Protagonistas

Una muerte, muchas niñas desnudas y la vida oculta de Egon Schiele

Por Alberto G. Luna

‘Desnudo de joven niña con tela ocre’, Egon Schiele. Foto: Wikimedia

‘La otra vida de Egon’ (Editorial Gadir), desentraña el pasado del artista austriaco, marcado por la prematura muerte de su padre, y la influencia que tuvo en su controvertida obra.

Hacía más de un año que el tren no paraba en la vieja estación de Tull (Viena), pero daba igual. Cada pocos días, una familia se colocaba en fila india, en ocasiones incluso de madrugada, esperando a un amigo imaginario. El padre, la madre, las tres hermanas y el más pequeño. Cada uno interpretando su papel, en parte avergonzados, en parte temerosos por decepcionar al más mayor de todos, como si fuese una falsa obra de teatro. “Adolf Schiele comenzaba a sonreír. Primero ligeramente y luego con todas sus ganas. Palmoteaba en el aire, se abrazaba a su querido fantasma y entonces él, que acostumbraba a hablar solo, comenzaba a dialogar solo”. Y es que “en la casa de los Schiele, los muertos siempre tuvieron la misma presencia que los vivos”.

Ocurrió también cuando murió de sífilis el propio Adolf, cuando su hijo Egon era tan solo un niño, que “sintió unas ganas descontroladas de llorar y patalear, de destruir —como diría con la distancia de sus casi treinta años—” y, sin embargo, se quedó paralizado. Limitándose a convivir con ello el resto de su vida. Plasmándolo en las pinturas que más tarde crearía. Utilizando colores asociados a la muerte y putrefacción como el verde, el morado o el amarillo. Relacionándolos con el sexo. Quedando para siempre en su subconsciente.

Decía Ciorán que nadie está preparado realmente para lo que está por venir. Al principio aceptamos que algún día tendremos que morir, porque en realidad no nos importa. Lo vemos muy lejano. No obstante, con el tiempo miramos a la muerte cara a cara horrorizados. Ese viejo monstruo que lleva toda la vida acompañándonos. Y mientras todo esto ocurre, “nos limitamos a mantener el equilibrio en la cuerda floja de la cotidianidad”. Si alguien nos preguntara por qué queremos existir, es probable que casi nadie tuviera una respuesta clara. Pero lo cierto es que queremos existir siempre. Dejar otro ser nuevo en lugar del viejo. Leyendo La otra vida de Egon (Editorial Gadir), uno rápidamente se puede dar cuenta de que, en general, esto es lo que le ocurrió a Egon Schiele.

A su maestro Gustav Klimt de hecho, lo retrató en su lecho de muerte con los ojos cerrados porque “nadie quiere ver muertos que miren. Los muertos tienen los ojos cerrados. Así debe ser”. Y así fue el retrato que al día siguiente publicaron los periódicos en Viena. Ya saben, “algunas personas son vitales, atraen todo aquello que significa la vida; y otras mortales, se les pega inevitablemente un aliento funesto”.

Egon Schiele
Portada del libro ‘La otra vida de Egon’ de Pilar Gomez Rodríguez
‘Autorretrato’, Egon Schiele

En realidad, Schiele sabía de sobra que el espacio infinito estaba repleto de gigantescas esferas y que, en al menos una de ellas, se habían originado seres vivos capaces de conocer pero incapaces de saber de dónde venían o hacia dónde iban. Seres vivos que se amaban y atormentaban, nacían y morían rápida e incesantemente sin motivo alguno, como le había ocurrido a su padre, como le ocurriría a él mismo. Los restos de una destrucción inimaginable de materia y antimateria al principio de los tiempos. Las sobras de una enorme explosión, en definitiva.

Esta era la verdad empírica, como digo. Lo real. El mundo. Y, quién sabe, quizás por todo esto decidió autorretratarse más de cien veces. Para trascender, me refiero. Para elevarse hacia el tiempo infinito: “Schiele con las manos cruzadas. Schiele con cara de afectación. Schiele haciendo muecas. Schiele deformándose el rostro. Schiele con cara de dolor, burlándose de todo. Schiele con los brazos levantados. Schiele disfrazado de muerte, de poeta; haciéndose pasar por padre, por mártir, por un vigoroso luchador…” También pintó siniestros personajes mediante imposibles escorzos, que desbordan dolor y tristeza, enmarcados en una suerte de vacío, de un fondo existencial que los rodea; locos deformes y, nos guste o no, retratos obscenos.

“Ninguna obra de arte es una porquería cuando vale por sus cualidades artísticas, se transforma en porquería cuando el espectador es un cerdo”, decía.

