner al día. Mira que curioso que el título de la exposición actual, por cierto la primera en la historia de mujeres artistas británicas de 1520 a 1920 en la Tate en Londres, sea Now you see us. Un título tan potente pero tan fuerte: “Ahora nos veis”. ¿Pero qué coño hacíais que no nos veiáis? En la Royal Academy, es ahora en 2024, tras más de doscientos años, que tiene lugar la primera exposición que se ha realizado de Angelica Kauffman, quien en 1786 fundó la propia Academia. La National Gallery, que acaba de comprar para su colección un cuadro de la pintora impresionista Eva Gonzalès, solo supone la número veintitrés de artistas mujeres, de toda su colección de más de dos mil cuadros. Sigue molestando mucho el feminismo hoy en día, seguimos siendo una mosca cojonera. El cambio no se produce con un par de exposiciones, pero el apoyo institucional es esencial.
¿Y cómo es la recepción del público hoy en día?
Tiene mucho menos tirón de público una exposición de artistas mujeres, salvo que sea una expo blockbuster como la de Marina Abramovic. El espectador sigue una inercia y lo que lleva aprendido es seguir a los grandes nombres, y a las mujeres no las conoce.
Usted que ha tenido obra presente en ARCO, ¿cómo se ve reflejado ese cambio en el mercado del arte?
Los coleccionistas están viendo que la obra de mujeres artistas es un valor al alza. Este año en ARCO sin ir más lejos, el Reina Sofía ha comprado mucha obra de mujeres artistas.
¿Desde cuándo sintió el impulso creador?
Pasé mi fase de sueño infantil de ser azafata o peluquera pero siempre dibujando. Mi hermano mayor Jaime, que hoy en día es arquitecto, y yo, de niños montábamos exposiciones en el cuarto de jugar de nuestra casa. Había una pared de corcho y ahí colgábamos nuestros dibujos y les poníamos precios. Y cuando venían familiares o amigos de nuestros padres de visita a casa, les llevábamos a la pared para que nos compraran obra.
Usted siendo niña ganó un concurso nacional de dibujo y pintura, ¿recuerda de qué se trataba lo que presentó?
Tenía como nueve años y era un concurso nacional de colegios. En el Hotel Mindanao de Madrid se expusieron los dibujos de todos los niños. Era un dibujo de Blancanieves en el momento que le pedía al cazador, que sujetaba el cuchillo y el cofre para meter su corazón, que no la matara.
¿ A qué artistas miraba Gimeno en sus años de formación?
No soy muy consciente de lo que me ha influido, la verdad. De pequeña iba mucho al Museo del Prado con mis padres, donde desde el primer momento caí fascinada por Saturno devorando a su hijo de Goya, porque me aterraba. También La maja desnuda. Pero sobre todo Picasso, tan brutal, tan potente, directo y libre. En el cineforum de la facultad de Bellas Artes recuerdo quedarme fascinada con la película El misterio Picasso, del cineasta francés Clouzot. Me impresionó ver a Picasso dibujar en directo, creando desde el lienzo en blanco. Fascinada por el trazo y esa inmediatez.
Algún hito destacable en su trayectoria artística…
Realicé un taller de artista con Jannis Kounellis en la Fundación Botín que supuso un punto de inflexión radical en mi creación. Me cuestioné ¿quién soy?, ¿qué quiero contar?, ¿qué elijo? A partir de ahí hice mi primera obra en bordado, que fue Saturno devorando a sus hijos (2011), que podía verse a través de un agujero en una instalación. Ese primer agujero fue revelador también, como abrir una ventana y quitarte un velo que te impedía ver.
¿Qué quiere María Gimeno provocar en el espectador a través de su obra?
Supongo, que se pregunten lo que yo me pregunto, que puedan reflexionar sobre lo que yo les propongo. En general, últimamente gira en torno a la mujer. Con mucho trabajo he enriquecido mi propia mirada. Es como el buen egoísmo, me enriquezco para que los demás también lo disfruten. Al terminar las performances el público se me acerca. Me suelen comentar cuánto han aprendido, y eso es muy motivante.
De todas las disciplinas en las que trabaja, ¿cual es su predilecta? ¿Por qué?
El dibujo. Y en concreto, el dibujo a carboncillo. Es donde soy más yo y donde mejor me expreso. Tiene una cualidad matérica que me fascina y es directo, me atrae su intensidad, oscuridad y profundidad del negro del carbón. También fue con lo que primero empecé a dibujar en serio.
Para su obra Every day an artist (2013), se autorretrató a diario durante un año, los trescientos sesenta y cinco días seguidos. ¿Pensaba en Rembrandt o Picasso, que tanto han experimentado con el autorretrato, o era una misión introspectiva?
Surgió como una necesidad de reafirmación. Tuve una mala experiencia en París, con mi galerista de entonces, quien me dijo: “Tú eres una artista joven y estás algo verde”. Y después de llevar más de dos décadas trabajando me sentí mal y humillada. Decidí demostrarme a mí misma y a cualquiera, que soy una artista todos los días de mi vida. Así empezó este proyecto, elegí un medio académico y minucioso como es el dibujo a lápiz, para autorretratarme cada día durante un año completo. Saber dibujar es un absurdo sinónimo de ser un buen artista. A los seis meses se me ocurrió, para darle salida al mercado y vender individualmente cada autorretrato, que podía intercambiar mi retrato por el del coleccionista o persona que comprara el mío, es decir, retrato por retrato. Al comprador le doy mi retrato del día que elija, más una reproducción de su propio retrato (yo guardo el original). Ambos dibujos son una pieza en sí, no se pueden separar. En cierto modo, una idea de coleccionar coleccionistas. El comprador me va a sustituir, es parte de la serie, es necesario para completar la obra final. En un futuro cuando se completen los trescientos sesenta y cinco retratos de coleccionistas, será una nueva pieza única, indivisible, que espero se cuide en alguna colección o institución.
En su última exposición POP! Picasso, en la galería Caicoya de Oviedo, siguiendo la estela de Louise Borgeois ¿ha querido usted también matar al padre?
(Risas…) Admiro muchísimo a Picasso, como hemos comentado antes. No tanto matarlo, sino más bien reflexionar acerca de la idea del genio creador y cómo esa figura se está literalmente desmoronando. La propuesta de la exposición y acción performativa era también rendir homenaje a la pintora cubista María Blanchard nacida el mismo año que Picasso. Propuse una suerte de juego: aprovechando la celebración de la muerte de Picasso en 2023, decidí celebrar el cincuenta y un aniversario con cincuenta y un retratos del artista pintados sobre globos de helio (como en la película de Clouzot ). Durante la performance, el público sostuvo los globos de Picasso mientras yo revelaba el retrato de Blanchard. Finalmente, dejamos que los globos subieran al techo de la galería. En los días siguientes, el helio hizo su trabajo, produciendo que los globos y la imagen del genio se desinflaran gradualmente y cayeran al suelo. Todos los retratos de los globos también se exponen en obra en papel, con la huella del propio globo.
Para finalizar, ¿cuál cree que podría ser la función del arte: soportar la existencia, sublimar la realidad o la de nutrirnos para mantener la cordura?
¿Puedo elegir las tres? Añadiría que el arte es un valor universal que nos une y nos permite trascender como seres humanos. Nuestros antepasados en las cuevas puede que tuvieran un concepto distinto de qué y por qué lo hacían, pero hay una necesidad de trascender la muerte, de dejar una huella común.