‘Autorretrato con vasija de barro negro’, Egon Schiele
‘Autorretrato con vasija de barro negro’, Egon Schiele
‘Autorretrato tirando del párpado hacia abajo’, Egon Schiele
‘Autorretrato tirando del párpado hacia abajo’, Egon Schiele
‘Chica arrodillada Posando a gatas’, Egon Schiele
‘Chica arrodillada Posando a gatas’, Egon Schiele
‘Chica con medias negras’, Egon Schiele
‘Chica con medias negras’, Egon Schiele
‘Desnudo masculino sentado (Autorretrato)’, Egon Schiele
‘Desnudo masculino sentado (Autorretrato)’, Egon Schiele
‘Desnudo tumbado con los brazos hacia atrás’, Egon Schiele
‘Desnudo tumbado con los brazos hacia atrás’, Egon Schiele

En 1910 Egon escribió una carta a su cuñado y también pintor, Anton Peschka, en la que le confesó su intención de huir de Viena:

“Quiero salir pronto de Viena. Qué espantosa es la vida aquí. Toda la gente me envidia y conspira contra mí; antiguos colegas me miran mal. En Viena reinan las sombras, la ciudad es negra y todo son prescripciones... Tengo que ver algo nuevo y quiero investigarlo, quiero paladear aguas oscuras y árboles que se quiebran, ver vientos salvajes”.

Entonces se mudó a Krumau —el pueblo de su madre—, y más tarde a Neulengbach, donde realizó innumerables retratos de niñas desnudas. Una de las modelos que entró en su casa fue Valerie Neuzil, de 17 años, con la que entabló una relación duradera. Pero por allí pasaron muchas más. Cuando era pequeña, su propia hermana Gertrud también posó desnuda en las posturas más humillantes. “Egon la despertaba en mitad de la noche para convencerla. Primero con ruegos, luego con firmeza, de que se levantara y colocara como él le indicaba”. Algo que le echó en cara Peschka a ella, con el paso de los años y tras la muerte de Egon: “¿No vale nada la vergüenza que me han hecho pasar esas pinturas, el sufrimiento de vuestra madre ante las habladurías de la gente? ¿No piensas en lo que significará para nuestros hijos que el resto de niños sepan cómo es su madre desnuda, abierta de piernas? Las risas de mis colegas, los pintores, que eran también los suyos, ¿todo eso no vale nada?”

Cosas de la vida, al final fue acusado de corrupción de menores por una sola de todas ellas.

El cuadro premonitorio

Egon Schiele fue, junto a Oskar Kokoschka, el mayor representante del expresionismo austriaco. En su corta pero agitada vida —murió a los 28 años— produjo cientos de pinturas y alrededor de 2800 dibujos. Por supuesto que fue criticado por buena parte de su obra, pero según relata Pilar Gómez Rodríguez en La otra vida de Egon, él se defendió argumentando que “había hecho únicamente lo que sabía, que no era otra cosa sino pintar, pintar siempre”.

Incluso el mismo año de la muerte de su mujer Edith Harms, embarazada de seis meses del hijo que nunca tuvo, Egon pintó La Familia, su obra premonitoria. En ella se ve “un niño que mira indiferente hacia un lado, mientras su madre lo acompaña con los ojos llenos de tristeza. Y desde atrás, desde arriba del todo, como le gustaba situarse, el autorretrato de Egon Schiele como futuro padre levanta las cejas en un gesto incrédulo. Como si quisiera decirnos: ‘Ya veremos’”.

‘La familia’, Egon Schiele

También él, que se había pasado la vida retratándose como un cadáver, con aspecto demacrado y las órbitas de los ojos hundidas, posó en su lecho de muerte para despedirse del mundo. Lo hizo a través de una fotografía que le pidió a una amiga de Valerie Neuzil, porque ella también había fallecido. Aunque, del libro también se desprende que, en realidad, ella tampoco le importó. En cierta ocasión le llegó a decir al coleccionista Oskar Reichel que sus cuadros deberían colocarse en edificios similares a los templos y que una única obra de arte viva es suficiente para lograr la inmortalidad del artista.

Hay quienes achacan su relación con las mujeres y el egocentrismo a la pérdida prematura de su padre en 1905. Otros, que en realidad lo que quiso fue transmitir un mensaje de crítica contra la falsedad de la burguesía. ¿A quién le importa? ¿Para qué sirve realmente trascender en este mundo? En cierta ocasión Heinrich Benesch resumió de forma brillante y extremadamente sencilla la importancia de su obra: “La belleza que Egon Schiele nos regala en la forma y el color, nunca existió antes de él. Su dibujo fue algo único”.

Crear un momento memorable para un ser vivo que no seas tú mismo. Probablemente esto sea lo único que importa. Lo que nos enseñan cada una de nuestras salvajes bestias. Las que a las dos de la madrugada te despiertan susurrándote al oído: "Esto es lo que esperamos de vosotros". A Egon se le olvidó que, por suerte, incluso el mundo de los seres humanos tiene un fin; y que como diría Whitman, antes de que él existiera “fue gestado por sus antepasados durante generaciones enteras; condensado en las lejanas nebulosas; viajando en el interior de los lentos y consistentes estratos que se fueron acumulando en el infinito universo; atravesando incontables galaxias a lomos de fugaces estrellas”. Quizás le habría ayudado a entenderlo el trágico destino que sufrió Ozymandias:

A un viajero vi, de tierras remotas.
Me dijo: hay dos piernas en el desierto,
de piedra y sin tronco. A su lado cierto
rostro en la arena yace: la faz rota.

Sus labios, su frío gesto tirano,
nos dicen que el escultor ha podido
salvar la pasión, que ha sobrevivido
al que pudo tallarlo con su mano.

Algo ha sido escrito en el pedestal:
“Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
mi obra, poderosos! ¡Desesperad!”

La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
solo queda la arena solitaria.